martes, 24 de febrero de 2009

Quizá todavía estéis enfadados conmigo. ¿Qué por qué? Por haberos obligado a leer un post -el anterior- en el que no decía nada. Sin embargo diríase, por la ausencia de quejas en el blog, que ya no os acordabais. Si lo llego a saber, a buenas horas me paso yo la semanita que he pasado dando vueltas en la cama y pensando “estarán enfadados conmigo, y tienen toda la razón”. Quizá sea -es una posibilidad- que os importe un pimiento lo que yo diga, pero prefiero pensar, por el mismo precio, que todo me lo perdonáis. Y entonces, agradecido, de un salto -es un tópico: a mí me cuesta horrores- me levanto de la cama y me pongo a escribiros el siguiente:


post

La ducha y la cultura, 2

Os contaba el otro día -renovadas amistades mías- que los humanos tenemos muchas ocurrencias en la ducha y que hay para eso una razón científica. Mis alumnos son humanos y por eso también se les ocurren cosas interesantes. A veces, claro, pero eso nos pasa a todos. Tengo uno, sin embargo -a eso quería yo llegar-, que para mí, a juzgar por las cosas que se le ocurren, que viene siempre a clase recién duchado, lo cual no sería destacable si empezáramos a las siete y cuarto de la mañana en lugar de hacerlo a la misma hora de la tarde. El chaval no es estudiante constante ni aplicado, qué va. Que no lo es lo sé por su letra, porque para descifrarla -que no leerla- debe uno aplicar las habilidades y desplegar los recursos combinados del maestro, el adivino, el inspector de policía y -hasta dónde hay que llegar- el farmacéutico. Si lo fuera -persona de hábitos, digo- tendría esa letra redondita y clara de aquellos cuadernillos de caligrafía que en mala hora se han dejado de emplear en los colegios. Claro que dicen, recuerdo ahora, que la letra de Leonardo era difícil de leer. Quién sabe si todo esto no será síntoma de genialidad y aquí estoy yo hablando mal de él, que desde que se supo aquello de los profesores de colegio del pequeño Einstein debe uno andar con los pies de plomo a la hora de calificar: que le suspendes a uno la segunda evaluación de Naturales y luego le dan el Nobel de Medicina. Y tú -hala- a quedar mal ante la Historia.

¡Menudo rollo os estoy metiendo! Si ya de normal tengo tendencia a acampar en Úbeda, ni os cuento ahora que no se me ocurre nada y tengo unos cuantos folios que rellenar. Os contaba lo del alumno éste que siempre me sorprende, no sé si por efecto de esa hipotética ducha vespertina o del fecundo vuelo de la neurona genial y solitaria: el caso es que me sorprende y ya me pasa que ante la primera página de su cuaderno me siento como Howard Carter a punto de echar la puerta abajo, para descubrir -eso sí- que la mayoría de las veces su higiénica inventiva se ha entretenido en combinaciones imposibles de bes y de uves, de tildes, de haches y de jotas; toda una demostración, en fin, de una innata creatividad combinatoria que no seré yo -faltaría- quien malogre diciendo que no son más que simples -y abundantes- faltas de ortografía. ¿Y si resulta que ante mis ojos está revolucionando la escritura y liberándola de las insufribles cadenas del código académico? ¿Y si de mayor le dan el Nobel de Ortografía? A mí no me pillan, no.

Pero otras veces si consigo -como Carter, y hoy ha sido- dominar el espíritu y no entrar al saqueo sino templar los nervios y tomar el té; si consigo estar sereno en la puerta del cuaderno; si consigo, en fin, dominar el ansia de arramblar con los tesoros que allí encuentro y ofrecerlos -¡mercader!- al mejor postor, entonces, y sólo entonces, puedo ver -y ya digo que hoy ha sido- que todo aquel montón, todo aquel cuerno de la abundancia de datos imposibles -que los belgas colonizaron Siberia, que el Estrecho de Gibraltar está en las Canarias, que Alicante está en Madrid- se ordena y ante mis ojos toma forma: no era mera aglomeración, no, sino ofrenda, voto, tesoro y equipaje para el último viaje neuronal, alimento para el tránsito del cerebro quién sabe si a la última frontera de la genialidad o al abismo profundo de la ignorancia, a la fosa oscura del silencio y el no saber. No me corresponde a mí decirlo.

martes, 17 de febrero de 2009

¡La de tiempo que llevo sin contaros nada! No es que esté tan ocupado que no pueda atenderos, sino que si uno se relaja acaba por perder el hábito. Y yo, la verdad, es que tengo tendencia a relajarme muchísimo y a todas horas, especialmente los días laborables a partir de las cuatro y sábados y domingos todo el día. Y si a eso le añadís que hábito, lo que se dice hábito, tampoco es que lo tuviera muy desarrollado…, pues pasa lo que pasa. Y sin embargo, mirad por dónde, se me ocurren en la ducha montones de cosas que deciros y de eso, de la ducha, sí que lo tengo -el hábito-. Será que me lo inculcaron de pequeño, porque lo que es ahora, de mayor, no hay manera de creármelos nuevos que no consistan en merendar o en dormir la siesta un poco más. Es cierto, pues, lo que se ha publicado por ahí: que no soy hombre de hábitos. Y si el de la ducha lo tengo -como los de lavarme los dientes y sonarme los mocos- será porque si no hombre quizá fuese alguna vez niño de hábitos, que no es lo mismo que haber sido monaguillo sino educado con esmero y dedicación, cosa que agradezco emocionado a mis padres y abuelos.

Todo esto del hábito y la ducha no lo traigo como excusa -que podría-, sino por dar pie a lo que os iba hoy a comentar. Dicen que hay una razón física que explica por qué se nos ocurren tantas cosas en la ducha: tiene que ver con el oxígeno, me parece. Por cierto que a mí, que soy hombre de letras -que no de hábitos, ya digo-, me ha dado por leer y escuchar divulgación científica. Se decía en tiempos de mi abuelo -ha llovido- “Bachiller en Artes, burro en todas partes”, y ya os conté que mi amiga Marián se ríe de mí porque sólo sirvo para jugar al Trivial. Reconozco que durante mucho tiempo he compartido con los artistas -solamente- cierto aristocrático desprecio por la Ciencia y por eso hoy puedo decir -con Isabel, otra buena amiga- que mi cultura en estos temas “es muy basta”. Así que, iluminado -y por tanto avergonzado- he decidido aprender algunas cosillas básicas y dejar para siempre a un lado el horror al número y el desprecio por el átomo. Por eso sabía -porque lo escuché en la radio- lo del oxígeno y la ducha. Parece ser que el agua pulverizada de la ducha arrastra consigo las impurezas del aire y entonces al oxígeno -que son como unas bolitas, azules o rojas según el libro que uno mire- le salen como unas manitas que le permiten nadar más deprisa por la corriente de la sangre -que se mueve por una especie de red de túneles que tenemos por dentro los humanos- y llega enseguida a las neuronas, que estaban las tías -¡comodonas!- ahí todas descansando y las bolitas de oxígeno, con sus manitas, les dan pellizquitos para que espabilen y es así como se nos ocurren las ideas. ¡Qué cosa tan maravillosa es la Ciencia!

Ya voy, ya. Os parecerá que alargo mucho el prólogo -¿verdad?- y que no entro en materia. Para qué nos vamos a engañar: lo estoy haciendo adrede. Quería cumplir con este post y guardarme las ideas para el próximo, pero llevamos juntos demasiado tiempo y en el fondo os quiero -¡a todos!- y ahora me arrepiento de engañaros. Voy a contaros cosas que se les ocurren a mis alumnos -de lo que se deduce que a veces se duchan-, cosas tan maravillosas como la nueva localización del Peñón de Gibraltar, el nombre del río que pasa por Sevilla y la teoría del origen del Universo. Vamos allá.

Pero, ¡anda!, se me acaba el tiempo. Bueno, pues lo siento mucho, pero pronto escribiré -en el próximo post- lo que os tengo prometido.

Besos y abrazos.

martes, 10 de febrero de 2009

Llevo unos días enganchadísimo a una página web que se llama LibraryThing, así como suena, es decir en inglés y sin espacio entre ambos términos, que no sé por qué en Internet escriben las cosas de forma tan rara. No me refiero al inglés, que conste, sino a lo otro, a lo de la falta de separación. También es una cosa rara que esté yo enganchado a algo que no sea comer chocolate o dormir la siesta en el sofá pero, mira, las cosas son así. Todo porque mi amiga Manuela me mandó un mensaje diciéndome “Mira esta página que te gustará”. Ella es que sabe mucho de libros y de Internet: es muy lista y ahora que ya tenemos una edad le ha dado por sacar la empollona que llevaba dentro. De joven era más viva la virgen y se daba sus buenas fiestas y alegrías, y ahora se las sigue dando pero sabiendo encarnar cierta insólita combinación de bibliotecaria y punky que creo yo que debe de ser -otra- en su gremio cosa rara. Las bibliotecarias visten de negro y son tristes y viejas secas en las historietas de Mortadelo y Filemón, y recuerdo bien que en ¡Qué bello es vivir! -cuánto me gusta esa película- la desgracia que le pasa a Mary, la esposa del bueno de Georges Bailey, es que de no haber nacido su esposo se hubiera quedado en bibliotecaria. Triste y seca, claro, y con gafas. Así que no podía uno evitar la idea de que éste de las bibliotecarias debía de ser un gremio tremendamente aburrido, pero ahora, vistas las peripecias de Manuela y los viajes de Jesús -ya os hablaré de esto- no hago más que estar atento a la cartelera para ver cuándo hace Spielberg una película de bibliotecarios. Quizá pasada la moda de los superhéroes de cómic llegue la trilogía que cambie para siempre su imagen, lo mismo que Indiana Jones la de los pobres y esforzados arqueólogos en paro. A saber.

A lo que iba era que Manuela me dijo aquello del Library… y ahora me encuentro enganchadísimo. Escuchad, escuchad atentamente mi triste historia y aprended de ella. Lo primero fue pensar que era ésa, como mucho, una bonita manera de perder el tiempo, y lo segundo estar ya introduciendo datos. Lo tercero, darme cuenta de que, como no vivo en mi casa, no tenía a mano mi propia biblioteca ni, por tanto, libros que añadir. Lo cuarto, ponerme a leer los libros que encontraba por aquí sólo para poder ponerlos en la lista. Llegué, en mi delirio, a viajar a casa sólo para copiar en un papel los ISBN de los libros de mi propiedad. Y así, poco a poco -imperceptiblemente como podéis ver- fui cayendo en el abismo. Cuando los amigos me amonestaban les decía yo “no, yo puedo controlarlo”, y también “puedo dejarlo cuando quiera”. Y así hubiera podido ser de no haber descubierto un día las bibliotecas de los otros socios. Y, Dios mío, qué títulos vi y qué autores encontré. Un fatídico ser nacido en la pantalla vino a sentarse a mi lado, me guiñó un ojo y, señalándola, me dijo “¿No te gustaría tener una lista como estas? ¿No te gustaría ser un dios de la lectura?”. Y añadió el maldito: “¿Eh?”. Entonces fue -avisaos- cuando empecé a mentir. Empecé a buscar títulos y autores que nunca he leído ni pienso leer para añadirlos a mi lista ficticia y mentirosa. Fausto, La divina comedia, Don Quijote; Shakespeare, Milton, Ana Rosa Quintana: todos ellos brillan como diamantes en mi lista pero, ¡ay!, falsos como duros de seis pesetas si os acercáis a comprobarlos. He tocado fondo, sí, y vivo en el engaño. Ya me obsesiona tanto mi lista que he vendido lo que poseía para pagar la conexión ADSL e, hipnotizado por la luz de la pantalla, paso las horas ampliando mi ficción o -en su defecto- enganchado a Hospital Central y a Mira quien baila. Luzco mi página de LibraryThing como el hidalgo lucía en su barba las migas de un pan que no podía permitirse porque yo -igual que él no había comido- en realidad, ya no tengo en mi casa más libro que la guía de teléfonos de la provincia de Alicante.

Esta es mi triste historia, pues. Estad atentos al exemplum y aprended lo que podría pasaros de atender las sugerencias de una bibliotecaria desalmada.

viernes, 23 de enero de 2009

Aceituneros de Jaén
(y de La Canyada)


He ido a la cosecha de la aceituna. ¿Dónde va uno un sábado a las ocho de la mañana -con el frío que hace en la comarca en esta época- en vez de quedarse en cama calentito? Pues a la recogida de la aceituna, tarea noble donde las haya. Imagino que esto que os acabo de decir habrá levantado en vosotros más de un interrogante. A saber: ¿qué te impulsó a tamaña insensatez, sabiendo lo que te cuesta levantarte por las mañanas? Otrosí: siendo como eres criatura del asfalto, ¿cómo vas a saber tú de dónde salen las aceitunas?

Bien. Comencemos por contestar la última pregunta. Es cierto que soy criatura de asfalto, y lo digo con orgullo. La ciudad, al fin y al cabo -perdonaréis la digresión- es una antigua y venerable forma de vida sin la cual nunca se hubieran dado algunos de los mayores logros de la Humanidad como, por ejemplo, el ascensor, el PGOU y las porteras. Ya en remotos tiempos se decía “el aire de la ciudad nos hace libres”. Lo malo -lo reconozco, sí- es que en las de ahora pierde uno la noción de lo que es natural y puede llegar a creer que el mundo era así desde el principio, lo cual no es bueno. Yo, ignorante de todo en nuestro piso en la Gran Vía, de pequeño leía el Génesis buscando con ansia el día exacto -¿el quinto?, ¿el sexto?- en que Nuestro Señor creara de la nada el bonobús, el atasco o el semáforo. Y, claro, no lo encontraba y la duda me tomaba por asalto. Pues, con tanta parábola sobre ovejas y corderos, tanta historia de sembrados y barbechos, con un libro sagrado -digámoslo de una vez- tan agrícola y ganadero, ¿cómo iba yo a captar la idea? Y por eso encuentro bien que se lleven a los niños a que sepan lo que son las vacas y lo mal que huelen de normal. A los de mi generación no nos llevaron porque no se llevaba, y así nos pasa como a mi amigo Javier, que la primera vez que vio pipas de girasol aún en la planta se preguntaba cuál era la variedad que las daba con sal. A los de Valencia -a los de mi generación en particular- nos parece que el campo es un lugar mítico cuya memoria perdura en los recuerdos de nuestros abuelos, que paseando por la Gran Vía solían pararse de repente y, apoyando la mano en nuestro hombro infantil, decir con voz solemne: “Todo esto era huerta”, frase que ya es para mí -y para tantos otros como yo- componente esencial de nuestra tradición ciudadana, al mismo nivel que aquellas otras de “Xé, tú, de categoria” y “Senyor pirotècnic: pot escomençar la mascletà”. Tanto me gusta esta última que por poder decirla desde el balcón del Ayuntamiento, un diecinueve de marzo a las dos de la tarde, aceptaría ser Fallera Mayor si Rita me lo pidiera. Que no creo, la verdad. Volviendo a lo del campo: que por eso ahora -porque a este respecto somos unos ignorantes- somos nosotros los que alquilamos casas rurales y pagamos por vivir donde la gente del campo ya no quiere vivir porque prefiere casas como las nuestras.

La primera de vuestras preguntas también tiene respuesta fácil, aunque más delicada. ¿Que por qué me levantaba un sábado -y un domingo- tan temprano y me iba al campo a trabajar? Pues porque las aceitunas en cuestión, así como los árboles de las que las hicimos caer, son propiedad del padre de mi novia y, claro, una vez que has comido en su mesa más de un domingo lo mínimo que puedes hacer es decir que sí -que estarás encantado y además te apetece mucho- echar una manita en el campo si hace falta. ¿Qué, si no? Debería haberlo pensado el primer día que me dieron de comer. Ya sabéis, de todos modos, que aquel primer bocado que me dieron era de coca de almendras -gimnosperma que, ahora que caigo, supongo que cualquier día y si Dios no lo remedia me llevaran a recoger- y a eso quién va a decir que no. Y así, a causa de mi mala cabeza y de la gula, me vi un sábado subido en la furgona con la cuadrilla -suegro y dos cuñados-, el bocadillo y los trastos de matar. Bien pronto he dicho que sí y cuánta razón tenía -me decía yo, arrepentido- aquel otro amigo de mi suegro el día en que, tras haber comido y a punto de levantarme para ayudar a las señoras, me agarró del brazo y me dijo, solemne: “No t’alces, que mil·límetre que es perd no es recupera mai”. Santo varón. Que hay que venderse más caro, caramba.

¿Qué decía ahora? ¿Que no sabéis cómo se recoge la aceituna? Otro día os lo contaré. Ahora, por el momento, bastará con saber que ya nunca más serán lo mismo para mí y que abro las latas de La Española con el mismo respeto y reverencia con que un friki el envase de un muñeco articulado de Star Wars, un concejal de urbanismo el primer folio de un nuevo P.A.I. y yo mismo la primera edición de Astérix y Cleopatra en castellano. Amén.

POST-SCRIPTUM PARA MI AMIGO JAVIER. No, mi suegro no cultiva la variedad que las da rellenas de anchoa.

lunes, 12 de enero de 2009

Apatrullando el interior, año 2, nº 8


Hola. Han pasado las vacaciones de Navidad y, como en los anuncios, vuelvo al cole con alegría. Debo el sentimiento a la feliz circunstancia de haber estado en la nieve y no haberme roto las piernas. Mis rodillas -alabado sea el Señor- siguen intactas. ¿Qué por qué tenía miedo? Parece mentira que a estas alturas me hagáis aún esta pregunta: pues porque uno es miedoso de por sí y además -esto, creo, no podíais saberlo y por eso os la perdono- porque hace algo más de un año que me duelen las rodillas cuando hago deporte. No es que sean cosas de la edad, sino que -me lo dijo el doctor- tengo en ellas un defecto de nacimiento que sólo se manifiesta cuando hago deporte y por eso ha sido tan difícil detectarlo.

Vuelvo a una Villena en la que hace un frío tan espantoso que he visto nevar por segunda o tercera vez en mi vida: lo que no he visto en cinco días en el Pirineo aragonés. Menos mal que me gustó Jaca: alta concentración de librerías y pastelerías para una ciudad de ese tamaño. Para mí, un paraíso. Y ahora, para volver al ritmo cotidiano, he aquí una nueva entrega de ese sueño sidero-espacial que me viene de vez en cuando. Esto es lo que os diría si, por aburrimiento, volviese a imaginar ese zoo fabuloso y espacial del que os hablé en la segunda entrega del Apatrullando, año 2:

“Hay de todo en esta jaula. Yo no sé si en las de las otras especies siderales aquí reunidas hay tanta variedad como en la nuestra. Yo, desde luego, si fuera uno de los bichos que nos visita en este zoo, tendría muy claro cuál es mi favorita. Entre nosotros, el selecto grupo de terrícolas que habitamos este sitio, hay de todo. Tanta variedad en tan poca muestra es señal de que la selección ha sido hecha con tino, estudio y mucho savoir faire, que es algo que por qué -digo yo- no iban a tenerlo los marcianos. Ojalá pudierais vernos: somos pocos pero raros. ¿Cómo es posible tan alto grado de diferenciación? El tema me preocupa y entretiene y he pensado: “¿Y si fuera cosa del azar?”. Podría ser que nos hubiesen recogido sólo porque estábamos allí, en el sitio equivocado en el momento equivocado, i prou, como si la recogida hubiera sido hecha por unos funcionarios a punto de la pausa del almuerzo. Pero me niego a admitirlo basándome en el hecho incontestable de que los extraterrestres siempre son en las películas unos tipos inteligentes, meticulosos y tirando a verde oscuro, aunque en las últimas producciones se lleva más el gris marengo. Buenos o malos, no se sabe -¿habrá concejales de urbanismo en otros planetas?-, pero siempre meticulosos e inteligentes hasta la obsesión -y la megacefalia, respectivamente- así que es de suponer que lo que hay detrás de mi secuestro sea nada más -y nada menos- que mucho saber de seres vivos y galaxias y mucho proyecto y elaboración. No, proclamo: estoy orgulloso de representar a mi especie en este foro y me niego a admitir, por ello, que hayamos sido abducidos al tuntún”.

“Podría ser también que no lo seamos tanto como creo -raros-, sino que lo estemos debido a alguna clase de estrés postraumático. Tampoco me gusta esta idea, sin embargo, porque es cosa sabida que estas abducciones son cosa de limpieza y probidad, un proceso escrupuloso que casi siempre empieza con ese rayo azul o verde que a las astronaves -estrellas de mar que vienen del espacio- les sale normalmente del ombligo: llega la luz al suelo y los humanos -como aquellos de la tercera fase- acudimos a ella como las polillas a la luz de las bombillas. No recuerdo el proceso con detalle, pero creo que a los bichos nos metían en un tarro con un algodón empapado en alcohol de setenta grados y viajábamos en la bodega tres -o cuatro, según- hasta el planeta, sistema o nebulosa de destino. Observaba el otro día un compañero que en ello se echa de ver que eran principiantes los que nos abdujeron, porque visto el proceso hubiera sido más lógico ir a buscar ejemplares, antes que a la puerta de un colegio, a la de una discoteca porque allí acuden los humanos más fácilmente a las luces de colores y ya vienen de por sí empapados en alcohol. Insisto yo, de todos modos, en que algo tendremos cuando nos han seleccionado. En fin: ya se verá y sigamos adelante”.

Y esto es todo por hoy.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Apatrullando el interior, año 2, nº 7


Hola. “El frío y la crisis han llegado a la galaxia.
Los valores y el mercurio viajan de la mano y han traído a este planeta los rigores de la estafa y del termómetro. Quién lo hubiera dicho, en este planeta gigante y gaseoso en el que vender humo no es delito sino industria nacional. Pero van quebrando las empresas saturninas a la vez que cae la nieve y las colas del INEM -proporcionales, como la nariz de Pinocho, a la magnitud de la mentira- son un poco más largas cada día”.

Pero hasta aquí puedo leer. Lo que seguía, en mi primera idea, era decir que en el zoo teníamos, por el paro, más visitantes que nunca: con eso hubiera hecho referencia a que vienen más alumnos a la escuela desde que ha llegado esta cosa de la crisis. Pero como el reírse de las desgracias ajenas nunca ha sido de buen gusto, sobre la marcha cambio de objetivo y decido contaros algunas cosas sobre el frío, que también es hoy tema de portada. Estoy en una casa -vamos allá- en la que tener nevera es gasto inútil, y con eso lo digo todo. La mantengo por costumbre y porque me gusta tener pescado congelado. Soy como el tipo del anuncio de Gas Natural, y tanto nos parecemos que hasta me he comprado unos calzoncillos largos como los que usaba Michael Landon en La casa de la pradera. Más aún: los compré para dormir y ahora me los pongo para ir a todas partes. No son de felpa, lo confieso -ni tienen ventanita en el culete-, sino de un tejido negro muy finito que se pega bien al cuerpo y que le dan a uno una imagen a lo Tom Cruise en Misión Imposible I y hasta II. Sólo con eso bastaría para venderlas como rosquillas, pero si estudia uno el envase se da cuenta de que el fabricante no confía en los espejos -y menos en la vanidosa imaginación del comprador- y se ha embarcado en toda una campaña para hacernos creer que es guay llevar sus calzoncillos. ¿En qué se le nota la intención? Pues en que en la caja no pone calzoncillo largo -carpetovetónica denominación- sino prenda térmica y viene impresa -la caja, no la prenda- con fotos de personas que lo pasan bien haciendo deporte. Y yo digo que bastaría con el frío para hacerles propaganda -como para darle un palo a Bonaparte-: tanto es el que hace aquí en Villena.

Me dijo una conocida madrileña que jamás había pasado tanto frío como en su primer invierno en Valencia, y que eso no era cosa del termómetro sino de la costumbre: la que teníamos los valencianos de no poner calefacción en casa. “Total, -decíamos- ¡para dos meses al año que hace frío!”. Y en esos dos meses casi coge mi amiga una pulmonía. Pues eso mismo deben de pensar aún los de Villena, pues, total, ¡para seis meses al año que hace frío! Pero el de aquí, como dijo alguien, llega a “estalactitar”, palabra imposible que a mí -ya veis- me gusta. Y así estoy, con dos estufas eléctricas que trabajando a pleno rendimiento no consiguen calentar la casa. Aunque no lleguen más que a mantener el frío a raya, estoy seguro de que bien las hubiera querido el bueno de Jonathan para la suya en la pradera.

Tendré, por cierto, que repasar mi ensoñación porque no recuerdo si también las tenía nuestro habitáculo en el zoo. No sabeis lo que refrescan las noches de saturno. Lo que sí recuerdo es que soñé que, indolentemente tumbado en el suelo, después de ingerir el rancho, me quedaba mirando a los saturninos pasear y me preguntaba si habrían venido para distraer la crisis y si llevarían, también ellos, calzoncillos largos. Y eso, señor fabricante de los mismos, sí que hubiera sido una propaganda chula: "Los llevaban los Ingalls y los llevan los marcianos".

Besos y abrazos.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Apatrullando el interior, año 2, nº 6


Hola. Os contaba en la segunda entrega de Apatrullando, año 2, que una vez me dio por imaginar que me encontraba secuestrado por extraterrestres y depositado en un zoo fabuloso y espacial en alguna galaxia muy lejana, que mis compañeros de trabajo habían corrido la misma suerte y que los naturalistas de aquel lugar nos habían montado un pequeño ecosistema terrícola para que nos sintiéramos como en casa. Lo recordáis, ¿verdad? Os decía también que el ecosistema más apropiado para mostrar tal cual es al Homo Sapiens sería -en mi opinión- la oficina, el taller o como quiera que se llame el lugar en que trabaje cada uno. Hasta aquí, nada nuevo. Pero -esto lo es- imaginé además que ellos, mal documentados, nos habían montado un espacio propio tan agradable y majo que ningún visitante de la Tierra que lo viera, si pudiera, lo tomaría nunca -ni jarto de vino- por taller, despacho u oficina. Reconozco que a veces me dejo arrastrar por la imaginación. ¡Oh, poderosa tú entre las potencias del intelecto: déjame libre por un instante para contar a esta buena gente cómo es de verdad -más o menos- el lugar en que trabajo!

Estamos en un espacio francamente rectangular, de tantos metros de ancho por tantos de largo, atravesado en sentido longitudinal por un pasillo -una ele paticorta- desde el cual se accede a diferentes habitaciones, la mayoría utilizadas como aulas y unas pocas como sala de profesores, despacho y biblioteca. Además, hay una garita de conserje que, por las cosas de la vida, no está junto a la puerta -como debiera- sino instalada lo más lejos de ella que se ha podido. Uno entra en nuestra escuela y se encuentra, sin más, en el principio de un largo pasillo de paredes ocres, tubos fluorescentes y puertas de color indefinido. Desde allí también se ve, al final, una especie de mampara de baño blanca que no es un baño -claro- sino la garita del conserje. Al llegar a ella tiene uno dos opciones: o girar a la derecha (primera), con lo que se encontraría con una pequeña prolongación del pasillo -el rabito corto de la ele- a la que se abren despacho de dirección y biblioteca, o girar a la izquierda (segunda), y entonces se daría un golpe contra un panel de madera blanca que alguien ha puesto ahí para separar nuestra escuela del colegio que hay debajo. Eso es porque estamos de prestado en el primer piso de un colegio de primaria.

La sala de profesores no es muy grande y la tenemos abarrotada de libros y papeles. Las estanterías ya no dan más de sí y la avalancha se nos come hasta la mesa. Tenemos también unas cortinas de tiras verticales que nos dan alegría y mucho alivio porque las ventanas de ese lado dan al oeste y el sol ahí golpea de lo lindo, y más cuanto que no hay nada delante que haga sombra: gentilmente, Villena se hace a un lado y nos ofrece buenas vistas de La Mancha. Las puestas de sol son, casi siempre, espectaculares. Por la noche queda encendida en el centro del pasillo una luz blanca muy potente: la de la máquina de chocolatinas. Ya os dije un día que no tenemos bar porque los cuatro gatos que somos no constituimos -se comprende- un mercado apetecible. Pero al final, como todo tiene su lado bueno, por la carencia uno termina llevando fruta para merendar. Junto a esta máquina hay otra de café, pero a nosotros, a los profes, nos han puesto una mejor y más pequeña de la que también -estoy seguro- os habré hablado antes.

Estos es, pues, mi espacio cotidiano. Otro día os diré -ya que insistís- cómo es la biblioteca y os contaré algunas cosas de mis compañeros. Pero dejo por el momento tan espinoso tema y os diré lo que, si volviese a vivir el sueño que os contaba, encontraría un visitante del zoo en el folleto informativo: “Contemple al Homo Sapiens en su entorno. Vea el lugar en que trabaja y vive. Vea cómo pierde el tiempo en una actividad tan incesante como improductiva. Acérquese a nuestra instalación y compruebe que no le falta detalle: su funcionario incompetente, su alumno maleducado, su máquina de fotocopias recién estropeada. Lunes cerrado”.

Pues eso.