viernes, 9 de mayo de 2008

El músculo es así, 2

Así que, estos primeros días, al gimnasio voy, más que a levantar barras y mancuernas, a imaginar cosas. No es que me moleste, ni mucho menos, sino que estaba convencido de que las capacidades que allí se entrenaban eran otras. No es que me queje, sino que no acabo de ver a qué pata del taburete [ver capítulo anterior] corresponde la imaginación. Bueno, el caso es que esta vez -hay que reconocerlo- ya me coge entrenado y es todo más fácil: el entrenamiento fluye con naturalidad.

- “¿Te gustan los caballos?”.
- “Pues”… (Por no saber, al principio, si aún mentir).
- “Bueno, pues imagina que te gustan. Imagina que tienes un caballo de carreras y lo guardas en una cuadra. A ti te gusta mucho montar a caballo, así que vas cada día a la cuadra. Imagina que llegas el primer día, lo sacas, lo montas y, ¡hala!, te das dos o tres vueltas por el hipódromo, tacatac, tacatac. Cuando terminas, lo dejas en su cuadra y te vas. ¿Me sigues?”.
- “Sí”.
- “Bueno, pues imagina que vas el segundo día, lo sacas, lo montas y, ¡hala!, te das dos o tres vueltas al hipódromo, tacatac, tacatac. Cuando terminas, lo dejas en su cuadra y te vas”.

Ya no necesito que me pregunte: antes le digo: “Sí”.

- “Bueno, pues ahora imagina que vas el tercer día”.

Ha llegado el momento de reivindicar el nombre de mi entrenador, pues todos estáis esperando, morbosamente y con ganas de reíros de él, que repita, en este tercer día del cuento, lo mismo que dijo al tratar del primero y del segundo, ¿verdad? Pues no: hay un cambio. Helo aquí:

- “Llegas, quieres sacarlo de la cuadra y el caballo te dice que tu tía,” -y hace con los brazos un gesto de rechazo que no creo yo que nunca haya hecho un caballo, pero que en el gimnasio, en el mercado y en la calle todos entenderíamos- “que él a correr ya no sale más. ¿Lo pillas?”

Ahora es cuando, en un ataque de modestia, debo reconocer que no, que no lo había pillado. Así que me esperé a que siguiera la historia.

- “Bueno, pues a ver si te lo explico. Imagina, en cambio, que tienes un caballo en una cuadra, y que a ti te gusta montar a caballo”.

Como es lo mismo que había estado imaginando hacía poco, me sirve aún el trabajo hecho.

- “Imagina que llegas el primer día, lo sacas, lo montas y, ¡hala!, te das dos o tres vueltas al hipódromo, tacatac, tacatac. Cuando terminas, lo llevas a la cuadra, lo cepillas así, así, por todo el cuerpo, luego le pones paja o avena o lo que coman los caballos y te vas. ¿Me sigues?”.

Empiezo, lo confieso, a ver la jugada.

- “Imagina ahora que vas el segundo día y”…

Os ahorro, queridos lectores, la narración y paso directamente al tercer día:

- … “y el caballo, en cuanto oye tus pisadas, ya se pone en pie y está esperándote para que lo saques a pasear. ¿Lo pillas ahora?”.
- “Sí” (y además es cierto).
- “Ese caballo, si tú lo tratas bien, te responde. En cambio, si lo maltratas, te deja tirado”.
- “¡A ver!”.
- “Pues el músculo es así”.

Para que luego digan que en el gimnasio no se aprende, lo cual es un prejuicio que contra ellos, por envidia, tienen los intelectuales. Los intelectuales, la verdad, es que no se enteran de nada, y prefieren leer Madame Bovary antes que lucir unos buenos abdominales y tener en sus pantalones un culito bien formado. No saben, sin embargo, que a la Bovary le aburría su marido, siempre trabajando o metido en casa, y por eso salía a buscarse la marcha por ahí. Gimnasios no buscó -para qué nos vamos a engañar-, pero sí gente con dinero y con glamour, que era lo que a ella le faltaba. A mí, lo que me falta son mis abdominales, de modo que es esta pequeña pena la que me tiene distraídas las neuronas y salva de ser un intelectual. A ver: tenerlos, lo que se dice tenerlos, sé que los tengo porque me duelen cuando me agacho y porque dicen los que saben que todas las personas los tenemos, que es como decir que nos vienen instalados de serie. Lo que quiero decir es que echo en falta verlos. Pero no los añoro como si añoras un amor perdido -porque ese, al menos, lo viste y lo tuviste- sino como cuando miras al cielo por las noches esperando que vuelva E.T. o buscas en el periódico un concejal de urbanismo puro, inmaculado y limpio, es decir, que lamento la falta de abdominales con la misma desesperanza con la que lamento que no existan determinados personajes de ficción: que no existan -pongamos por caso- los Reyes Magos de Oriente, a los que pediría un set de abdominales, un tren eléctrico y una casa con piscina.

Sabéis -alguna vez os lo habré dicho- que a menudo he soñado con tener un cuerpo musculoso -dentro de un orden-, de esos que se adivinan por debajo de la camiseta. Sin embargo, debajo de mis camisetas no sólo no se adivinan los músculos, sino que a menudo parece que no hay nadie. Por eso, aunque me burlo, me apunto a los gimnasios, a ver si desarrollamos un poquito los bíceps y los tríceps. Aunque me burlo, en casa, cuando nadie me ve, desempolvo la colchoneta y las mancuernas y me pongo a practicar; luego, si me preguntan, tiendo a negarlo o a decir que me obliga el médico para quitarme el resfriado. La tragedia es que tampoco me sirven para nada, tanto secreto y tanta precaución, porque jamás consigo pasar de la primera serie: enseguida me vienen a la cabeza tareas urgentes e inaplazables que me quedan por hacer, como escanear los tickets del Consum o clasificar las chinchetas por tamaños y colores. Para no sentirme mal, maldigo al cromosoma y me prometo decirle cuatro cosas el día en que le ponga la mano encima. Satisfecho, me pongo la merienda y enciendo la tele. Entonces, sale un chico guapo y musculado: me arrepiento -como Pedro- de mi falta de fe y me prometo que a partir de mañana… Y así. Pero, antes, me termino la merienda: al fin y al cabo, es una de las patas del famoso taburete. ¿O no?


sábado, 26 de abril de 2008

El músculo es así, 1
“Tú sabes qué es un taburete, ¿verdad?” Y yo digo “Sí, claro”, añadiendo lo de “claro” no por presumir, pues todo el mundo sabe qué es un taburete y es -imagino- la respuesta que de mí espera este señor. Estaba dispuesto, por amabilidad, a aparentar que desconozco todo lo que él esté dispuesto a explicarme, y tenía preparadas para ello varias caras de “No, no lo sabía” y algunas de “Qué interesante”, pero ante la mención al taburete -que, la verdad, me cogió desprevenido- opté, repuesto de la sorpresa, por sincerarme. Decidme: vosotros también sabéis qué es un taburete, ¿no es cierto?

No sé por qué será, pero la gente se empeña en explicarme a mí -con detalle, vocabulario y precisión- las cosas que sabe y que imagina que yo no. Vengo notando, desde que soy pequeño, esta manía de tomarse tan a pecho el explicarme a mí las cosas. No quisiera ofender, pero he llegado a la conclusión de que es porque tengo cara de listo -ya que no de guapo, el cielo me la dio de listo-: algunos, es cierto, ha aprovechado la cosa para decirme que “tú serás muy listo, pero la verdad es que”… (y se añade lo que sea, normalmente cosas hirientes como, por ejemplo: …“con cara de listo no se liga nada de nada”, y yo había de reconocer, en casos como este, que era cierto pero sabiendo que lo decían por envidia, porque ellos ligarían mucho pero -¡ja!- no se habían leído tres veces el Quijote, como yo, y eso sí que les picaba de veras), aunque la mayoría de las veces lo que hacen es empeñarse en demostrarme cuánto saben de algo de lo que yo no sé, como si ante la apabullante presencia de mi faz inteligente necesitaran justificar su nivel intelectual. El caso es que a mí nunca me ha hecho falta rodearme de seres inteligentes, y de siempre he escogido la charla que me divierte antes que la que me aburre.

En fin: heme aquí, una vez más, toreando una de esas conversaciones. “Pues mira:” -me dijo a continuación- “esto que dibujo aquí es un taburete”. Con un rotulador verde, un carioca de esos de la infancia, hace el asiento y las tres patas, “Porque un taburete tiene tres patas, ¿no?” “Sí, claro”, recibo el envite. “Y, ¿qué le pasa a un taburete si le quito una pata?” “Que se cae”. Primer recorte. “Muy bien. Pues mira” Y escribe -mientras yo lo miro desde la barrera- Entrenamiento junto a la primera pata, Alimentación junto a la segunda y Descanso junto a la tercera. Me mira, sin decir nada durante unos segundos. Como yo, aunque buen recortador conversacional, no soy de esos que aguantan una mirada, decido fijar mi atención en el taburete. Esto de no aguantar la mirada es -dicen, y estoy de acuerdo- un síntoma de debilidad. Las debilidades suele uno disfrazarlas de buena educación diciéndose, por ejemplo: “No es educado fijar la vista en la de los demás”, para poder así salir del paso un pelín menos avergonzado. Pero no es esta debilidad, de todos modos, de la que busco curarme en el gimnasio. “Esto que he dibujado son las tres patas del taburete. Se entiende, ¿verdad?”. Como veo que no es aún la hora de sacar a relucir las caras preparadas que traigo escondidas en el capote, vuelvo a un sencillo “Sí, claro”. “Y, ¿qué pasa si a este taburete le quitamos la pata que dice Entrenamiento?”. Por primera vez me reta: me mira de nuevo y entiendo que espera una respuesta. Pero, ¿qué toca ahora? ¿Acertar o errar adrede para que él se luzca? Creo que la respuesta es demasiado evidente para errar: se notaría que me equivoco adrede. “¿Qué se cae?”, aventuro a dejarle terreno. “¡Eso es! ¡Se cae!” Aplausos en el siete: esa era la faena que tocaba. “Si tú te alimentas bien y descansas lo que toca, pero no te entrenas, ¿crecerá ese músculo?”. Opto, nuevamente, por acertar, y eso que de músculos -lo confieso- no entiendo nada: “¿Que no crece?”. “Eso es”. Pienso en decir “Ahora lo entiendo” y provocar un cambio de tercio, pero este miura es más listo de lo que parece. Se me adelanta: “Y, ¿qué pasa si a este taburete le quitamos la pata que dice Alimentación?” Me parece que no tengo opción: le he dado demasiado terreno. Ahora toca seguir su juego. Hay que acertar. La respuesta, a estas alturas, es evidente: “Que se cae”, respondo sin poner siquiera la interrogación. No puedo esperar más: se ha crecido y es momento para cambiar de tercio. Espero de su parte un arranque final, quizá en forma de un “Eso es”, de un “Pues así, todo” o de alguna conclusión por el estilo, pero de nuevo me hace un falso: “Porque, si tú te entrenas y descansas lo que toca, pero no te alimentas bien, ¿crecerá ese músculo?”. Me obliga a seguir su juego y devuelvo la única respuesta posible: “No, no crecerá”. “Eso es”, me dice y me mira: me tiene enfilado, y no sé cómo ha pasado. Tiemblo al pensar que ahora podría intentar la envestida final, la fatídica tercera pregunta. “Será capaz” -pienso- “y eso que sólo le he preguntado si hay que desayunar mucho antes de venir al gimnasio”.

“Y, ¿qué pasa si a este taburete le quitamos la pata que dice Descanso?”. Lo hace, y quisiera echar a correr, pero vergüenza torera lo impide. El capote me da un respiro: “Que se cae”. “Eso es. Porque, si tú te entrenas y te alimentas bien, pero no descansas, ¿crecerá ese músculo?” Y le respondo -atención-: “No, no crecerá”. Ya no espero compasión: quien ha sido capaz de hacerme las tres preguntas -a Dios gracias, era taburete y no sillón-, es capaz de todo. Me tiene arrinconado. Me mira fijamente. Embiste y cierro los ojos y aprieto los dientes. “Pues el músculo es así”. Se detiene: el pitón apenas me ha rozado. ¿Eso es todo? Así parece. En el siete, pañolada, pero ya no hay vergüenza que valga: “Bueno, pues gracias. Ahora me tengo que ir”. Sólo había hecho un press-curl de través invertido y con mancuernas, o algo así, pero me escapé por el pasillo de las duchas, despacito primero -mientras él podía verme- pero en franca desbandada cuando me perdió de vista. Y es que el músculo es así.

lunes, 14 de abril de 2008

Últimas noticias.
“Sí:” -me veo obligado a reconocer- “ando metido, como dicen los rumores, en amores hace tiempo”. Uno se hace cargo, también, del impacto emocional de la noticia, pues son muchos los años dedicados al cultivo del arte delicado y tenaz de la soltería. No añadiré que vocacional, pues a esto de la soltería se llega, las más de las veces, igual que se llega a ser subsecretario técnico o auditor: por las vueltas que da la vida. Claro que es algo que resulta menos gravoso para tus semejantes y hasta se puede llevar con dignidad. Pero un día vas y te dejas querer -así de simple- y, oye, descubres sorprendido que los resultados son la mar de buenos. Ahí está el truco, tan a la vista el tío que uno no lo ve. Y eso era todo. Pero si no lo ves, entonces ocurre que la soltería se te pone delante tan inevitablemente como Roma a los Tom-Tom de la Antigüedad, cuando todos los caminos llevaban a ella y entonces para qué iba nadie a comprarse el aparatito. Y es que no es bueno adelantarse uno a su tiempo, por mucho que los críticos de arte vengan dándole tanta importancia. Uno -decíamos- no lo ve y por eso toma caminos inadecuados como, por ejemplo, comprarse calzoncillos de Spiderman y coleccionar figuritas de Star Wars, lo cual conduce derechito a Roma y de por vida. O no se peina, no hace deporte ni se tiñe las canas, y estas cosas -lo juro- también llevan.

Los mismos que dijeron en su día que era un montaje lo de los americanos en la Luna, y que Hitler sigue vivo en el Brasil, dirán ahora que todo esto me lo invento. Ya digo que comprendo lo fuerte del impacto emocional, pues hay noticias que al más pintado le hielan la sangre y dejan marcado de por vida, como a mí, por ejemplo, la de aquel telediario en que dijeron que el gran Goscinny había muerto. No fue la de Franco ni la de Chanquete, sino ésta, la muerte que dividió mi infancia en un antes y un después y hasta creo que me puso en el camino hacia la ciudad eterna de los frikis del tebeo. Nunca lo olvidaré: me pilló con los cubiertos en la mano y el mundo se detuvo el tiempo justo para que se me enfriaran los fideos. Una vez me quedé sin ir al cine por no comerme una tortilla de gambas, pero no tiene nada que ver con esto.

Ya veis que no lo desmiento. No voy a meterme ahora, a estas alturas de la vida, en una guerra de comunicados. Las cosas, como son. Tentaciones he tenido, lo confieso, de venderme la exclusiva; y tanta más cuanto más sube el crudo de referencia, que esta vida que ahora llevo me tiene aborrecido ya del coche. Es que, en el campo, no se puede vivir sin él. Las Bucólicas son ahora una marca de aceite de motor y los perros pastores conducen furgonetas. Me mandaron de joven a Inglaterra y allí veía con asombro a las viejas conduciendo Vespas, viejas como mi abuela que hablaban en inglés y en lugar de hacer paellas hacían caballitos con la moto. Esto último es, como podréis comprender, exagerado; pero era cierto mi asombro al verlas pasar, veloces, con el pelo recogido en el pañuelo. Entonces pensaba que lo de ellas era británica extravagancia y lo de mi abuela puro valencianismo, y ahora sé que no hay valencianismo puro y que era, lo de ellas, nada más que necesidad: que en el campo -ya digo- no eres nadie sin vehículo. Tanto es así que el agujero en la capa de ozono -lo tengo claro- es ante todo un subproducto rural, lo mismo que las pastas de almendra y la fabada litoral. Y con esto, y sin querer, ya estoy dando algunas pistas sobre mi nueva situación.

Sí, señor: me integro poco a poco en el mundo rural porque lo son también los amores arriba mencionados, lo cual no significa que me vaya revolcando por el heno ni que haya de acompañarla por las tardes a poner las ovejas en su corral. No: que estamos muy equivocados, los de la ciudad, y nos creemos que aún es como en La ciudad no es para mí. Los tontos somos nosotros y es ella la que viene a buscarme con su coche, que es mejor que el mío. Digo esto porque hay que andarse con pies de plomo, que aquí, quien más, quien menos, guarda su escopeta de perdigones debajo de la almohada y a ver quién es el guapo que se burla de mi pueblo. Por eso, por precaución, lo dejo para la próxima.

Campestres besos y abrazos para todos.

lunes, 7 de abril de 2008

Hola a todos. He vuelto a apuntarme a un gimnasio. Sí: soy reincidente. Recordaréis el último intento por la lata que os di con la monitora. Ahora no lo he hecho por la monitora, sino por la barriguita que había empezado a verme: a uno le gustaría estar un poco presentable y que las mozas le silben al pasar. Luego decimos que no, que es por salud; pero se sabe que no es cierto. Además, que aunque nunca he sido un mister, por lo menos mis épocas he tenido de sentirme un poquito más en forma y bajarme al río a echar unos kilómetros. Nunca os conté lo de mis paseos en bici, los fines de semana, con mi amigo Javier: quedábamos los sábados o los domingos, metíamos la bici en el tren y nos bajábamos en algún lugar bonito. Estaba la mar de bien aquello, porque hacías ejercicio y conocías bares, sitios y gentes. ¿Cómo iba, si no, a saber por dónde paran Cortitxelles y El Brosquil? Luego, cuando Javi se puso a ser padre, hubo que dejarlo. Después estuve probando el Pilates en un gimnasio pijo, que me gustó mucho, bastante más que aquél otro -el de la hermosa monitora- al que me apunté después. Pero es que éste la tenía a ella. No me apunté por eso, la verdad, pero no importa. Lo que importa es que el asunto terminó, como ya sabéis, en huida, decepción e intento de atropello. Pero ahora, en este forzado exilio, y tras casi un año sin mover un solo músculo, pensé que quizá sería bueno volver a los deportes. Es notable -reparad en ello- el surgimiento de esta idea en quien, como yo, siente un respetuoso desprecio por toda actividad deportiva y cree que levantarse temprano es, ya de por sí, un esfuerzo considerable que debería puntuar en las oposiciones, desgravar en Hacienda y valer lo mismo que la asistencia devota y regular a los lunes de San Nicolás. Total, que aunque no se sabe si movido por la fe o por un inesperado ataque de vigorexia, decidí el otro día desempolvar el chándal, engrasar las articulaciones y reactivar mi decadente musculatura.
Decidí coger la bici y subido en ella bajarme a hacer la compra al Mercadona. “Total” –pensé- “son sólo siete kilómetros de aquí a Villena y, ¿acaso no eran muchos más los que devorábamos nosotros, añorado Javi, en los dorados días de nuestras excursiones?”
Dicho y hecho, y qué contento con la cara al sol y la compra en la mochila, y moviendo mi bici entre los árboles. Mas, ¡qué insensata alegría al partir y qué vergüenza, sin embargo, al regresar! Lucía un sol hermoso, soplaba un viento amable y sólo lamentaba no tener a mano una cesta de mimbre, un sombrerito de paja y una camisa blanca, cuello mao. Para colmo, el aire el huerto orea y ofrece mil olores al sentido. Volaba la imaginación y me hacía creer que vivía en el mundo alegre de ora el Padre Abraham y los Pitufos, ora Heidi y su abuelito, y el contento de la vida rural y sencilla me hacía cantar a plena voz, bien “Abuelito, dime tú”, bien “Hi-ho, hi-ho, en bici a por el pan”. Pero -¡ay!- el desengaño ya me andaba esperando por ahí.
¿Habéis oído hablar de los falsos llanos? Pues lo es, no os quepa la menor duda, el que hay entre Villena y Biar; y más que un Judas, el imbécil. Ya podría haberlo sospechado, yo, de haberme fijado en que, al ir, todo era un moverse la bici sola sin que yo tuviera más que dar unas pocas pedaladas, y más por el qué dirán que por verdadera necesidad. En otras palabras: que todo era cuesta abajo, y no sé por qué no me di cuenta. Sí, cualquiera hubiera dicho "Ya verás, ya verás la vuelta, tó p'arriba", pero yo no hacía más que felicitarme y "Ché, que aún estoy en forma". Y qué vergüenza, ya digo, solamente hora y media después. Qué cruel, la realidad, dejándose caer como un chaparrón sobre mis luminosas fantasías: ¡mira tú que obligarme a llegar al pueblo así, sudando a chorros -más que el otro amigo Nacho por los montes- y arrastrando la bici, el pan y los garbanzos! Y qué dolor de piernas, qué manera de tener agujetas y qué tentación de enviar para siempre al desván la bici, el mimbre y los Pitufos.
Hay otras maneras de despertar a la realidad, pero, como decía el anuncio, están en esta. No cayó la vergüenza en saco roto, y al otro día ya estaba yo buscando gimnasios por el pueblo.
Seguiremos informando y tomando vitaminas. Besos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Hola. Yo siempre he guardado mi vida amorosa en secreto porque, entre otras razones, resulta ser un secreto tan pequeñito que es muy fácil de guardar. La mía es a las vidas amorosas lo que el 600 al mundo del automóvil: mítica, pionera y al alcance de cualquiera. Mítica porque hay quien duda de que exista, pionera porque nunca he pasado de aprendiz y lo último porque se termina de contar en dos patadas. Por eso no voy pregonándola por ahí: porque no es para presumir. Ahora me llegan quejas de los lectores: que si estoy ocultándoles algo. Pues sí, lo reconozco. Pero no lo hago por maldad, no, sino por vergüenza, pues, ¿acaso no guardamos en secreto lo que nos avergüenza y presumimos de lo mejor que tenemos? Por eso yo no presumo de nada y hago mías las palabras del filósofo: “Sólo sé que no ligo nada”. Dicen que más vale callar y parecer tonto que abrir la boca y confirmarlo, y yo, que creo en el refranero, me apliqué pronto la enseñanza: más vale parecer que no te comes una rosca que contar tu vida amorosa y confirmarlo. Dejo que la imaginación vuele y se me atribuyan romances sin que tener yo que mentir.

Y así hemos ido funcionando desde los remotos y no añorados tiempos de la adolescencia, esa terrible enfermedad. Pero ahora soy mayor y me llegan estas quejas que me tienen pensativo, pues nunca como ahora tuve tanto auditorio ni encontré tanta expectación: nada menos que seis mensajes en el último post. Así que -me digo- quizá tenga una obligación moral con los suscriptores de mi blog y sea de justicia atender sus peticiones. Seamos pues valientes, rompamos el precinto y violemos -dicho sea con buenas intenciones- la amarga etiqueta del top secret. Sí, en efecto: algo hay.

¡Qué alivio! Ya me siento mucho mejor, pues no hay nada como confesar para sentir ligereza en el alma. Y ya se sabe que, una vez dado el primer paso, los demás ya vienen solos. Así que quizá sea sensato descansar y dejarnos ya por hoy de confesiones. Bajemos al bar a tomar unas cervezas para celebrarlo, que yo invito. Qué bueno es romper esos hábitos tan arraigados que parecen haber nacido con nosotros, lo mismo que el hígado o la nariz. Miradme a mí, que nunca había invitado a nada: sabed que yo no nací tacaño, sino que me hice con el tiempo. Intentadlo -cambiar de hábitos, quiero decir, y no nacer tacaños- y os sentiréis como nuevos.

Confidentes besos a todos. Ya me contaréis.

martes, 4 de marzo de 2008

Hola. La otra noche me hice pis en la cama y de eso quiero hablar, porque mira que pasan cosas en el mundo pero a mí, lo que me preocupa, es que la otra noche me hice pis en la cama. No sé qué vino primero, si el despertar o el sentir un pequeño e instantáneo alivio en salva sea la parte. Serían cuatro gotas, pero en el aturdimiento sentí una ola, un tsunami caliente que avanzaba a pasitos por mi piel y entonces, ya consciente, me levanté de un salto, lo maldije todo -lo maldito y lo bendito- y me arranqué el pijama que se me estaba quedando pegado a la piel. Os lo cuento porque imagino que no recordaréis estas sensaciones. Yo tampoco: hacía ya mucho tiempo y esto era territorio de la infancia. Recordaba, eso sí, una noche que me pasó lo mismo en casa de mis tíos: de pequeño, me gustaba quedarme a dormir en su casa. Bueno, pues que recuerdo muy bien cómo, a la mañana siguiente, mi tía les decía a todos que yo no había sido, qué va, que a quién se le ocurre semejante disparate, con lo mayor que ya es este niño. La verdad es que el meao estaba en mi cama, pero yo quedé convencido de que las protestas habían hecho efecto y que mi honor estaba a salvo. Bien que se reirían todos, luego, en la cocina. Pero eso es lo que pasa con los niños: que se creen lo que les interesa creer. Considerad, sino, los Reyes Magos de Oriente: pese a todas las evidencias y neones del cortinglés, los niños se lo creen porque quieren creer. Vamos, que creer es querer creer, y esto es algo que también nos pasa a los mayores. Pero el desarrollo de este asunto es demasiado complejo para mis capacidades de análisis.

No termina aquí el asunto de la orina desmadrada, que no se arregla, no, con lavarse las intimidades, sino que me tiene muy preocupado por temor a que la orina se me escape por la misma razón que a otros amigos se les desmadran las analíticas -porque me estoy enterando de que a los amigos les está, de un tiempo a esta parte, subiendo mucho el colesterol. Y a mí, lo que me pasa, es que llevo una temporada en que no termino nunca de mear, lo cual es una gran molestia higiénica y social. Es, ni más ni menos, el universal fenómeno de la última gota, pero en unos términos en que ya compromete mi dignidad personal. Llevo, ya digo, una buena temporada notando que mis últimas se comportan de modo bastante desleal, quiero decir que se me quedan escondidas y salen cuando ya no las espero. Vamos, que me organizan emboscadas y me pillan siempre desprevenido. Lo mismo que los peores bandoleros no esperan al viajero en los recodos del camino, donde podría estar alerta y prevenido, sino que lo atacan cuando, a la vista del refugio, ya se piensa a salvo, las mías tienen la costumbre de asomar en el momento en que, creyendo el trámite acabado, vuelvo a meter en el calzoncillo mi cosita. Son las mías, pues, gotas bandoleras, traicioneras y currojimenescas.

Total, que me voy a contárselo al médico, a decirle que mis últimas, señor, me están dando mala vida. Es la primera vez que voy al urólogo. Quiero decir por decisión propia, porque ya estuve una vez, de pequeñito, para que me operaran de fimosis. Hay que ver la faena que da mi cosita para lo poco que la pongo a trabajar. En cada revisión médica del colegio -que no fueron pocas- les decían a mis padres que no debían estar tan preocupados porque su niño fuera miope y cabezón, que en el fondo era normal y casos similares se habían conocido pero que -por otra parte- yo venía a ser como uno de esos perros chinos que tienen demasiada piel para la cantidad de cuerpo, con la diferencia de que a ellos les sobra por todo el cuerpo y hasta les queda gracioso, mientras que a mí sólo me sobraba en la colita, y que eso, gracia, tenía más bien poca. Al final hicieron caso y me trataron, aunque no voy a ponerme ahora a desarrollar el tema.

Pues eso, que me fui a contárselo al urólogo. Un señor, por cierto, muy serio y reputado. Uno muy bueno, -me dije- para que acabe de una vez con esta guerrilla urinaria. A mí me dio buena impresión y además me pareció muy majo, el hombre: muy amable sin dejar por eso de irradiar sabiduría y seriedad. Uno se esos médicos a los que uno confía sus más vergonzosas intimidades, incluso esta de las gotitas. Por todo eso -aquella confortable combinación de confianza y seriedad- estuve a punto de meter la pata. Es que me extrañó tanto que se pusiera a hacer dibujitos mientras yo le contaba mis cosas, que estuve a punto de decirle: “¿No le da vergüenza, doctor, a su edad, ponerse a dibujar pollas en un papel?”. Menos mal que recordé a tiempo que se trataba de un urólogo y que el dibujo serviría -seguramente- para explicarme el diagnóstico. Pero yo, claro, es que no me lo esperaba y no podía apartar la vista del dibujo, que me resultaba -la falta de costumbre- extrañamente obsceno. Con aquel croquis me contó una historia de caminos, canales y puertos que para él podría ser, a falta de más análisis, la explicación de la falta de seguridad ciudadana en los circuitos de mi orina. Ahora me faltan algunas pruebecillas más, a ver si se trata de algo llamado divertículo uretral. Esto significa, en román paladino, que cuentas en la red de distribución con una especie de embalse -natural y redundante- que queda fuera de control y se llena y vacía a voluntad. Por eso pasa que la última se me viene encima cuando quiere. Ya veremos en qué queda todo esto. Por el momento, a las pruebas os remito.

sábado, 16 de febrero de 2008


He perdido muchos relojes en esta vida, como bien sabéis: perdí uno en las aguas del lado inglés del Canal de la Mancha, hubo dos o tres cuyas piezas fueron a confundirse con las de la lavadora de casa de mis padres y otro más que subió al cielo, en cuerpo y alma, mientras sacudía por el balcón la toalla de la playa. Cronometricidios suficientes para que, escarmentada, la familia dejara de regalarme relojes por mi cumpleaños y yo aprendiera a saber la hora de comer por las ansias del estómago y, por la angustiada cara de mi anfitrión, la de dar las gracias por la invitación y volverme a casa. Con estos y otros cuentos llegué a creer que yo era una de esas personas liberadas de convenciones sociales que no necesitan, para ser felices, saber en qué hora viven: y me burlaba de los que con la muñeca ceñida iban pendientes del reloj. Me quedaron, sin embargo, cierta mala costumbre de llegar tarde a todas partes y el tic de mirarme la muñeca cuando ando algo perdido, como recordando aquel chiste infantil que decía “son las piel y hueso”. Pero la realidad es tozuda y nos tiene pegados al horario y yo, en el fondo, siempre he querido ser como los demás.
A mí me mandaron a Inglaterra, con gran sacrificio presupuestario, a ver si se me pasaba la crisis que a eso de los dieciocho mandó al cuerno mi hasta entonces intachable expediente académico. Yo, de puro no salir, no estaba hecho al mundo y me bajé en el pueblecillo aquél con los mismos ojos de extravío con que Paco Martínez Soria llegara un fotograma a Madrid en autobús. Fue entonces cuando, por primera vez en mi vida, entendí una frase en inglés: las inolvidables palabras Have you cleaned your teeth? que gritaba la madre, de abajo arriba, a su hijo por la escalera enmoquetada. Inolvidable también, por cierto, típica vivienda inglesa con su piano de pared y su niña que cantaba London’s burning y coleccionaba síes en muchos idiomas. Pero es un reloj, decíamos, quien aquí nos tiene reunidos. Yace a poca profundidad, semienterrado quizá en lodo, tras haberse inadvertidamente desprendido de mi muñeca mientras me paseaba por el terreno dejado al descubierto por la marea baja. Es que aquella noche, agobiado, intentaba evadirme de las rarezas de mis otros compañeros españoles. A saber:
1. un punki madrileño, fan de un grupo llamado Panadería-Bollería Nuestra Señora del Carmen -como lo cuento: recuerdo al tipo, cresta mirando al suelo, escribiendo ese nombre en las aceras-;
2. una chica segoviana que encontraba gracioso saber decir “Egipto” mientras escupía, y enseñarlo;
3. unos chavales asturianos, en estancia golf + english, que intentaban convencerme de que el suyo era un deporte nada elitista y al alcance de todos los bolsillos;
4. y un montón de chicas que intentaban ligarse a uno de los golfistas, chaval muy guapo que las traía a todas locas y parecía acostumbrado a que las mujeres fueran siguiéndole como los discípulos a Nuestro Señor. No estoy en situación de explicar aquí los sentimientos contradictorios que me producen esta clase de tipos. El día en que nos íbamos, una chica del pueblo -rubia, alta, guapa- se abalanzó sobre él y le dio el beso más apasionado que he visto nunca. Luego se despegó, dio media vuelta y sin decir nada se marchó corriendo. El chaval tampoco habló, pero con la mirada parecía decirnos a los demás: "¿Qué pasa? El que es guapo, es guapo".
Me parece que estoy viendo aquel otro que salió despedido por el balcón: yo sacudía la toalla de la playa y él volaba y al tocar el suelo se abría hecho pedazos que salían despedidos en todas direcciones. Y todo ello sin hacer el menor ruido, con mucha parsimonia, como si estuviera dotado -criaturita- de cierto sentido innato de lo que debe ser una muerte digna. O quizá estoy exagerando: quién sabe. Parecería que son las vacaciones las que sientan mal a mis relojes; pero no: también los he perdido en plena temporada laboral. Esos, los que murieron en la lavadora porque me los quitaba y guardaba en los bolsillos, son los principales responsables de que mi tío se gastara en esta vida tanto dinero en regalármelos. Un buen día se dio por vencido: lo imagino en la relojería, habiendo escogido uno para mí -mi santo, mi cumpleaños, Reyes- y, en el momento de ir a pagarlo, detenerse y pensar: “No. Ya está bien".
Así me vi con la muñeca libre y, como os decía, haciendo uso de unos cuantos tópicos entre hippies y contestatarios, decidí venderme como persona liberada de la tiranía del reloj. Pero la verdad es que todo eso no me lo creía ni yo y en cuanto pude me hice esclavo del que vino incorporado con el móvil. Pero, mientras mi muñeca se mostrara despejada, podía por lo menos mantener el cuento.
Hoy, sin embargo, vuelvo a ceñirme esta especie de cinturón de castidad, esta especie de preservativo contra la pérdida de tiempo en forma de pulsera. El trabajo ha sido, el trabajo, quien me ha obligado: porque en este centro no te avisan con un timbre que la clase ha terminado y en el pasillo los compañeros me tenían que esperar. Hoy ha sido, hoy: rodeado voy de minutos y segundos, marcado por el tiempo, y una ligera presión en la muñeca me recuerda, como al césar sus esclavos, que soy mortal y que se me hace tarde.
Adiós: me voy corriendo.