martes, 6 de mayo de 2014

Serie SENSE NATI!, segunda época. Mambrú se fue al DC

MAMBRÚ SE FUE AL DC

Me he venido a Washington, como os decía, y eso que tampoco era yo, en principio, muy partidario. Lo malo es que la Jose suele tener razón, cosa que -por cierto- desanima bastante, y más si no encuentra uno el modo de decir que tenía planificado, para esos mismos días, un ir y venir de la cama al sofá, con sus paradas en la nevera, o explorar, si acaso, esas pocas heladerías recomendadas que aún no había probado en Cincinnati. Así que, a falta de sólidos argumentos en contra, he cogido el tren y aquí estoy.

Así es el mundo, estoy casi por decir: que lo importante en esta vida no son las convicciones, sino los argumentos en contra. Pero a mí no me salen o los que me salen no me los creo ni yo. Y así vamos. Podría haber dicho, por ejemplo, que se me ha metido en la cabeza, en esta segunda visita, que este es un país un tanto agresivo y muy machote. No me preguntéis por qué -¡no tengo argumentos!-, pero es la razón por la que no me atrevo a hacerle una foto a una casa ni a un coche, de miedo de que salga airado el propietario, ni mucho menos a un agente de la ley: le parece a uno que lo que en casa es insolencia o mala educación, aquí podría ser delito. Y bonicos son ellos.

Que se trata, como digo, de un país un tanto bélico, ya se nota en el DC, con tanto memorial de tanta war por la freedom, y que son los veteranos los mejores de entre nosotros, aunque alguno que otro, mendigando, ya se está viendo por ahí. Y si el de la guerra de Vietnam -sinceramente lo digo- alcanza a arrancarle a uno cierto sentimiento, la verdad es que el resto le deja con cierta sensación de "pero, hombre, ¿qué necesidad había?".

Es que llega uno a pensar que el DC es un Las Vegas a lo patriótico, o Las Vegas un DC del cachondeo, ambos un tanto exhibicionistas de la patria, de la guerra, de la juerga y del dinero. Y que las figuras king size de tías en pelotas que decoran, en Las Vegas, el casino ambiente Roma alguna relación deben de tener con las de los soldados en acción que se ven en los monumentos a la guerra. Ellas quizá son las novias de ellos, o ellos quizá los compradores del Playboy donde aparecen ellas. Me inclino más por la segunda, porque tienen ellas un no sé qué de implante mamario que, a decir verdad, no dan el tipo clásico y más que a las puertas del templo las veo a las del puticlub. Lo mismo que ellos y ellas, así todo el DC tiene ese gigantismo, esa monumentalidad siliconada que revienta los cánones de la gracia y le hace a uno -ya lo he dicho- exclamar: "Però, home... Açò és precís?".

Un cierto remanso de paz -que el DC también los tiene- vine a encontrarlo sin más guía que mi propio tacañismo, que quiso convencerme de que un albergue regentado por cuáqueros daría un toque exótico a la excursión. Y vaya si lo hizo, que hay que ver qué cara se le queda a uno cuando ve un albergue con sala de oración y biblioteca. Esta última, tan llena de títulos pacifistas que no las tenía yo todas conmigo que no fuera ilegal en el DC. La sala de oración, sin embargo -y ¡ay!-, cuadrada, blanca y vacía, a la que todos los huéspedes están invitados a meditar un ratito cada mañana, mejor sin desayunar, que con la tripa llena no se encuentra uno, tenía dentro, el día que yo fui, un solo cuáquero, varón, caucásico y en chancletas, no se sabe si sentado a dormir o simplemente tropezado en la butaca.

Roncador, además, y a conciencia. Y yo que, ya puestos, me había dicho "vamos a ver si medito un poco el desayuno", pues ya no me podía concentrar, con la tormenta y el estruendo, y quise preguntarle si podía meditar un poco más bajo, por favor, si es que su religión se lo permite. Pero ni caso. Digo yo que a tan profundo nivel de meditación se llega tras largos días de renuncia y ascetismo o tras largas noches de juerga y perdición. Término medio no hay.

Tampoco pude, claro, comprobar si era de veras cuáquero o transeúnte como yo. Pero el bélico roncar del muchacho me hizo pensar, en todo caso, que a los cuáqueros más les vale abandonar el DC sin perder tiempo, no sea que por influencia ambiental dejen el worship y se me suban al warship, que es un juego de palabras para el que hace falta más inglés del que yo sé pero no me voy a poner ahora a comprobar si está bien, que ya está bien. Por ahora.

viernes, 2 de mayo de 2014

Serie Sense Nati!, segunda época. Karkaputt!

KARKAPUTT!

Se le ha roto el coche a la Jose. Pero roto, roto. Al desguace, vamos. Y la cosa es una tragedia, no porque se le haya cogido cariño, que no -ojo, que me refiero al coche-, sino porque en Cincinnati la vida sin coche no es vida. Puedes ir en autobús, pero eso ya dijimos en un post de la primera serie que es algo bastante duro. Si no tener coche es lo mismo que estar muerto, viajar en autobús es como ser un zombi: un muerto viviente o, mejor, un muerto viajante. Puede que suba uno limpio y repeinao, pero seguro que, al bajar, ya no es el mismo: los amigos te encuentran algo raro, la familia te pregunta si estás bien y tu madre sospecha que te drogas. Solamente vale la pena para desplazamientos largos, y con eso no quiero decir "lejos" sino "para mucho tiempo". Pongamos el día entero. Desayunas, te vas y ya si eso vuelves a cenar. El bus de Cincinnati es, en realidad, una manera asequible y popular de comprobar la teoría de la relatividad, pero al revés. En el experimento fetén, el astronauta que va al espacio no envejece, pero los que se quedan en la Tierra -salvo Jordi Hurtado, és clar-, sí; en el bus de Cinci, el que ha envejecido es el viajero. Y, oye, tampoco hay que quejarse de que salga la cosa así, pues, ¿qué esperabas, por un dólar setenta y cinco centavos? ¿El CSIC?

Pero no quiero insistir en el bus, que ya lo hice una vez, ni en el coche, que también, sino al hecho propiamente dicho de la muerte del vehículo automóvil, que fue repentina y en medio de la calle. Le dije yo a la Jose: "Escolta: que ix fum del motor". Com que jo no sé de mecànica, ni si el coche tenía este tipo de costumbres, por curarme en salud añadí: "Açò és normal?" Se ve que no, porque la Jose inmediatamente llamó a la grúa. Y así, sin más, quedó muerto y humeante en plena calle, lo cual es siempre triste, pero un poco menos si se trata de un barrio pijo, pues algo del glamour ambiental parece que se pega siempre.

Tampoco ha sido una sorpresa, todo hay que decirlo. Estaba achacoso, el pobre, y para poco trote. Que si un ruido por aquí, que si una pérdida por allá, que si resoplidos y dificultades para subir las escaleras, y cosas así. Ya nos lo dijeron, cuando lo adoptamos: durará lo que dure, que está muy machacao y se ve que los dueños anteriores le dieron lo suyo. Y todo era un ir y venir de la consulta: "¿Cómo lo ve?". "Pachuchillo. Si lo cuidáis bien...y no le exigís demasiado, al pobre".

¡Y cogemos y nos lo llevamos a Chicago! ¡Una bolsa de millas para ir y otras tantas -claro- para volver! Vale que despacito, para que no le subiera la tensión, pero ya en el viaje de ida nos dio un aviso: se le puso amarilla una luz, y es cosa sabida que cuando a un organismo se le pone algo amarillo, ¡prepárate para parar! ¡Pum! Es la lógica del semáforo. Y así, parando, parando, fue y volvió. ¡Hombre! Digo yo que tuvo con nosotros una segunda juventud. ¿Quién le hubiera dicho a él, cuando estaba allá en el dealer, que viajaría a Chicago, que surcaría los caminos de Kentucky y que se vería rocanrolear en Nashville? Todo un ejemplo para la tercera edad automovilística. Tenía que haberse consumido, roñoso y oxidado, en un miserable y oscuro rincón del parking, pero murió sobre el asfalto, con las ruedas puestas. ¡Amén!

Pero a mí me dejó sin cenar sushi, el muy... ¡Que a eso íbamos, cuando estiró el embrague! ¿No te podías haber esperado un par de horas, hombre?

jueves, 24 de abril de 2014

Serie SENSE NATI!. Segunda época. AMTRAK-TRAK-TRAK

AMTRAK-TRAK-TRAK

Es que me he venido a Washington pasar unos días. Una excursioncilla de nada: total, ¿qué son catorce horas (y media) de tren? Eso es lo que tarda entre Cincinnati y el DC, que es así como se dice Washington en inglés, siempre que pronunciéis "di-sí", que no es que te pidan tu aprobación -que les importa un bledo- sino que el inglés, de suyo, se pronuncia raro.

Tenía yo ciertos temores con el tren, por las malas referencias tomadas de un cómic de Peter Bagge en el que cuenta su experiencia viajando en AMTRAK. Pues, hombre, Peter, ¿qué quieres que te diga? vale que no son los trenes de Noruega -obsérvese el "farol"-, pero tampoco están tan mal. No les falta de nada: sus ruedecitas, sus butaquitas, su aire acondicionado en posición "no-frost"... Lo peor, la puntualidad; lo malo a secas, el horario. Todo junto, el acabóse. El de Cincinnati al DC sale a las 3:27, pero no "pm" -que sentaría como se indica-, sino "am", lo cual en cristiano son las tres y veintisiete de la noche, que es hora que no da para decir "de madrugada". Será porque este es un país que decidió en su momento darle la espalda al tren: recuerdan algunos que por Cincinnati pasaban antaño cerca de doscientos trenes diarios, mientras que ahora pasan seis por semana, que digo yo que el jefe de estación debe de estar estresao.

También, por cierto, decidieron deshacerse de la estación,y ya tenían media derribada cuando alguien cayó en la cuenta de que se trata de un edificio imponente y que -oye- tampoco estaría mal conservarlo. Ya me imagino algún ultraliberal protestando porque le estaban quitando su freedom de tirar monumentos históricos. ¡Qué país!

Y, claro, al abandonar el tren parece que han abandonado también todo interés por la actualización. Lo digo porque pasan cosas tan curiosas como que el número de tu butaca te lo comunican escrito con un rotulador en un papelito arrancado de cualquier sitio y que aprovechan para escribir por detrás. Lo mismo que tú te guardas el papel impreso por una cara para hacer un dibujo o una suma por la otra, AMTRAK se lo guarda para asignar butaca a los señores pasajeros. Tú tienes tu billete de tren impreso en casa, donde no dice a qué vagón te has de subir ni en qué butaca -menos aún- te vas a sentar. Si lo preguntas en la estación te dicen que tranquilo, que al subir al tren a te enterarás. Y tú imaginas que eso será que en el país de Silicon Valley tiene que haber por lo menos un robot que te acompañe al sitio y te arrope con la manta.

Pues no. Claro: con lo que llevo dicho ya os lo imaginabais. No, digo: que cuando llega el tren a la estación, el revisor baja y -con el tono de quien grita "¡Ay, que me lo quitan de las manos!"- va y dice: "A ver, ¿quiénes van en grupo de cinco? Porque tengo cinco asientos juntos. ¿Nadie?" Y entonces empieza a pujar a la baja: "¡Cuatro! ¿Grupos de cuatro?". Si sale un grupo de cuatro, les dice "Pónganse aquí, en fila", y sigue: "¡Tres! ¿Tengo tres?" ("tres y media de la noche -pienso- es lo que yo tengo en el reloj, y un frío que pela"). Salen los tres y..¡a la fila! "¡Dos! ¿Parejas?". Ahí ya estoy pensando en pedirle a la de al lado que se case conmigo, a ver si con ese matrimonio de conveniencia aceleramos el embarque. Pero no me decido, no sea que nos pidan los papeles. "Pedir papeles" es pedirte la "ai-dí", que es como se pronuncia "ID". Son muy aficionados a las siglas, ya lo dije alguna vez, y a otras cosas curiosas como contar en cientos. ¿Que qué es eso? Pues que la cifra "3600" no se dice "tres mil seiscientos" sino "treinta y seis cientos". Y yo con problemas para contar en inglés más allá de once, que doce se dice de una manera que no se puede decir.

Bueno: pues no me atrevo a declararme a nadie en el andén -que no era tal andén, por cierto, sino el suelo pelao-, pero con eso ha llegado ya el final de la lista y, los que vamos solos...¡también a la fila! Y ahí es donde nos reparten, a cada uno, el famoso trocito de papel cortado a tiras con un número escrito a rotulador. A mí, por cierto, me toca el doce. Menos mal que en cifra. Y con eso te sientas y por fin sale el tren, y el sueño que tenías y con el que contabas para dormirte de inmediato, porque ya se han hecho las cuatro y no son horas (más las catorce que te esperan), pues con el frío se te ha pasado, y te encuentras que sales con retraso, y que un compatriota de Steve Jobs te ha dado un papelito que ni en la rifa del pueblo, despierto y sentado junto a un dentista jubilado que debe de ser el único de cada diez que no recomienda ir de Cincinnati al DC mejor en avión, oye, que se tarda menos.

¿Será posible? ¡Mandar una nave a la luna y no saber mandar un tren al pueblo de al lado! 

jueves, 17 de abril de 2014

Serie SENSE NATI!. Segunda época. De nuevo en Cinci (Nati)

DE NUEVO EN CINCI (NATI)

Ya sabéis todos que hace un tiempecito que he vuelto por Cincinnati OH, aunque solo sea porque alguna cosa he añadido al blog. Eso, claro, si lo leéis. Pues sí, y quizá debería haber empezado por ahí, por Cincinnati OH. Y quisiera empezar por aclarar es que el "OH" que acompaña a "Cincinnati" no es expresión de asombro, ni de admiración, ni de nada en absoluto. No es que en Cincinnati no haya nada que admirar: está, por ejemplo, la estación del tren, que ha sido votada como uno de los cincuenta edificios que uno "must see" en Estados Unidos. Por cierto, que esto del "ha sido votado" está muy extendido por aquí como gancho publicitario. Te encuentras, por ejemplo, un sitio cuyas hamburguesas han sido "voted 3rd best in Cincinnati". Lo que me pasa a mí, sin embargo, es que me pregunto por la fiabilidad de la encuesta. ¿Quién la hace? ¿Hay observadores internacionales? ¿Hay interventores de las otras hamburgueserías? Y, ¿quién vota? ¿Solamente los que las comen? ¿Pueden votar -como en las primarias del PSOE- también los simpatizantes? Lo cual me lleva, finalmente, a preguntarme: ¿qué es ser simpatizante de una hamburguesería?

Como podéis ver, el reclamo no funciona demasiado bien conmigo. Quizá porque ante la publicidad no corresponde preguntarse nada. Además, que no sé si eso de presumir de ser el tercero... No sé -digo-, pero es como ese incomprensible orgullo valenciano de ser "la tercera ciudad de España". ¡Buf! Y digo más: ¿cuál es el último puesto de la lista del que se puede presumir? ¿Puedes decir "voted 23rd best in Cincinnati"?

Bueno, pues como os iba diciendo, lo de "OH" se pone por "Ohio", ese estado del midwestern donde ha ido a parar Cincinnati, y yo también, que me he venido para visitar a la Jose añadiendo unos días de trinqui a mis vacaciones de Semana Santa. ¡Ah! ¿Que no sois profesores? Pues chincha rabiña, que yo tengo una piña (y más vacaciones que vosotros).

Pues eso, que me vine para acá, aunque pasando antes por San Francisco CA (como ya contaba en un post anterior), donde el "CA" no es una interjección -ya lo imaginábais- sino la abreviatura de California. De ahí a visitar parajes naturales hasta Las Vegas NE, donde hace tanto calor que me pregunta yo qué broma era esa del "NE" (Nevada): uno de mil demonios. Ahora, que demonios es lo que imagino yo que vería en Las Vegas nuestro anfitrión, que nos ofrecía su casa por eso del couchsurfing. Yo, por cierto, que pronuncio el inglés como el eslovaco, dije más bien "coachsurfing", lo cual viene a ser navegar, sí, pero no en el sofá sino en el entrenador, actividad que debió de resultar extraña al anfitrión del que os hablaba, que -a eso iba- resultó ser mormón y haber estado de mission en Chile. Buen chaval, ¿eh?, que trabajaba en no sé qué de sanidad -¡ay, mi eslovaco!- y que reconoció que la ciudad no le gustaba por ese puntillo pecaminoso. A mí tampoco, pero por hortera. Llegado a este punto, lo que se impone es dilucidar si el mal gusto podría ser pecado. Yo estoy a favor, y eso que sé que mi fondo de armario me condenaría.

Antes de eso habíamos pasado por otros lugares -de nuevo a este blog os remito-, pero tengo que decir que no hay nada como el Gran Cañón. Mira que soy poco de emocionarme con los paisajes: pues de verdad que es cierta la publicidad que dice que es breathtaking, lo que traducido al eslovaco significa que te deja turulato. Y eso que ya venía de ver otros paisajes contundentes. Pero ya se sabe que nueve de cada diez dentistas recomiendan no perderse el Gran Cañón. Yo ya lo he "voted 1st paisaje en los USA". Eso, para que os hagáis una idea. Dicen que los primeros europeos en verlo fueron unos españoles, y que iniciaron el descenso, pero que tuvieron que volverse a la mitad por falta de agua, y que luego sospechaban que los indios les habían -dicho sin segundas- tomado el pelo.

Pues mira, ¿sabéis lo que os digo?: que bravo por los indios, en todo caso, que bien que los han estado engañando a ellos.  ¡Si es que toda la historia de OH se puede resumir en las mil veces que les tomaron el pelo, primero los franceses y los ingleses, y luego los estadounidenses! Todo esto que hoy es OH, y también las actuales Indiana, Illinois, Michigan, Wisconsin (y parte de Minnesota), un territorio de largo más grande que España es el que en su día se llamó Northwest Territory y que se iban repertiendo unos y otros, sin decirles nada a los indios pero -eso sí- usándolos como carne de cañón en las guerras en las que, al final, los que más iban a perder eran ellos mismos. Pero la venganza, ya se sabe, es un plato que se sirve frío: enteré el otro día, cuando estuve en Chicago, de que ese nombre significa algo así como "col podrida". ¡Toma ya, Escuela de Chicago! ¡Toma ya, Frank Lloyd Wright! ¡Toma ya, casa Robie! Por cierto, que fui a verla, claro. Pero lo de esa excursión ya lo dejo para otro post. Lo prometo.

Pues eso: que estoy otra vez en Cincinnati. Au.

miércoles, 16 de abril de 2014

Serie SENSE NATI¡. Segunda época. Las Vegas, 2.

LAS VEGAS, 2

Las películas del Oeste y mis juguetes de niño me acostumbraron a la idea del fuerte de madera en medio de la nada, que se levanta, para proteger a los de dentro, en la gran llanura desértica como una isla en el océano. Algo así parece Las Vegas. Solo que no es un fuerte de madera ni sirve para proteger a nadie. Las Vegas no es un refugio, sino una enorme construcción de contención. Muy cerca encuentra uno la gran presa Hoover: pues en lugar de agua Las Vegas contiene personas. No las protege: las recoge entre sus muros. Si no lo hiciese, el sol las evaporaría o se las tragarían las arenas. Allí están a salvo. Pero a cambio de un precio: no pueden llevar la vida que les correspondería. El precio que exige Las Vegas por salvarlas del desierto es su propia naturaleza. Allí ya no pueden seguir el curso natural de las mareas, ni distinguir la diferencia entre el fondo y la orilla. No se puede pasear por una bajamar que ya no existe. Las calles de Las Vegas, que podrían ser -si alguna vez lo han sido- playas donde recogerse, tomar aire y respirar al salir de los casinos, son batidas, en cambio, por corrientes que acaban por arrastrar de nuevo, a todos, al fondo. No importa la fuerza con que se nade. Sale uno a la calle, queriendo olvidarse de las luces, de las máquinas, de la música: pero no puede dejar de sentir cómo empuja hacia dentro la fuerza de la marea. Coletazos de música y de humo parece que le tengan a uno atrapado por las piernas, que lo lleven de acá para allá como a un pelele y lo dejen -zarandeado, exhausto, pero nunca sorprendido, en realidad- dentro de otro casino.

martes, 15 de abril de 2014

Serie SENSE NATI! Segunda época. Las Vegas, 1.

LAS VEGAS, 1

Uno ha visto mucha falla, así que por eso debe de ser que Las Vegas le resulta familiar. De día y de noche, que conste, porque de un tiempo a esta parte les ha dado a los falleros por iluminar las calles a lo bestia, y en eso hay algunas comisiones que ya han oficializado el pique. Claro que la culpa no es de ellos, criaturas, que recuerdo que hubo un concejal que para mí que tenía un primo fabricante de farolas y desde entonces Valencia sí que está en el mapa: pero en el de la factura de la luz. Imagino una factura de la luz que ella solita ya valdría de monument. Así que -quería decir- pasa uno de Valencia a Las Vegas, de una ciudad a otra, con toda suavidad, sin enterarse, porque Las Vegas es la ciudad que hubiera proyectado una comisión fallera que dispusiera de un prespuesto ilimitado.


Mirad: me doy cuenta de que ya está muy usado, lo de comparar con una falla todo lo que sea de cartón piedra. No sé por qué se lo hago. En primer lugar, tampoco qué es el cartón piedra ni de qué están hechas de verdad las fallas. Decimos que de "corcho blanco", que tampoco sé qué es y me parece legítimo sospechar que cualquier cosa menos corcho. Pero es que la comparación da juego -¿lo pilláis?-, y de verdad que no hacía más que decirme, paseando por allí, que era como estar en Fallas, pero peor: porque en Valencia, al menos, no duran todo el año.


Así que Las Vegas son unas fallas llevadas a la exageración. En tal grado lo son, y todo, que vi un local de comidas que presume de haber obtenido el certificado, otorgado por la gente del libro Guiness, de restaurante más perjudicial para la salud de todo el mundo. No pongo foto porque ya sabéis que este es un blog, por principios, anti interactivo y enemigo de la imagen. No así los dueños del citado local, que sortean una liposucción entre los clientes que superen no recuerdo ahora qué determinado número de kilos. Cómo os molaría, de verdad, ver la foto.


Sigo: porque, como en las fallas, en Las Vegas se mezclan lo de dentro y lo de fuera hasta que se pierden las fronteras. En las fallas son las carpas esas que nos ponen en la puerta de casa, y los petardos, los decibelios y los humos que se te cuelan por las ventanas. En la franja acasinada de Las Vegas lo suyo es que da lo mismo estar dentro que fuera: al final, todo es uno. Llega uno con sus maletas, abre la puerta del hotel y, dentro, cuando espera encontrar ese espacio de transición que es el vestíbulo, lo que descubre es ese otro especial dentro/fuera de Las Vegas: hamburgueserías, heladerías, teatros: cosas de la calle que se han metido dentro; y el murmullo de la sala de juego, el sonido de los vasos, los paseantes que van de máquina en máquina: cosas del interior que están a un paso de salirse fuera. Hay que fijarse mucho para descubrir la recepción: ¿será posible -se dice uno- que haya aquí más moviento que en la calle? Por eso, los empleados tienen que dirigir el tráfico de personas: ¿quiere ir al casino? ¿Busca las salas de espectáculos? ¿Un lugar donde comer? O, ¿no será que viene -¡hombre de Dios!- a registrarse en el hotel?


Y si sale, parece que sigue dentro. Los clientes -que en Las Vegas hay clientes, no turistas- pasan, con sus cubatas en la mano, de un casino a otro. En las aceras -para no perder el ritmo, imagino- se prolonga el ambiente del interior. No solo por la música: en ellas continúa la decoración, por tramos, del casino junto al que pasan, y se ven invadidas por la publicidad de lo que hay dentro. Su recorrido lo lleva a uno directamente de un casino a otro: no es que pasen por la puerta, como podría ser que la acera de mi calle pasase por el estanco: es que están así planificadas, que es más sencillo ir de una calle a otra atravesando el casino que yendo por el camino exterior.


En esas condiciones, lo que más llama la atención es encontrar una parada de autobús: ¡hay gente que hace vida normal, en Las Vegas, y espera un autobús para volver a casa! Se pregunta uno, de todos modos, si al echar una moneda en la máquina de billetes del autobús sonará también una musiquilla, si el pasajero deberá accionar una palanca para que le salga el ticket o si, con suerte, le puede tocar el viaje gratis. No es descabellado pensarlo: el juego, ya se sabe, lo invade todo en Las Vegas. ¿Saldrá el alcalde por sorteo, además? No creo que llegue a tanto, aunque no conozco método más democrático para el reparto del poder

jueves, 10 de abril de 2014

Serie SENSE NATI!, segunda época. Yoguiyosemiti.


YOGUIYOSEMITI

Y luego están los osos. Osos, sí. También hay guardabosques, de esos que llevan un sombrerito verde que parece una tienda de campaña, como aquel que intentaba evitar que Yogui les "robara el sandwich a los excursionistas". Pero el guardabosques de este país no da ningún miedo -no sé por qué-, a diferencia de otros agentes de la ley. Será porque parecen más guías turísticos que policías, porque no usan esas gafas de sol tan chungas o será porque acaba uno por aprender que Yogui y Bubu no molan nada, si es que se te van a comer el bocadillo y arruinarte la excursión. Es como aquello de Heidi y la señorita Rottenmeier que decía un amigo mío y que ya puse antes, en algún post antiguo que no voy a buscar ahora. Vosotros mismos.

Viene la Jose y me dice: "Saps que n'hi ha osos, a Yosemite, i que es diu que s'ha d'anar amb molt de compte? Sembla que han arribat a atacar la gent", y se queda tan pancha, la tía, y sigue tomando su five o'clock tea, que a veces parece que esté pasando el tiempo en Cambridge y no en Cincinnati. Y a mí, que estaba preocupado por si debería coger un forro polar, o me bastaba con la rebequita, por si refrescaba, se me vino a la cabeza la idea de una bestia peluda y tremenda que haría parecer civilizado al mismísimo Chewbacca, una bestia que estaría esperando a que me bajara del coche para comerme enterito. Y a mi sandwich, de postre. ¡A mí, que la idea de oso que yo tengo es una mezcla de Yogui y de Winnie-the-Pooh! ¿Y se supone que iba a pasar el día exponiéndome, voluntariamente, a semejante bicho? Yo, la verdad, ya tenía bastante con el oso disecado que había visto en el museo de ciencias naturales de Onda, que nos llevaron en el cole, excursión a la que nunca agradeceré bastante, por cierto, que me extirpara de una vez y para siempre el gusto por la naturaleza. ¡Qué gran cosa es la educación!

Afortunadamente, el miedo al oso me duró poco. Dicen que un clavo saca otro clavo -aunque yo, que respeto mucho al refranero, este precisamente no lo pillo. La cosa es que Yosemite (pronunciad "iosémiti" si queréis ser el centro de todas las reuniones, como aquel pardillo que anunciaba el curso de guitarra de CEAC) está bastante altito, y no se trata de subir a una cumbre de la Calderona, sino a las Montañas Rocosas, que no son precisamente un chiste. Vamos, que la carretera es de esas que ofrecen unas vistas espectaculares, especialmente ese tipo de vista que más que vista es visión: quiero decir, que me veía despeñándome a cada curva. Y la Jose venga a mirar a los lados, y yo a explicarle que lo que tenía que mirar era la carretera, que las Rocosas estaban ahí desde hace millones de años y no pasaba nada por esperar unos minutos más para verlas mejor, desde arriba.

¿Arriba, dices? Pues espera, que encima se pone a nevar y la carretera se llena de nieve, y de hielo, y ya te puedes imaginar el cóctel explosivo que mi cabeza iba formando con los siguientes ingredientes: curva, abismo y resbalón. Adereza con la Jose conduciendo igual de rápido y mirando a los lados, y sírvelo en copa. Y encima que en la carretera no se pone la Guardia Civil, como en España, a decirte "de aqui no pasas si no llevas cadenas". En los USA todo es "at your own risk", y ya te apañas. Es que obligarte a llevar cadenas va, por lo visto, contra su freedom. Hombre, es cierto que parecen bastante incompatibles, los conceptos de freedom y de cadena, pero en este caso...yo lo admitiría. Es más, pensando en la combinación de todo lo que había vivido hasta el momento, pensé decirle a la Jose: "¿Y si la cadena, en lugar de al neumático, se la ponemos al oso y nosotros nos bajamos a tomar un cola cao?". Pero no me atreví, porque como dice el refrán, "El hombre y el oso"... Tampoco sé qué se quiere decir con eso, pero es que esto ya se me hace largo y en los USA no hay cola cao. ¡Qué país! Otro día sigo. Au.

martes, 8 de abril de 2014

Serie SENSE NATI!, segunda época. San Francisco.

El verano del 67, que yo me pasé en la barriga de mi madre, resulta que donde había que pasarlo era en San Francisco, California. Acabo de estar por allí y me he hecho algunas fotos, una de ellas ante un mural que recordaba aquel "verano del amor", que en inglés se dice de otra manera pero que, a mí, y en aquellos momentos, me lo podrían haber dicho en arameo y me hubiera dado lo mismo. Lo mismo me daba, ya puestos, verano que primavera, que en el útero, ya se sabe, la temperatura es estable y se está, dicen, la mar de a gusto. Hablando de dar: lo que me dieron mucho entonces fue calabaza, que cuenta mi madre que en eso -asada- consistió el antojo que tuvo ella. Y debe de ser cierto que lo que te pasa en el útero te condiciona la vida, pues eso es lo que las mujeres me han estado dando desde entonces, aunque más veces cruda que asada.

O sea, que acabo de pasar por el barrio de Haight, el de los hippies, aunque con cuarenta y siete años de retraso. Dicen que más vale tarde que nunca, pero es que tan, tan tarde, a lo mejor es equivalente a nunca. No sé. Igual es cosa que debería responder algún Einstein de esos que hay por ahí. Lo cierto es que me distingo -siempre lo he hecho- por no estar nunca donde toca, cuando toca. Será también cosa de nacimiento. Aunque tampoco me va mucho, a mí, el rollo hippy. Esto lo digo después de haberme tomado un café en el local que presume de epicentro histórico del hippismo, de Sala del Juego de la Pelota de la revolución, y me lo han cobrado más caro que si fuera un hotel del centro. Y el baño estaba más mostoso, de donde fácilemente se deduce que Mr. Proper nunca fue hippy, aunque eso, con verle la calva, ya se deducía solo.

Es que lo hippy es muy piloso, y eso ya le dio mucho juego a Ibáńez -el de Mortadelo- y ha sido por eso, quizá, que me han venido a la cabeza muchas cosas de cómics y tebeos, la primera un buen ejemplo de saber estar, como yo, en el peor lugar en el peor momento. Esta les pasó a los Dalton, que vinieron también a San Francisco, donde tuvo que ser, una vez más, Lucky Luke quien les salvara la cabeza -literalmente. Es que se habían metido, disfrazados de chino, en el Chinatown, y se conoce que los de entonces eran pelín hostiles a los blancos. Lo mismo que en la actualidad, me parece, solo que en lugar de cortarte la cabeza te atacan con unas raciones de pato con fideos que déjalas correr y que no se enfríen y cómetelas con palillos. Eso, si es que hablamos del mismo Chinatown por el que paseaba yo ayer, por cierto y por la tarde. Al final, ocurre que Averell se hace amigo del líder de los chinos, y se pasa comiendo el resto del libro.

Pero los libros de cómics, San Francisco y el verano del amor tienen algo en común que yo -si se me permite decirlo-, ya sabía; y es que en ese barrio y en esos años vivía y dibujaba el bueno de Robert Crumb, a quien admiro porque, como yo, sería incapaz de sobrevivir en la Prehistoria. Lo que no sabía -volviendo al tema- era la calle, pero ahora ya lo sé porque viene en algunas guías. Una de ellas la leía esta mañana en una librería, y en eso se me ha ocurrido que sería bonifo llevarle a mi hermano, de recuerdo, un libro de Crumb comprado en ese mismo barrio. Perdona, Pablo, pero es que todos los que tenían eran muy tochos y no sé qué me ha pesado más, si el precio del libro o el recargo que me temo me habrían hecho pagar al facturar la maleta.

¿He dicho "facturar" o "fracturar"? Habrá sido un desliz, cosa que, por otra parte, no hago más que temer desde que llegué a Frisco, que no ha hecho más que llover y eso que decía la prensa, en España, que a causa de la sequía se teme por la cosecha de almendra de California. Será la de almendra, que la de castaña abunda en las aceras de San Francisco y yo no sé si mi seguro me cubre estas cosas. Ya sé que suena muy poco hippy, lo del seguro de viaje, pero es que hay que ver cómo se las gastan -mejor dicho, no se las gastan- aquí con el tema de la sanidad. No es por hablar ahora de Obama, sino de que a ver si me rompo una pierna y por no poder pagar hay que salir de aquí por las mismas, teniéndola rota un servidor. Que lo de las calles de aquí es la mar de curioso, de tanta cuesta que hay por todas partes. Os dejo ya en paz, pero os aconsejo que busquéis alguna imagen de Lombard street, y veréis lo que os digo. Por cierto, que street es "calle", por si no lo sabíais, que ahora es que hay que ser trilingüe. Vamos, que ni las víboras.
Ya sigo contando. Au.

martes, 23 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època (¡Ahora en castellano!): Cosas del cole, 2

¿Cómo empieza la jornada?: los niños entran al cole sin hora fija, entre las nueve y las nueve y cuarto, mientras el profe está de pie en la puerta del aula para recibirlos. "Buenos días, Mariah" -leed maraia-, "¿Cómo estás hoy, Michael?". Algo así como el predicador a la salida del sermón, pero al principio. Claro que, mientras se entrega el señor profesor a este ejercicio de marketing, a sus espaldas el aula puede estar conviertiéndose en un lío ingobernable. Si eso pasa, malo. Quiero decir que se te considera mal profesor. Lo que se espera del profe americano es que desactive el comprensible despiporre teniendo preparadas de antes -de ahí lo de llegar prontito al cole- unas actividades sencillitas para que los que llegan primero se vayan entreteniendo, y sin que nadie les tenga que explicar nada. La clave para el éxito de este método, este bellwork -"trabajo del momento de la campana": no sé si vale la traducción, sobre todo porque en el cole no tenemos campana-, es que los alumnos ya saben qué tienen que hacer: entrar en clase, dirigirse a su pupitre, mirar la pizarra y hacer el bellwork del día. La cosa está tan arraigada que hay libros publicados con trabajitos de estos para todos los días del curso.

El chiste, inteligentes lectores, no está en tener pensadas minitareas de éstas, sino en el automatismo de los comportamientos. Es que me parece a mí que aquí la fábrica es el modelo de escuela: igual que cada trabajador sabe lo que tiene que hacer cada día, y nadie concibe que en la factoría de la Ford en Almussafes, cada vez que entran, los obreros tengan que esperar a ver qué tienen que hacer hoy, así se espera del profesor americano que tenga a los chavales tan entrenados que todo discurra con fluidez, como si con el grupo de alumnos hubiera compuesto una máquina perfectamente engrasada. Las historias de profesores "triunfadores" -qué concepto tan horrible- incluyen siempre la consabida anécdota del día en que llegó tarde -nunca porque le daba pereza, claro, sino por causas ajenas a su voluntad- y nadie se dio cuenta porque sus niños actuaron automáticamente, igual que si él hubiera estado en clase: las rutinas deben estar así de asumidas. Claro que, si siguen así, acabarán por decir que no hace falta el profe. ¡Con que venga unos días al principio, para el entrenamiento! De ahí sí que saldría una partida "maravillosa" para recortar, como dijo la otra.

Sí: he dicho entrenamiento. El profe, como si se tratara de un míster -que dicen los galácticos-, debe entrenar con sus alumnos todas y cada una de las acciones que él ha diseñado para ellos, hasta que se conviertan en rutinas. Y así se habla de esta fase del trabajo: es el entrenamiento. Se dice que el profe debe dedicar las primeras jornadas del curso a este proceso. Ensayar, ensayar y ensayar. Con lo cual, ya se va viendo, el modelo, además de la fábrica, también puede ser el equipo.

He de decir, por ser sincero y no parecer antiamericano de manual, que no lo encuentro, todo esto, esencialmente negativo. Sobre todo, cuando se ha visto -y sufrido, o, quizá más a menudo, provocado- aulas convertidas en campos de batalla. Todo tiene su lado bueno y su lado malo: hay que reconocer que cuando se observa la clase de uno de estos profesores/entrenadores/gerentes -de uno que lo hace bien, claro- no se puede dejar de reconocer que todo discurre en orden y aparente facilidad. Cada tarea se cumple según el guión previsto, y cada cambio de actividad con una eficacia asombrosa -"like this", dicen siempre los que me lo explican, y les gusta acompañar la frasecita con el gesto de chasquear los dedos varias veces seguidas. Aseguran que no hay aprendizaje posible en el caos, y que los alumnos, como todo el mundo, agradecen entrar en un ámbito donde hay un orden y se tiene la seguridad de que al menos hay alguien que sabe lo que está haciendo. No sé. También me dicen que en ambientes así no hay conflictos y no hace falta gritar, que el profesor se puede concentrar en la enseñanza y ya no más en la disciplina. ¿Será verdad? Porque gritos, lo que se dice gritos, algunos por los pasillos ya he oído. Como le decía una vez una profesora a un chaval, que se ve que no captó el entrenamiento, plantándose delante de él con toda su envergadura, y con voz profunda, tranquila pero firme: "Yo no soy una señorita española. Yo soy una mujer negra". ¡Qué miedito!


¿El lado malo? Que me pasa lo mismo que cuando leí el libro aquél de ¿Quién se ha llevado mi queso? ¿No os lo he contado nunca? Bueno: cada cosa a su tiempo. Doctores tiene la Iglesia.

lunes, 22 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època: Coses del cole, 2

Be: anem al cole. Cóm comença la jornada escolar? Crec que ja ho havia dit: els xiquets no tenen hora fixa d'entrada, i ho fan entre les nou i les nou i quart. El profe ha d'estar plantat a la porta per tal de rebre'ls, i dir-los "Bon dia, Mariah" -però llegiu maraia- o "Bon dia, Michael", segons corresponga. És un poc com els predicadors que es posen a la porta de l'església en acabar el sermó, només que al principi i no al final. Però, com podeu imaginar-vos, el perill és que a la seua esquena s'estiga muntant un maremagnum de categoria. Si això li passa, mal: se li considera mal professor. El que s'espera d'ell és que desactive el mess -mireu si m'estic aclimatant, que ja dic paraulotes d'aquestes- amb unes activitats senzilletes que ja té preparades d'abans -i per això hi ha d'arribar matí- i que els alumnes van fent en arribar i sense que no calga explicar-los res. La clau de l'èxit d'aquest bellwork -"treball de campana", en diríem, (i no sé si deuria traduir-ho així, sobre tot perquè al cole, de campanes, no en tenim ni una), és que els alumnes ja coneixen la seua obligació: entrar a l'aula, dirigir-se al seu pupitre, mirar el que hi haja escrit a l'encerat i fer el bellwork del dia. La cosa és ja tan normal que hi ha publicades col·leccions de feines -minifeines- d'aquestes.

Clar que la broma no és, amics lectors, tindre pensades els miniworks aquests, sinó l'automatisme dels comportaments. A mi em pareix que el model per a l'aula l'han anat a buscar a les fàbriques: tanmateix com l'obrer sap què li toca fer al seu treball, i a ningú se li passa pel cap que a una factoria -diguem, per exemple, la Ford d'Almussafes-, cada dia, quan arriba, l'obrer haja d'esperar-se a que algú li diga què ha de fer, així s'espera del professor americà que tinga d'entrenats els alumnes. Ha de ser com si amb el grup de xiquets haja format una màquina ben engreixada. Les històries exemplars de professors triomfadors -quin concepte tan horrible- sempre inclouen l'anècdota del dia aquell que va arribar tard al cole i ningú no se'n va adonar perquè els xiquets van actuar automàticament, com si ell hi haguera estat present: així d'assolides han d'estar les rutines quotidianes a l'aula. Clar que -dic jo- si s'exagera molt amb tot açò acabarà per eixir algú que diga que ja no fan falta professors tot l'any: en que estiguen només uns dies al principi, per a l'entrenament! S'hi podrien traure partides "meravelloses" per a retallar, com digué aquella un dia.

Que sí, per cert: he dit entrenament. El profe, tanmateix com si fora un míster -que diuen els galàctics-, deu entrenar amb els seus alumnes totes i cadascuna de les rutines que per a ells ha dissenyat, fins a interioritzar-les. I així, de la primera fase del curs es diu que es això: un entrenament. Assajar, assajar i assajar fins que no hi haja dubtes, que no hi haja parades ni baixades de ritme. Tot deu anar "like this", com diuen els que m'ho conten, i a la vegada fan espetegar els dits. Assajar la jugada, al cap i a la fi, i ja es pot veure com el model, a més de la fàbrica, també pot ser l'esport.

Però, si he de ser-vos sincer, i no parèixer antiamericà de manual, no ho trobe, tot açò, essencialment negatiu. I més si s'han vist i patit -o molt sovint provocat, per ineficàcia- aules convertides en camps de batalla. Que tot té la seua part bona: he de reconèixer que m'he meravellat en veure les classes d'alguns d'aquests professors/entrenadors/mànagers -un que ho feia be, clar-, cóm tot passava amb ordre i tranquil·litat. Amb aparent facilitat. Diuen que al caos no és possible l'aprenentatge, i que els alumnes, tots, igual que tot el món, agraeixen molt els àmbits de treball als que predomina l'ordre i tenen la certesa que hi ha algú que sap què s'hi està fent. No sé. També em diuen que a ambients així no cal cridar perquè no hi ha conflictes, i els professors es poden concentrar en l'ensenyament i ja no més en la disciplina. Ja dic que no sé, perquè crits, el que es diu crits, jo si que n'he sentit al cole, i no pocs. I una vegada vaig veure com una professora, una de les grans, a un xic li deia, plantant-se davant d'ell, tot lo gran que ella era, i amb veu dura, tranquil·la però ferma: "Jo no sóc una mestra espanyola: jo sóc una dona negra". Quina por, redéu!

Per si pregunteu per la part roïna: que em passa el mateix que quan vaig llegir allò de ¿Quién se ha llevado mi queso? Que no us ho havia contat? Be: cada cosa, al seu moment. Mentre tant, tranquils, que, com sol dir-se, Doctores tiene la Iglesia.

viernes, 12 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època (¡Ahora en castellano!): Cosas del cole, 1

La Jose lleva unos días acostándose muy tarde, por culpa del trabajo. Yo hago lo que puedo por parecer solidario, e intento aguantar, pero como no tengo nada que hacer, se me hace difícil. Una vez le tengo preparado el bocadillo para el día siguiente, y los cacharros de la cena fregados, poco hay ya que pueda entretenerme. Leer, no, porque me quedo dormido. Llevo unos días con Matar a un ruiseñor, una novela cargada de emoción. Pero se ve que no tanta como para mantenerme despierto, y eso en parte porque se me escapa en los esfuerzos por entender, que es de un inglés complicadillo y me parece a mí que muy local. Quiero decir que está tan lleno de expresiones y contracciones, que lo hacen tan difícil de entender como el castellano a uno que venga de estudiarlo por correspondencia en Liverpool y se deje caer, de repente, en Murcia. No digo más. Menos mal que he visto la película y gracias a eso no me pierdo.

Pero el tema es el cole de Jose, y no yo. Lo de acostarse tarde es porque los coles americanos -al menos, éste de Cincinnati en el que estamos- exigen muchas horas de trabajo a los profes. Esto ya lo sabíamos: lo decían las guías del Ministerio, que a los profes americanos se les supone la entrada en el cole bastante antes de que lleguen los alumnos y la salida bastante después de que se vayan -los alumnos, claro, puesto que nadie puede irse de un sitio después de haberse ido. Esta última cosa que he dicho no debería haberla puesto aquí, pues solamente demuestra que a veces se me va la olla, que se dice, y es algo que me hace quedar mal con vosotros, queridos lectores. En el caso de la Jose, esto significa que si los alumnos entran entre las nueve y las nueve y cuarto -que para eso no hay hora fija-, ella está allí a las siete y media, más o menos, dependiendo de lo copioso del desayuno o de la hora en que se haya dormido la noche antes, cosa que suele pillarle en el sofá y a mitad de un capítulo atrasado de La que se avecina. Sí: ya sé que los trapos sucios se lavan en casa. Y la salida nunca es antes de las cinco: salir a esa hora es todo un logro.



Lo cual pone la jornada laboral de la Jose en unas diez horas: in situ, que luego siempre hay cosas que corregir en casa. Esto es lo que se supone, decía, de los profesores americanos. La verdad, que siempre es otra cosa diferente de lo que decimos, es que los hay que no exprimen tanto la jornada y la dejan en unas ocho horitas de nada: son los que llegan a las ocho y media y se van a las cuatro. Estos, que son la envidia silenciosa de todos los demás, es que están a punto de jubilarse y se ve que ya les da lo mismo el qué dirán.



¿A santo de qué tantas horas? Pues eso habría que preguntárselo a ella -a la Jose-, porque yo, que a veces también se lo pregunto, no acabo de hacerme idea de las razones. Ella dice que hay mucho papeleo, y eso me parece a mí que es que se espera que un profe envíe notas a casa todas las semanas; que ponga ejercicios y los corrija todos los días antes de salir; que tenga reuniones con sus compañeros día sí, día no; que tenga las sesiones de clase tan preparadas, tan al detalle como tendría un actor una función; que entregue semanalmente sus lesson plans; que rellene informes sobre los alumnos; y otras cosas que seguro que la Jose añadiría aquí y a mí no me las ha contado. Porque si después de las diez horas del cole se presenta en casa con dos cajas llenas de ejercicios para corregir, será porque no ha tenido tiempo de hacerlo en clase. ¡Pues buena es ella, para llevárselo a casa! A mí me convenció, nada más conocerla, con su idea de que hay que hacer el trabajo en el trabajo, y dejar la casa a salvo. Pero aquí no hemos venido a buscar la fama, sino a trabajar, y bien que se lo hacen pagar: con sudor. Es que esa frase también la decían en un cole americano.

jueves, 11 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època: Coses del cole, 1

Fa dies -diguem-ne seixanta- que la Jose, pel treball, està gitant-se massa tard. Jo intente solidaritzar-me, però la cosa se me'n fa difícil perquè no tinc res a fer, una vegada li tinc preparat l'entrepà de l'endemà i la cuina arreplegada i neta. Llegir no m'ajuda gens, que se'm tanquen els ulls, encara que la novel·la -Matar un rossinyol- que estic llegint és la mar d'interessant: es veu, però, que no tant com per mantindre'm despert. L'emoció s'hi escapa en l'esforç per entendre un anglès que em pareix a mi, amb tanta expressió rara i contracció constant, que deu ser molt local. És, em dic a mi mateix per tal de no deprimir-me, com si un que ha estudiat castellà per correspondència es deixa caure un dia a Múrcia. No en dic més. Al menys, he vist la pel·lícula i així no em perd massa.

El tema era el cole de la Jose, no gens jo. Allò de gitar-se tard, que havia dit, és per que es suposa que als coles americans -al menys, a aquest del que parle- els profes acudeixen molt abans de que hi arriben els alumnes i que se'n van molt més tard de que se'n vagen -de que se'n vagen els alumnes, clar, que és físicament impossible anar-se'n d'un lloc després d'haver-se'n anat. No sé si deuria haver posat ací açò que acabe d'escriure, que són coses que pense quan se me'n va la olla, que es diu, i no fan més que deixar-me mal davant vosaltres, benvolguts lectors. Be. Açò de l'hora vol dir, en el cas de la Jose, que si els seus alumnes arriben entre les nou i les nou i quart -que no hi ha hora fixa-, ella sol estar-hi entre les set i les set i mitja, segons si el desdejuni ha segut dietèticament correcte o no; més sovint, depenent de l'hora a que s'haja adormit, cosa que sol ocórrer-li al sofà i a meitat d'un capítol tres vegades vist de La que se avecina. Sí: ja sé que els draps bruts es llaven a casa. L'eixida -dèiem- no és mai abans de les cinc: això és l'objectiu de l'any.

Tot açò deixa la jornada en unes deu hores: in situ, que mai no falta què corregir a casa. Açò és el que es suposa dels profes americans: ja ho sabíem, que ho avisava la guia per als profes visitants. Però la veritat, que sempre és una cosa diferent del que pensem, és que n'hi ha, de profes, que no espremen tant el dia, i es deixen la jornada en unes huit horetes. Poca cosa: hi arriben a les huit i mitja i se'n estan anant a les quatre. Eixos, que són l'enveja indissimulada de tots els altres, és que estan a punt de la jubilació, i es nota que els té igual el què diran. Privilegis de l'edat, que es diu.

A quin sant tantes hores? A banda de que alguns estareu dient -ho sé i no hi estic d'acord, però no cal que ho dissimuleu- que ja els valia als profes treballar una mica, el tema és digne de ser tractat. Pregunteu-ho a la Jose, millor que a mi, que jo també m'ho pregunte sovint i encara no ho tinc massa clar. Diu la Jose que hi ha molta paperassa, i jo crec que vol dir que s'espera del profe americà que envie cada setmana un butlletí de notes als pares; que pose exercicis i els corregisca a classe cada dia; que mantinga reunions amb els companys dia si i dia també; que tinga preparats els lesson plans semanals, i les classes preparades tan al detall com si fóra un actor que ix a escena; que faça informes sobre tots els alumnes, i més coses que la Jose us dirà si li ho pregunteu -i ella te ganes de contestar-vos-ho, és clar. Alguna cosa de tot açò hi haurà, si després de les deu hores torna a casa carregant dos caixes d'exercicis per a corregir. Bona és ella, per a endur-se'n treball a casa, que em va convèncer a mi, al poc de conèixer-la, que la feina es fa a la feina i la casa s'ha de deixar estalvi del treball! Però ací no hem vingut a buscar la fama, sinò a treballar, i be que els ho fan pagar: amb suor. Açò ho deien també a un cole americà, per cert.



martes, 9 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època: La mocadorà a l'altra part del món

El 26 de març de 1244, el rei Jaume i el seu gendre- part contractant de la segona part, que representava els interessos de la corona de Castella- van signar el tractat d'Almizra. Pel mateix, s'establien les fronteres entre els dos regnes per la part del sud. Tan a prop, per cert, de La Canyada, que no sé si la tassa del vàter de casa cauria del costat valencià o del castellà. Després, com sempre, els tractat se'l passaren per la pedra, Jaume tirà més al sud d'allò previst i les fronteres es van moure. Més tard encara, als reis de la corona d'Aragó els va pegar per anar-se'n cap a l'est, cap al Mediterrani: que si Nàpols, que si Atenes... Però cap a l'oest, ja no, que era territori castellà. Per això, per que cap a l'oest no es podia anar, ni Jaume ni cap dels seus hereus van tirar en eixa direcció; i és per això mateix que hui no és festiu a  Cincinnati ni els xiquets dels coles fan redaccions sobre el Conqueridor. Hi ha el Columbus Day, però eixa és un altra història. I un altre dia.

No esperàvem, doncs, la Jose i jo que el de hui fóra especial. De fet, hem començat a celebrar el 9 d'octubre quedant-nos adormits i eixint de casa, com correspon, accelerant i sense desdejunar. El dia es presentava mal, i més quan el nostre GPS -del qual depenem més que del menjar- ens ha enviat per un trajecte diferent al de tots els dies: "Que diu que vages per Dana Avenue!". Ja dic que no és festiu a Cincinnati, que, d'haver-ho segut, m'hauria pensat que intentava evitar la processó cívica. Però, espantats i tot com anàvem, no hem pogut deixar d'obeir-lo: i si ens perdem? Mireu que açò és un laberint. Anava la Jose conduint i jo preguntant-me a quin sant els canvis. El recorregut que cada dia ens recomana, depèn de cóm tinga el GPS el dia? S'esperava, ell també, que el 9 d'octubre fóra festiu i li ha fotut posar-se a treballar massa prompte? És el que passa quan depens de la tecnologia: que et molesta haver d'admetre la superioritat del trasto, però te'n has d'aguantar. No em quedava més que recórrer al consol propi de la gent de lletres: riure'm de la seua ignorància. En aquest cas, de la seua pronunciació: Schumacher Avenue és, per a ell, no eixe indeterminat "sumàquer" que diem els espanyols, sinó un brutal i sincer "es-chu-ma-chér" del qual me n'he estat rient tot el dia. "A mitja milla, gire cap a la dreta per Es-chu-ma-chér Avenue". Xiu-la-li.

Cal dir que el nou trajecte ha resultat molt més ràpid i senzill que l'habitual -cosa que encara m'ha emprenyat més: per què ens el tenia amagat?-, de manera que pot ser la clau per a que la Jose s'anime ja a anar a soles al treball. Això, a mi, em deixaria per fi una mica de temps lliure, que, entre acompanyar-la pel matí i tornar a replegar-la després de dinar, els dies es queden en no res.

El de hui, per exemple, ha segut curt per a la feina -titànica- de buscar una mocadorà a Cincinnati. Ja imaginava que no seria fàcil trobar verduretes de massapà, però no que fóra impossible. Clar que, què esperar d'un país en que no es publica Astèrix? En acabant, sí he trobat una cosa que m'ha servit. Gràcies a Halloween, per cert, que és com el Nadal a El Corte Inglés: comença un mes abans. No és la nit del 31, sinó que és Halloween tot el mes d'octubre. Les cases estan adornades, molt adornades, amb carabasses i qualsevol cosa que siga de color taronja. Hi ha també esquelets de plàstic, teranyines de fil apegades a les finestres, làpides als jardins, fantasmes de drap que el vent fa moure...tot instal·lat des de fa dies, fent dels carrers una espècie de parc temàtic del terror...de chicha y nabo. Als supermercats i les botigues, les coses de Halloween es mengen part de l'espai disponible i, fins i tot, es venen ja preparades les bosses amb llepolies per a repartir als xiquets. Nosaltres, per cert, no en tenim. No és que vulguem ser els veïns antipàtics del barri, sinó que, no sé per què, sospite que el nostre no és zona de trick or treat. Les nostres apartaments són, diria jo, zona d'estudiants universitaris. Açò ho supose, perquè difícilment ens hem topat amb ells. Estaran tots estudiant.

Torne: com que tot és Halloween, al remat he vist galetes amb forma i color de carabassa. Paregut a les fruitetes, no? N'he comprat una caixa i hi he fet afegir qualsevol pastisset que em recordara un vegetal. Uns, perquè duien una floreta de sucre per damunt, uns altres perquè eren de molts colorets, i així. En acabar el dia, la Jose ha tingut a seua mocadorà i jo he salvat la meua honra de valencià i d'homenot , encara que tan lluny que ni Jaume ni Columbus van mai sospitar de l'existència del riu Ohio. "Oío", que diu el nostre GPS.

Sèrie SENSE NATI! Primera època (¡Ahora en castellano!): LA MOCADORÀ EN LA OTRA PUNTA DEL MUNDO

El 26 de marzo de 1244, el rei Jaume I y su yerno -el futuro Alfonso X el sabio, que representaba los intereses del reino de Castilla- firmaron el tratado de Almizra. Por el mismo, quedaba acordada la frontera sur entre ambos reinos -que pasaba, por cierto, tan cerca de La Canyada que no sé si la taza del váter de casa quedaba del lado valenciano o del castellano. Pero, como suele ocurrir, luego se pasaron el tratado por la piedra, Jaume tiró hacia el sur un poco más de lo previsto y las fronteras volvieron a moverse. Aún más tarde, a los reyes de la Corona de Aragón les dio el punto de irse más al este, más al Mediterráneo: que si Nápoles, que si Atenas... Pero nunca más hacia el oeste -como pedía Tornasol-, que ya era territorio castellano. Por eso, porque al oeste ya no se podía ir, porque ni Jaume ni ninguno de sus sucesores miraron ya en esa dirección, hoy no es festivo en Cincinnati ni los niños de los colegios hacen redacciones sobre el Conquistador. Está el Columbus Day, sí, pero ésa es otra historia. Y otro día.

No espérabamos, por lo tanto, que el de hoy fuera especial. De hecho, lo hemos comenzado con mal pie, quedándonos dormidos y saliendo de casa a todo correr y sin desayunar. El día se presentaba mal, ya digo, y por si faltara poco nos sale el GPS, del que dependemos más que del comer, con un trayecto diferente al de todos los días. Espantados y todo -"¡Que dice que tires por Dana Avenue!"-, no hemos podido dejar de hacerle caso, pues, ¿y si nos perdemos? Pensad que esto es como un laberinto. Iba la Jose al volante y yo, a lo mío, preguntándome el por qué de los cambios. El recorrido que cada día nos recomienda nuestro GPS, ¿depende de cómo tenga él el día? ¿Acaso él también esperaba que fuera festivo y le jode tener que trabajar? ¿Nos hace pagar a nosotros su frustración? Es lo que tiene la tecnología: que te molesta tener que admitir la superioridad técnica de la máquina, pero te tienes que aguantar. Yo lo afronto con un recurso muy propio de nosotros, la gente de letras: me río de la ignorancia del que está más preparado que yo. En el caso que nos ocupa, me río de su pronunciación. Algo de esto ya se ha dicho en post anteriores, pero da igual: Schumacher Avenue es, para él, no ese indeterminado "sumáquer" que decimos los hispanohablantes, sino un rotundo e indisimulado "es-chu-ma-chér" del que me he estado riendo todo el día. "A media milla, gire a la derecha por Es-chu-ma-chér Avenue".



Hay que decir, por otra parte, que el recorrido de hoy es mucho más rápido y sencillo, lo cual no ha servido sino para mosquearme aún más: ¿por qué nos lo tenía escondido hasta hoy? En cualquier caso, puede que ahora la Jose se anime a irse sola al cole, lo cual a mí me dejaría algo más de tiempo libre. Hasta ahora, entre acompañarla por la mañana y volver a recogerla después de comer, el día se me quedaba en nada.



El de hoy, por ejemplo, ha sido cortísimo para la titánica faena de buscar una mocadorà en Cincinnati. Ya imaginaba que iba a ser difícil encontrar verduritas de mazapán, pero no que fuera absolutamente imposible. En el fondo, tampoco me extraña: ¿qué se puede esperar de un país que no celebra el Nou d'octubre y encima no publica libros de Astérix? Bueno, al final sí que ha habido una solución, y ha sido gracias a la locura de Halloween. Aquí, es como la Navidad en El Corte Inglés: comienza un mes antes. No es que sea la noche del 31, no: es que dura todo el mes de octubre. Ya hace dos semanas que las casas están adornadas -mucho- con calabazas y cualquier motivo de color naranja. También se encuentran esqueletos de plástico, telarañas de hilo pegadas a las ventanas, fantasmas de trapo, lápidas hincadas en los jardines... todo componiendo una especie de túnel del terror de chicha y nabo, una especie de tren de la bruja que se extiende por avenidas enteras. En los super e hipermercados -que tiendas casi no hay-, los artículos de Halloween se comen parte del espacio de exposición. Las bolsas de dulces para los niños se venden ya preparadas, y las hay de todas las marcas. Nosotros, por cierto, no hemos comprado. No es que queramos ser los vecinos antipáticos del barrio, sino que me parece a mí que esta no tiene que ser zona de trick or treat. Nuestros apartamentos son, se diría, zona de estudiantes universitarios. Lo supongo, mejor dicho, porque difícilmente se topa uno con ellos. Estarán todos estudiando.




Por volver al tema: que como todo es Halloween por aquí y Halloween por allá, al final he encontrado unas galletas con forma de calabaza -y color- que me han venido muy al pelo. Parecidas a las frutitas, ¿verdad? He comprado una caja, y la he completado con cualquier pastelito que de alguna manera me recordara una fruta o una verdura. Unos, porque llevaban una flor de azúcar; otros, porque eran de muchos colores, y todo así. Al final del día, la Jose ha tenido su mocadorà y yo he salvado dos veces mi orgullo -de valenciano y de homenot. Y eso que estamos tan lejos que ni Jaume ni Columbus sospecharon jamás de la existencia del río Ohio. "Oío", que dice el burro de nuestro GPS.

sábado, 6 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època (¡Ahora en castellano!): Ya tenemos coche, i 3

Cuando el coche es tan viejuno se vende  as-is, que es como decir "como está", y ya te apañas con lo que te llevas. Y encima lo compras en cash. Con billetitos, vamos. Le deja a uno la sensación -por mucho que te den un recibo en un cuadernillo de esos que se venden en las papelerías- de que, ante un problema, son capaces de decir "Si te he visto, no me acuerdo". No lo creo, la verdad, porque a pesar de la negrura uñil y la piñal ausencia, me parecieron honrados. De todos modos, ahora nos falta llevarlo a un taller a pasar una revisión, no sea que nos hayan vendido un portaaviones, sí, pero uno de los que sirvieron en la batalla de las Termópilas. Otra cosa que se hace es pedir -comprar- por internet un informe de la historia del coche, un carfax, que dicen, aunque me parece que emplear esa palabra es como llamar danone al yogur o, como decía el profesor de dibujo que tenía en BUP, llamar rotring al estilógrafo. ¡Pero quién cojones ha llamado alguna vez estilógrafo al rotring! Perdón: es que me enciendo y me desvío del tema.

GPS no tiene, pero lo lleva la Jose en el móvil. Eso, el GPS, sí que me parece a mí uno de los mejores inventos de la historia de la Humanidad, quizá solamente superado por la lavadora y los botes de Nocilla totalmente blanca. Lo digo porque el dealer -el tratante de coches, vamos- lo encontramos a una distancia que equivaldría a vivir en la Plaza de la Virgen y comprarse el coche en Casinos -y vuelvo a disculparme por el abuso de la toponimia local. Y aquí aflora una de las paradojas del cuento: que para comprar un coche hace falta tener un coche. Ahí queda eso y no digo más. Otro día os hablo del navegador integrado en el móvil que, como tiene la Jose el teléfono ajustado en castellano -que en valencià no se podía-, lee las direcciones igualito que lo haría Paco Martínez Soria si hubiera rodado "Cincinnati no es para mí". Vamos, que me ha costado un rato entender que cuando decía "Gire a la izquierda por Oio Best" quería decir "por Ohio West". Y para decir Beecham dice rotundamente Be-e-cham, tal como suena. Northwood es Nort-vo-od, y así. No insisto porque me harían falta efectos especiales, y no es el caso. Me recuerda también a aquel hombre que ponía películas en El Saler, cuando éramos pequeños, y pronunciaba Gregory -por Gregory Peck- diciendo, muy a la valenciana, Gregòri, con la "o" extremadamente abierta, como si el actor fuera de ahí, de Sollana, y no de California. Y la risa que a mí me daba (el señor, no Gregory Peck).

Venía a cuento lo del GPS porque al menos no había que preocuparse del camino de vuelta a casa, y así podíamos hacerlo de la conducción automática de -tenedlo en cuenta- nuestro gigante móvil. No os hago la lista, por no aburriros más, de los acelerones y volantazos bruscos que dimos antes de animarnos a salir a la autopista. Y que en eso, además, se nos hizo de noche. Y de cómo está el tema del tráfico, y el de la señalización. Lo más llamativo es que los semáforos no están en la esquina en la que te paras, sino en la de después. Tiene su lógica: la postura de uno que, en España, se ha parado en un semáforo consiste en inclinar la espalda hacia delante, estirar el cuello y a la vez forzarlo a la derecha, mientras intenta llevar las pupilas a la parte más alta posible del globo ocular, con el fin de alcanzar a ver el semáforo que se le ha quedado justo encima. Aquí, lo ves muy fácilmente porque está al otro lado del cruce. Pero, claro, hay que vencer la inercia que uno lleva de ir a detenerse a los pies del semáforo. Si lo haces, sabes que mueres allí mismo o en alguna cárcel. Pero morir, mueres seguro.

Así que ya iremos poco a poco haciéndonos con el coche. Lo que más teme la Jose es que llegue el invierno, porque dicen que se forman placas de hielo. Como eso pase y el coche le haga aquaplaning -hieloplaning, será-, me temo que, dados el tamaño del coche y las velocidades a las que la Jose se lanza, nuestro blanco bólido pueda elevarse del suelo y echar a volar. Sería lo que le faltaba a la Jose -miss Mira en el ámbito laboral- para convertirse en una especie de Thelma&Louise a la valenciana. Y hasta aquí, que menudo rollo que os estoy echando.

viernes, 5 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època (¡Ahora en castellano!): Ya tenemos coche, 2

Todo muy poco solemne, como se puede ver. No esperaba uno que hubiera una banda de música, pero sí un poquito de protocolo. ¡Por favor! ¡Que tener coche es casi como hacerse ciudadano americano! Es más, yo tengo la teoría, visto lo visto, de que andar es poco menos que antiamericano, y que si te pillan dando un paseo se te puede acusar de comunista. Pero, ¡qué va! El hombre que nos lo vendió ni se lavó las manos. Eso lo sé por la intensidad del negror transungular, que es una manera que me he inventado de decir que tenía las uñas más negras que la conciencia de los gestores del servicio de atención al cliente de Orange. "¡Hombre! -diréis- podría ser que hubiera estado, un rato antes, trabajando en el taller". Es cierto que había un taller, sí. Pero yo creo que en un concesionario español no dejarían que a un vendedor le faltaran al menos cuatro dientes en la parte delantera y más visible de la mandíbula superior -lo cual, por cierto, dificultaba mucho nuestra ya de por sí escasa capacidad de comprensión del idioma-: digo yo que lo hubieran dejado en las oficinas, por lo menos. Ni tampoco hubiéramos puesto tanta atención, al sacar el coche para probarlo, en no atropellar al niño, que andaba por ahí con sus muñecos de acción; ni para ir a mear hubiera tenido que pedir permiso a la señora y entrar en el mismo que usa la familia. Todo muy de andar por casa. Solamente faltaba un cartelito a la entrada que dijera: "Coches artesanos. Los hacemos nosotros mismos con la receta de la abuela".

El nuestro no lo hubiera cocinado la abuela, que no es tan viejo, pero la verdad es que tampoco es el último grito de la tecnología. Es un Ford Taurus SEL -¿qué cuernos significará eso de "SEL"?- del año 2002, largo como un día sin pan, una tenia de las carreteras, un portaaviones con cuatro ruedas (y una de recambio). Demasiado para dos, pero es que no hay coches pequeños. De vez en cuando -muy de vez en cuando- se ve pasar un "escarabajo" -un Volkswagen, quiero decir-, o un Mini. Y ya. Y, no sé, pero me parece a mí que los coches pequeños aquí son cosa de capricho. Que se los compran los pijos para presumir de cosa-que-no-tiene-casi-nadie, igual que beben vino y compran verduras ecológicas. El coche medio es muy largo, muy alto o -más frecuentemente- ambas cosas a la vez. Y muy tragón, que en eso, y no solamente en el tamaño, se nota que es americano. Cambia uno de marcha y se oye, muy discreto, como por debajo del motor, un ruidillo que suena así como "glu, glu, glu", y piensa uno: "El motor éste se está poniendo morao". 

[Sigo enrollándome, así que terminamos en YA TENEMOS COCHE (y 3)]

jueves, 4 de octubre de 2012

Sèrie SENSE NATI! (¡Ahora en castellano!) Primera época: Ya tenemos coche, 1

Acabamos de comprar un coche, y no es noticia de poca monta. El área metropolitana que llaman Greater Cincinnati, o Cincinnati Metropolitan Statistical Area, o Cincinnati-Northern Kentucky metropolitan area es más grande que la provincia de Valencia, y tiene unos pocos habitantes menos. Así que se podría pensar que cuando estás en el centro de Cincinnati es como si estuvieras en la Plaza de la Virgen, y el colegio de la Jose estaría entonces en Moncada. La casa en la que vivimos estaría en Burjassot. De manera que ir de casa al trabajo sería como ir de Burjassot a Moncada, lo cual, en coche, se hace relativamente rápido, mientras que en transporte público ya cuesta un poquito más. Ya os he dado bastante la lata con los autobuses, así que voy a pasar rápidamente por el tema, aunque no sin dejar de recordaros aquella aventura mía de presentarme en Ikea en transporte público: si estuviéramos delante de la basílica donde se aloja la Geperudeta, el Ikea de Cincinnati estaría en Liria. Ahí queda eso. Y se piden disculpas a los que no entiendan las referencias geográficas tan radicalmente locales que hemos empleado aquí. Si tenéis tiempo y humor, haced un traslado de las cifras a Berango, a Faleria, a Alcorcón, a Madrid, a La Canyada...

Se comprende, espero, la importancia del coche. Y no solamente por las distancias, sino porque aquí la vida está diseñada para el coche. También, porque me repito más que el ajoaceite -eso es algo que siempre me ha pasado, ya sabéis- os he contado antes que todo está pensado para que nadie dé un paso: los carritos motorizados en el súper para hacer la compra, la ausencia de aceras en muchas calles, los cajeros automáticos drive-in y todas esas cosas que hacen que en la puerta de los Estados Unidos se pudiera poner, y sería cierto, el letrero "país drive-in". También encajaría algo como "Abandone toda esperanza quien aquí entra (de ir andando a algún sitio)".

Los coches se compran igual que unos zapatos: escoges unos, te los pruebas y, si te gustan, te los llevas y punto. Pues el coche es lo mismo. El coche usado, claro, que no sé los nuevos. Es que no hay  ni que ir a las oficinas de Tráfico, que el señor que te lo vende te hace todos los papeles y te da la matrícula provisional. Sin más historias. Igualito, igualito, si no fuera porque el coche no te lo envuelven, claro, sino que te lo llevas puesto. Además, que envolver un coche es una gran tontería, puesto que si te regalan uno envuelto en papel de colores, o de hellokittis, por mucho que quieran darte una sorpresa, de lejos se nota, por la forma, que lo que hay dentro es un coche. ¡Hombre! ¡Un jamón serrano no va a ser! ¡Con ese tamaño! Y la cantidad de papel que haría falta. Lo que hacen es borrar la pintura del parabrisas, con la que habían escrito el precio, y ya. Te pone el hombre la matrícula de cartón, que él mismo ha rellenado con un rotulador, y, ¡hala!, a la carretera.

[Como se me está haciendo largo, sigue en YA TENEMOS COCHE (2)]

sábado, 29 de septiembre de 2012

Sèrie SENSE NATI! Primera època (¡Ahora en castellano!): El blues del autobús

Sombrero con cinta de seda negra, y donde la cinta hace un lacito, prendida una pluma corta y ocre. Anudado a la cabeza un pañuelo de seda verde. Debajo del pañuelo verde, otro, de color negro. Esto se sabe porque los pañuelos van anudados a lo pirata, pero también tienen uno de esos faldones que cubren la nuca, como los que llevaban los legionarios en el desierto. Así que asoman los dos, el verde y el negro, por debajo del sombrero. Lleva un traje negro a rayas blancas, y unas zapatillas deportivas también de color negro. Y unas gafas negras de patillas anchas, y un anillo dorado, muy grande, con el que va dando golpecitos en el mostrador del banco, mientras espera que la chica le resuelva no sé qué gestión. Él todo es también negro, tocho y no muy alto. Pero muy chulo en la postura, y rítmico con el anillo. Esto es lo primero que me he encontrado hoy, en la cola del banco. Que, por cierto, se llama Fifth Third Bank, y aquí os pido ayuda porque no sé cómo se traduce eso: ¿es "Quinto Tercio" o es "Cinco Tercios"? En cualquier caso, me parece un nombre muy poco tranquilizador para un banco, con eso de los números quebrados. En cuestión de bancos y dineros, cualquier relación con lo quebrado parece de mal agüero.

Allí estaba yo porque vamos a comprarnos un coche, por fin. Yo, a todos estos que han pillado, están pillando y pillarán haciendo travesuras con el dinero público los ponía yo, ¡qué a hacer carreteras ni qué niño muerto!, ¡qué a picar piedra!: a esos los condenaba yo a vivir en una de estas ciudades americanas, pero sin coche. ¡Y ojito con que los vea yo subiendo a un taxi! La penitencia más penitencial que se me ocurre es depender del transporte público es sitios como este. En los intervalos de espera se puede sacar uno una carrera. Y no lo digo yo, no: lo dice la publicidad de la compañía de autobuses. Hay unos carteles para animar al uso (¡animar al uso con esos argumentos!: ¿y este es el país de la publicidad?) que muestran cómo una señorita joven y de buen ver nos cuenta que ella va en transporte público a recoger a su hijo al cole, ¡porque así el nene tiene tiempo de leer! ¡Toma! ¡De leer el Quijote del derecho y del revés! ¡Y de traducirlo al arameo también! En otro de ellos una simpática jubilada nos cuenta que -y esto lo juraré ante notario si es preciso- le gusta ir en autobús porque se entretiene tejiendo calcetines para los niños pobres. Para los niños pobres de todo el continente asiático, será. Con la producción que saca, seguro que esta señora es ella sola toda una ONG. Calcetines sin Fronteras.

Un coche, decía. Sí: ya estaba bien de dedicar entre dos y dos horas y media diarias para ir y volver del cole, cuando en coche se necesitan quince minutos en cada trayecto. Nos tenía agotados, la verdad. Pero yo pienso seguir utilizándolo, el autobús, el tiempo que me queda por aquí. Por dos razones: una, porque así se conoce la ciudad. ¿Qué mejor manera que patearla por todos sus rincones? Porque ir en autobús en Cincinnati también es andar, y no poco. Ayer tuve que ir a hacer los papeles del seguro del coche, y decidí ir a una oficina que me habían recomendado, donde un señor peruano me podía atender en castellano. Ya hablaremos otro rato de mis sufrimientos cada vez que hay que hablar por teléfono en inglés.

Pues, a lo que iba: cada trayecto (de casa a la oficina, de la oficina a casa) venía a durar, según la mejor ruta propuesta por la compañía, hora y tres cuartos, que incluían entre veinte y veinticinco minutos de caminata. Luego dicen de Amundsen, pero él iba en trineo tirado por perros. Me hubiera gustado verlo llegar al polo sur en autobús público de Cincinnati. Ahora que pienso, por cierto, quizá lo que le pasó a Scott es que murió esperándolo en la parada. Que la web de la compañía no se anda con chiquitas: "De Londres al polo sur, coja el 26, haga un transbordo (tiempo de espera, 55 minutos), suba al 72, baje en Saint Paul's Cathedral y camine en dirección sur tres meses, dos semanas y seis días. Llegue a su destino el día tal a tal hora de la tarde. Que tenga un buen día". Y se quedan tan anchos.

La otra razón por la que pienso seguir siendo fiel al autobús este que me mata es...es otra historia.