viernes, 25 de agosto de 2006

Hola a todos. Este va a ser el post más corto de la historia de Informe Semanal. Sólo quiero deciros que se ve que los jefes de blogger han cambiado algo en el sistema y llevo un lío de aquí te espero. El post anterior sale muy raro y por mucho que lo corrijo parece que no cambia, y encima tengo dificultades para entrar en la página de inicio. Otra cosa es que, como es verano y llevo un par de meses en la playa, se me haya metido un grano de arena entre mis neuronas y tenga yo los circuitos estropeados. A ver si ahora en septiembre consigo adaptarme a las novedades y solucionar todos mis problemas de acceso.

Un besito.

sábado, 5 de agosto de 2006

Cahiers du Informe Semanal

1/ A modo de manifiesto de vanguardia. Dijo alguien una vez que lo importante no es ganar, sino participar, y al instante algún otro replicó que eso es de maricas y que ganar es lo único que importa. Todo esto, el uno y el otro lo dijeron pensando en el deporte y aquí es donde entro yo porque tengo algo que añadir. Lo que yo digo es que la frase (la primera) también vale para la cosa de la cultura. Lo importante es participar, o sea, que uno tiene que escribir aunque lo haga mal, tocar la flauta aunque no sepa y cocinar aunque no tenga cardamomo en la despensa; y que todo eso es de más nivel cultural que leer a Schopenhauer, escuchar a Tchaikovski en el Palau y tomarse unas bravas en El Bulli. Respectivamente, por supuesto.

Porque en la cultura se pude ser, como en el sexo, activo o pasivo. Cuando se trata de cultura, lo mejor, sin duda, es ser activo. Respecto al sexo no me pronuncio, porque para eso doctores tiene la Iglesia. Todo esto lo pensaba yo hace poco, y venía a cuento de que este verano me estoy metiendo mucho cine entre pecho y espalda, a base de filmotecas de verano y terrazas al aire libre, a base de video clubes de barrio y video clubes de culto. Pero si tengo mi propia entrada en el Internet Movie Data Base -y lo digo en serio: soy el que hace seis con el mismo nombre- no es porque el mismo día haya visto una de Tarkovski y otra de Paco Martínez Soria, sino porque participo. O sea, que hago cine aunque lo haga mal. Llevo un verano que si estoy morenazo no es por el sol, sino por las luces que a mis pies despliega la farándula.

No sólo que hace poco, como recordaréis, fui monje de aspecto aterridor, sino que además acabo de participar en un verdadero largometraje. Sí señor: en una peli me han dado un papelito que no es de primer actor ni de secundario. No sé cómo definir mi statu quo: no soy el protagonista, lo confieso, pero decir secundario tampoco es muy exacto. Quizá lo más preciso sea decir que estoy de primer actor, coma cinco. La verdadera primera actriz se largó sin despedirse y aún estamos esperando tener noticias suyas. Yo, al enterarme, estuve un rato pensando que cómo era posible, una chica tan guapa; pero al poco tiempo ya opinaba, al recordarla, que además de guapa era lista la tía, porque había sabido irse a tiempo. Pero no adelantemos acontecimientos.

2/ No siento las piernas. Me llama un día un tarantino, esforzado y primerizo, y va y me dice: "Voy a hacer una película y quiero hablar contigo". Nos encontramos en un bar cerquita de mi casa, nos sentamos, me planta en la mesa un tocho de papel y me dice: "A ver cómo dices esto y esto". Ni los buenos días ni las buenas tardes. Directamente: "A ver cómo dices esto y esto". Y añade: "Tú eres este personaje, que le pasa esto y esto otro y quiere conseguir aquello y lo de más allá". No doy más detalles para no destriparos la película. Mientras, yo, sin tomarme siquiera un cafelito, pensaba: "Pero yo ya sé quién soy y lo que quisiera saber es quién pelendengues eres tú". Como las frases en cuestión se las dice mi personaje a su ex-mujer y siempre es difícil decirle al éter que aún le echas de menos, pues va y, pensando en ayudar, se pone el director de cine independiente a darme las réplicas de mi ficticia paleonovia. Por ayudar, ya digo, y es de agradecer, pero también de suponer que la parroquia estaría pensando: "Qué barbaridad. Cada día hay más gueis". Sabía que no tenía que haber quedado en mi barrio, que es muy mirado para estas cosas y muy vaticano también, según se pudo leer en los balcones. Primera lección: "Nunca hagas un casting a menos de dos kilómetros de tu lugar de residencia habitual".

3/ Aquello era un infierno. Pero, ¡bueno!, pasado el mal trago y tras varias semanas de silencio, recibo un día, inesperadamente, la buena nueva: "Has sido seleccionado". Por cierto, que "buena nueva" es lo que significa la palabra evangelio, y esto lo digo con segundas, y quien quiera entender que entienda. Se me mezclan infierno y evangelio en este párrafo, pero no me viene mal este involuntario tótum revolútum porque es la viva imagen de lo que pasa en un rodaje. Al menos, en este que yo digo, que era de cine independiente, con lo cual se quiere decir que aquí no hay ni un duro y lo que hacemos lo hacemos gratis; que todos, desde la script a la prima donna, subimos y bajamos trastos de la furgona pero mola porque no nos andamos con tonterías ni lujos inútiles como en Hollywood, donde todo está podrido por el dinero y el mercantilismo, y porque cuando estás a punto de mandarlo todo a tomar viento siempre tienes cerca alguien que dice: "Nano, es que esto es cine independiente". Que seremos probes, pero artistas.

Pero como mi dosis mensual de altruismo ya se me ha acabado, ahora mismo cierro esta entrega y ya terminaré otro día de contar esta historia. Que para la pasta que gano yo haciendo esto, ya está bien por hoy.

Hala.

sábado, 22 de julio de 2006

Fe de erratas

1/ Epiglotis, no epigastrio. No es para tanto, me parece, equivocarse al mencionar la parte del cuerpo que se les llenó de arena a Mortadelo y Filemón. Errare humanum est, caramba. Si yo fuera un tipo rencoroso, ahora mismo retaría a todos aquellos que me han escrito afeándome el error y les diría que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Son ambas grandes frases y a mi me ayudan mucho porque yo ando equivocándome a todas horas y necesito secretarias y asesores para todas esas decisiones que la vida me pone delante, verbi gratia, Alicante por el interior o por la costa, o -la que ahora me atormenta- irme de viaje a Cáceres o a Groenlandia. Sé que algunos pensarán que es este un problema baladí, pero la verdad es que tienen toda la razón y, si me atrevo a mencionarlo, es porque sé que en estos momentos está dpm de vacaciones en la playa.

Digo que hace falta valor para hablar de esto porque sé que anda todo el mundo por ahí deseando que lleguen esos quince días de vacaciones y yo no sé qué hacer con mis dos meses. Algo tiene que funcionar mal dentro de esta cabeza que sueña con el tiempo libre cuando está ocupada y que se agobia cuando no tiene nada que hacer. Alguna vez os habré hablado de mi teoría de que soy un error de la cigüeña, que me dejó en fecha y lugar equivocados puesto que mi constitución genética me dice bien a las claras que yo, para lo que estoy dotado, es para vástago de familia rica: ninguna necesidad de ganarse la vida y todo el tiempo por delante para dedicarse a actividades varias. Pero todas muy dignas, como de aristócrata ilustrado. Por ejemplo: vivir ora en mi palacio urbano ora en una de mis fincas de campo, según el clima y el humor; recibir por correo cada nueva entrega de la Encyclopédie de Diderot y D'Alembert y también ser un maestro bailando el minué. Y alguna cosilla filantrópica de vez en cuando, que nunca queda feo. Pero aquí estoy, atrapado entre varias opciones y diversas actividades y sin hacer lo que me gustaría hacer.

2/ Elogio de las dictaduras. Para mi, lo realmente difícil es elegir. Hay elecciones que son un trauma y aquí es donde pagaría por un asesor fiable y extremadamente racional: le daría una fotocopia compulsada de mi DNI y lo mandaría por ahí a tomar decisiones en mi lugar mientras yo, tumbado a la orilla de la playa, esperaba noticias leyendo un libro y tomando el baño. Esto es claramente un caso de miedo a asumir responsabilidades, ya lo sé, y como ya está dicho haced el favor de no echármelo en cara. Ayer, por ejemplo, tuve que acudir a esa ominosa sesión en la que los nuevos funcionarios de educación elegimos el instituto en el que trabajaremos el próximo curso. De verdad que hubiera pagado un asesor. Hay amigos especialmente sensatos a los que suelo acudir en busca de consejo, pero por muy razonables que sean no me resuelven estas situaciones. Es más, cuanto más razonables son más me animan a tomar decisiones por mí mismo. Lógicamente, claro, pero en estos casos yo no deseo ningún consejo ajustado y racional, sino que algún insensato esté dispuesto a asumir la carga de la elección y sus consecuencias negativas si las hay, y me libre a mí de la angustia del momento. Por esto son buenas las dictaduras para gente como yo, porque ya se cuida el dictador de tomar decisiones en mi lugar. En una dictadura como las que a mí me gustan no hay, por ejemplo, heladerías con más de treinta sabores, que es que es un infierno elegir, sino heladerías con tres sabores (vainilla, chocolate y fresa) en las que la elección no es en absoluto ansiógena. Un coñazo, sí, pero tranquila, y ya se sabe que los aristócratas fetén preferimos el aburrimiento a la aventura. Que hay aventuras que acaban mal y, si no, que se lo digan al capitán Scott. A propósito de este personaje me dijo el otro día un amigo que no hay aventuras sino viajes mal preparados y, aunque la frase es buena, a mí no ha hecho sino ponerme más difícil la elección.

Si ayer me hubieran dicho "Qué prefieres, ¿Valencia o La Font de la Figuera?", pues me hubiera atrevido a elegir yo sólo y habría destacado al asesor en el otro frente, el de la heladería. Pero ayer es que tenía un listado de trescientos destinos y a esto sí que no hay derecho, hombre. Si lo expreso en pueblos y ciudades, pues la cifra es algo menor, pero no tanto.

3/ Elogio de la vida rural. Fatal estaba, pues, con mi lista, sentado en una sala grande del palau de congressos. Para mejorar el malestar, el aire acondicionado acosándome, dándome dolor de cuello y de cabeza. Algún día, desde este blog, encabezaré una cruzada contra el abuso del aire acondicionado, pero esa es otra historia. La de ahora es que estaba allí mirando nombres de pueblos e imaginándome en ellos: ¿habrá un buen horno?, ¿las chicas guapas tendrán todas novio?, ¿habrá cine en V.O.S.?, ¿de cuántos sabores serán las heladerías? Porque si no hay alicientes, pues para eso me quedo en Valencia. Lo que ocurre es que en Valencia no había más que cuatro opciones y no daba un duro por las mías de alcanzarlas. Así que había que decidirse por alguna otra localidad de la comunitat. Y en eso me asaltaba el demonio tentador de la vida rural: "Mira qué bonita debe ser la vida en este pequeño pueblo, rodeado de naturaleza y de gente noble y sencilla", "Mira qué vida tan a gusto vas a llevar, lejos de los coches, las prisas, los agobios y la contaminación", "Podrás dar paseos por la naturaleza, irás a pie a todas partes y respirarás aire puro", y otras tentaciones semejantes. Lo malo de los demonios buenos, quiero decir, de los que son buenos haciendo su trabajo, es que saben dónde golpear. Porque a mí, lo de la vida rural siempre me ha llamado. Eso de la retirada vida tiene su atractivo. Mis razonables consejeros ya me habían alertado contra el mito rural que nos ataca a los urbanitas: "Mira que a los dos meses ya no vas a saber dónde meterte", "Mira que todo eso son fantasías y cuánto mejor es estar cerca de casa", "Mira que el trasto de tu coche ya no aguanta más kilómetros y vas a tener que comprarte otro y encima pagar un alquiler". Esta última observación es de mi cuñada, que está por derecho propio en la nómina de personas sensatas, y con este ejemplo comprenderéis por qué. Yo, sabiendo que tienen razón y conociendo mi poca traça para las decisiones importantes, tenía miedo de sucumbir al mito en esos cruciales y ansiógenísimos segundos en que los miembros de la mesa me urgirían a tomar mi decisión y rugirían metiéndome prisa los de la cola detrás de mí, de modo que decidí inmunizarme contra el mito dándome autoinstrucciones mentales con frases como "¿Qué aire puro ni qué niño muerto, si los pueblos huelen a vaca?", "¿Qué gente noble, si los aldeanos son más brutos que un arao y además huelen a vaca?", "¿Qué paseos vas a dar, si se hace de noche enseguida y encima sólo con que ladre un perro en el camino ya te acojonas y das media vuelta? Y encima las noches de los pueblos, ¡también huelen a vaca!". Que conste que siento un gran respeto por las vacas, pero en ese momento, mientras el dolor de cabeza se cebaba en mí y aparentemente sólo en mí, y el cielo se oscurecía, un gran trueno estallaba encima de nuestras cabezas y un temblor de tierra abría el suelo, yo, ahogado por el trauma de tener que elegir, inclinaba mi cabeza y sentía por dentro la necesidad de exclamar dramáticamente: "¡Asesor, asesor! ¿Por qué me has abandonado? (¿De qué será el helado?)".

Al final, lo tomé de yoghourt de frutas del bosque. No es que sea mi favorito, pero es que me resulta difícil elegir. No sé si os lo había dicho ya.

sábado, 15 de julio de 2006

Scientific Informe Semanal

1/ Esta mañana he descubierto América. Pues, sí, y sin salir de casa, como quien dice. Tengo un amigo que odia la playa y que por esa razón va a dejar que su mujer se vaya sola a Formentera. A Formentera vale la pena ir siempre, aunque no te guste la playa y aunque playa sea todo lo que hay en Formentera. Incluso aunque no esté la mujer de mi amigo. Pues yo, que con él comparto muchas cosas excepto la que más me gustaría compartir, también le he tenido siempre a la playa un poco de repelús y la he pisado poco, la verdad. No es que el placer de la playa esté en pisarla, claro, sino que me molestan algunas cosas de ella y al final me paso los veranos en la piscina. En la piscina no se le mete a uno arena hasta en el epigastrio, que es donde se les metió a Mortadelo y Filemón en un episodio de La caja de los diez cerrojos. Pero esta mañana voy y le pido a mi hermano que me deje una sillita de playa que se ha comprado, una de esas de patas muy bajitas que se clavan en la arena y te quedas así como medio tumbado, medio sentado, y así, con la silla, la crema, el libro y la nevera cojo y me voy a la playa yo solito, me apalanco en un lugar tranquilo y, ¡oye!, la mar de a gusto. Claro, por otra parte. Total, que lo he pasado de fábula y me digo ahora que reflexiono: "Pues no está tan mal. Todo era cuestión de venir equipado". Y eso es lo que he descubierto. Ya veis. Tampoco estaría mal una sombrilla, aunque eso lo he descubierto al verme en el espejo, horas más tarde.

2/ Zoofobia en todos los frentes. Parece ser que el otro día, no muy lejos de aquí, una niña fue atacada por un pez. Digo que parece ser porque no me lo acabaré de creer hasta que el PSOE diga que el pez tenía carnet del PP o el PP diga que, dada la edad del pez, es obvio que nació en época del PSOE. Mientras tanto, la mera (¡qué a propósito!) mención del hecho ya ha servido para fastidiarme el complemento ideal de toda visita a la playa. Me refiero a la clásica remojadita en el agua, claro. Yo, ya de por sí, le tengo un cierto respeto a meterme en el mar, porque me asusta eso de no ver dónde piso. Quién sabe dónde apoyas la planta del pie y qué será eso que me acaba de rozar la pierna, por Dios. Y si encima se acaba de dar un episodio en las aguas territoriales de la comunidad autónoma, pues es que ya se me disparan las alertas al modo DEFCOM 2. El fastidio lo he notado más al darse la aludida circunstancia de la carencia de sombrilla: los poco equipados combatimos los calores del sol dándonos una chapuzadita de quant en quant, pero yo, en mi estado de acuática zoofobia, tan sólo a mis tobillos he permitido el solaz del líquido elemento.

Esto de la zoofobia tampoco es un gran descubrimiento, claro, porque ya sabéis que a mi los animales me dejan un poco frío. La otra noche estaba cenando con unos amigos de esos que no se pueden dejar al perro un ratito solo en casa, y vaya murga que nos dio, ladra que te ladra, aquel montón de materia orgánica cubierta de pelo. Así que lo de la playa no deja de ser una variante de lo mismo. Mi problema es que crecí con los dibujos animados de Heidi y en esa serie los prados de hierba de los Alpes eran mullidos como alfombras persas y, sobre todo, carentes de entomofauna, quícir, de bichos. Lo mismo que la carne de los jabalíes de Obélix no tiene grasa ni venas, sólo carne y nada más que carne. Será que los mass media han arruinado para siempre mi relación con la naturaleza, vale, pero yo lo que quiero es un mar que sea agua y sólo agua, prados con hierba y sólo hierba y melocotones sin piel ni hueso. Por eso, al final me paso el verano en la piscina y de postre tomo yoghourt de fresa.

Pero la culpa no es mía, sino de la sociedad de consumo. Besos.

lunes, 3 de julio de 2006

1/ Lo bueno en lo malo. Ya sabéis que este blog nunca hablo de cosas serias y que eso es porque me da terror que alguien pueda confundirlo con una creación cultural o cualquier atrocidad por el estilo. Por eso, como lo cultural es algo muy serio, no sé qué hacer cuando pasan cosas serias de verdad, como hoy en mi ciudad en la que han muerto más de cuarenta personas en el metro. Y también por eso, aunque parezca irrespetuoso, me he puesto a buscar algo bueno entre tanto escombro y me vais a perdonar que lo haya encontrado. En realidad, no lo he encontrado, sino que me ha llamado. Literalmente: a mediodía, mientras me comía un gazpacho en un bar de esos de menú a siete euros, ha sonado el teléfono y era mi madre que quería saber de mí, porque no podía estar tranquila si antes no me localizaba y comprobaba que estaba bien.

2/ La madre de cada uno. Eso me ha recordado un día, no hace mucho, en que yo intentaba irme de su casa y no podía porque se había empeñado en que me llevara algo de comer. Yo decía que no, gracias, que no me llevo una ración de paella, gracias, ni esas albóndigas que quedan de la cena, gracias, ni algo de fruta, gracias, ni nada de nada, de verdad, gracias, no me hace falta. Pero ella erre que erre y así, con tanto atacar ella y yo resisitir entré de repente como en trance y tuve la sensación de que veía la escena desde fuera, como si estuviera teniendo uno de esos viajes astrales en los que dicen que ves tu cuerpo desde fuera y tú te elevas, te elevas y viajas por el universo y llegas a Saturno, pegas una meadita y vuelves. A mí, una de esas experiencias me las contaba un día un tipo que yo creo que lo que le pasaba es que había abusado de las drogas, porque su viaje era de este calibre que os cuento. El mío, más modestamente, no llegó a salir de casa de mi madre. A decir verdad, no salió ni de la cocina, y por esa razón, porque en lugar de irme a visitar la galaxia ni siquiera salí de la propiedad inmobiliaria de mi madre, se podría hacer el chiste de que mi viaje, más que astral, fue un viaje catastral. Con perdón.

Y, mientras viajaba ese poquito, me di cuenta de que allí lo de menos era si yo necesitaba o no esas albóndigas, sino que ahí estaba ella para ofrecérmelo todo y que nunca pararía de ofrecérmelo todo, y que en todo ese universo que no necesito recorrer no hay ni nunca habrá nadie para quien yo valga tanto. Así que bendito ese día en que salí de su cocina con un paquete empezado de galletas maría y este día en que me ha buscado por toda la ciudad y no ha parado hasta interrumpirme un gazpacho que -todo hay que decirlo- estaba bastante bueno.

Supongo que a todos nos ha pasado esto alguna vez. No me refiero al viaje astral, sino a salir de casa de nuestra madre con un túper de comida. Y eso es lo grande: que siento que es ella quien me da un lugar en el mundo, que es de ella de quien nace mi dignidad fundamental, porque probablemente es ella la única persona en este mundo que me va a querer siempre porque sí, porque soy quien soy y sin pedir jamás explicaciones. En fin. He puesto una tela negra en mi balcón. E
n estos días de guerra de mensajes en los balcones de la ciudad, aún estaba virgen de declaraciones de principios.

jueves, 29 de junio de 2006

Informe Semanal Reloaded / 3

1/ FInal de curso. Seguimos en racha y aquí llega la tercera entrega de la semana. ¡A este paso, nos veremos en el quiosco! Bueno, pues que hoy nos hemos ido todos los profes de comida. Para nosotros es como si fuera Navidad, pero al revés: en lugar de celebrar que ha llegado el Niño, nosotros celebramos que se va. De vacaciones, sí, y volverá -también- pero por el momento se va y que nos quiten lo bailao. Imagino cómo sería el belén de esta especie de antinavidad: en el portal, veintisiete pesebres vacíos, con sus pajas -¡ejem!- todas despeinadas, las paredes llenas de pintadas del estilo "TKM" y "Seila x Kevin" y la vaca y el burro mirando entristecidos cómo los niños prefieren estar con los camellos. Pero no voy a ponerme en plan anticristo, y menos ahora que mi barrio está de un vaticanista que se sale.

2/ Quién te ha visto y quién te ve. A lo que voy es a que cuando estoy de risas con mis compañeros profesores me parece que algo muy profundo se revuelve en mi interior. No es algo gástrico, me parece, sino de cabeza. Los desórdenes de estas cosas de la cabeza dicen que hay que buscarlos en la infancia y esto, en mi caso, es ardua tarea por la doble dificultad que representan los tamaños de una y de otra: infancia y cabeza. Sobre la parte superior de mi calavera se han hecho chistes más o menos afortunados y, para demostrar que no soy un resentido, aquí va uno del cabrón de mi amigo Javi: pues va y un día me dice: "Macho, si fueras gamba serías todo pá tirar". Bueno, pues pensando y pensando sobre el origen de las aludidas molestias, me vino a la cabeza un recuerdo del colegio que yo creo que quizá contenga la clave del problema: una vez, un profe dijo en clase que a mí -¡a mí!- a lo mejor de mayor me gustaría ser maestro y toda la clase estalló en una carcajada, y yo el primero, como si aquello hubiera sido un chiste buenísimo: ¿cómo iba un alumno a ser un profesor, si alumnos y profesores están por naturaleza en bandos opuestos? Nuestros mundos eran tan diferentes que hasta los hijos de los profesores no me parecían niños como nosotros: estaban marcados con el estigma de la mezcla, de la impureza, y nunca podrían ser uno más entre nosotros.

Es que no hay nada más difícil de sobrellevar que lo de cambiar de bando. Bueno, digo las personas normales, no los políticos ni los futbolistas, que han hecho de ello un arte. Cuando uno se da cuenta de que ha cambiado de bando, ya se pasa la vida intentado disimularlo. No sé si lo habéis notado. Yo, por ejemplo, que cuando en mis tiempos quería ser cultureta sólo escuchaba música clásica -a ser posible, de la Segunda Escuela de Viena-, ahora llevo en el coche Kiss FM, y no dejaría por nada del mundo que nadie lo supiera. En vosotros confío, sobre todo porque aún no tengo elaborado el discurso exculpatorio. Conocidos míos de las barricadas hay que sentados en el borde de su piscina intentan disimular el cambio. Y me gustaría decirles que pierden el tiempo, que yo estoy encantado con los cambios y que un profesor de historia come de eso y que, además, los que no cambian nunca me parecen la mar de sospechosos. Cambiar es natural, oye, y eso salta a la vista si te fijas en las tetas de tus amigas y en la barriga de tus amigos.

Pues en eso ando. Pasar de alumno a profe es un cambio muy particular y a mucha gente le parece interesante. Será por eso que los domingos en la mesa mis primas me piden que les cuente todo lo que se dice en las reuniones de profesores y si disfruto cargándome a la gente. Pero la verdad es que yo no me noto diferente y aunque a veces, de un tiempo a esta parte, me sangran las encías, puedo aseguraros que esa sangre es mía y sólo mía.

3/ Los peligros de la mala vida. Y ahora me voy a dormir sin cenar, a ver si termino de digerir la famosa comida, que un profesor no se puede permitir -en público- expeler ventosidades del vientre por el ano ni andar con la bragueta abierta.

Besos, a los que ponéis mensajes en el blog y a los que no.

lunes, 26 de junio de 2006

Informe Semanal Reloaded / 2

1/ Homenaje a Msnice. Después de la carestía, la abundancia. Tres semanas sin escribiros y ahora, de golpe, dos mensajes. No es que esté perdiendo el oremus, es que, queridos corresponsales, me sentía culpable por teneros tan abandonados. También me daba miedo que me abandonárais para iros con otro blogger más responsable y más moderno. Uno que tuviera un blog con fotos y con enlaces y con rollitos de hipertexto y todas esas golosinas. Yo, es que soy muy tradicional y lo que persigo es un blog exclusivamente de letras. Uno moderno es el que tiene, por ejemplo, el arriba mencionado MsNice. Este es el otro de mis dos más fieles corresponsales y así, con esto, cumplo la promesa que os hice ayer de seguir contándoos cosas de ellos. Este MsNice, como ya digo que es blogger como yo, pues me da grandes alegrías cuando me escribe, porque me parece que conecto con un colega de las ondas. Es como cuando los de la radio dan paso a la emisora de Valladolid, que entonces se nota muy buen rollito entre ellos, como si fueran amigos de toda la vida. Porque mis amigos de verdad de toda la vida lo que tienen es eso: que son de toda la vida, y parece que esto del blog y el e-mail les queda muy lejos y debe ser por eso que no me ponen comentarios ni me responden a los mensajes.

2/ Oremus. Esta palabra latina me recuerda que iba a contaros otra cosa hoy. Es que esta mañana he estado rodando un documental para Punt 2. Ya sabéis que me dedico a la enseñanza sólo provisionalmente, en espera de que me descubra un productor de Hollywood y me contrate para hacer una película de amor con Cameron Díaz. Pero de amor casto y puro. Digo que lo de oremus me trae el rodaje a la memoria porque me han dado una sotana y me han disfrazado de fraile. Esto, claro, después de llegar a un lugar llamado Llutxent que está allá donde Sansón perdió el flequillo. Lo que tenía que hacer era pasearme por el claustro de un convento y en un momento dado perder el ya varias veces citado y dejarme caer en el suelo como abrumado por un arrebato místico. Pero como en esto del audiovisual las tomas nunca son buenas, pues la caída la he tenido que hacer como seis o siete veces y el suelo de un monasterio barroco es la mar de duro, os lo puedo asegurar. O sea, que en lugar de un arrebato místico lo que se me llevaba eran los demonios cada vez que el señor director no estaba satisfecho con la toma. Y eso que todo había empezado de fábula y he tenido un verdadero arrebato místico -y casi físico- nada más llegar a aquellas soledades: no he hecho más que poner los pies fuera del coche cuando se me acercan cuatro chicas -las de producción- y me dicen: "¿Tú eres José Luis? Ven, vamos a vestirte". Yo, claro, me he dejado arrebatar mientras para mis adentros exclamaba "¡Vivan los hermanos Lumiére y las ondas electromagnéticas!". Me cogen de la mano y me llevan al interior de la basílica y yo fantaseando con buscar un mástil y una cuerda y, como el recorrido por estos espacios sacros del diecisiete es asaz laberíntico, también iba desmenuzando un saladito Velarte para el caso de que no pudiera hallar de nuevo la salida. Pero mi gozo en un pozo porque al llegar a la sacristía me alcanzan la sotana y me dejan allí sólo, rodeado de cruces y mártires que me miraban con ojitos de "leemos tu pensamiento, pecador", y todo su vestirme se ha limitado a volver para ajustarme bien el alzacuellos. Lástima, yo que ya andaba aclarándome la voz para decir aquello de "nunca fue caballero de damas tan bien servido".

3/ Moscas. Lo que hay en Llutxent es moscas y por lo visto todas de clausura, porque nunca salen del convento. Hay que decir, antes de seguir adelante, que alguna satisfacción sí he tenido. No como para un arrebato, pero sí para un cierto vicio. Pues resulta que según el guión yo interpretaba un monje
"brut, despentinat, d'aspecte aterridor". Las chicas eran también de maquillaje y a ello se han puesto, frotándome a conciencia los brazos y las piernas con un mejunje a base de arcilla, y así, dejándome sobar, he tenido mi pequeña compensación espiritual.

Pero hasta ahí, porque después de los golpes de glúteo contra el venerable suelo ha llegado el momento de la muerte del monje aterrizador: me preparan en un rinconcito del claustro un buen charquito de agua clara del pozo y allí me he tenido que tumbar y hacerme el muerto. Para mí que el señor director tenía algo de necrófilo, porque la toma del cadáver ha durado cuatro veces más que las tomas de los paseos y las caídas. Y aquí es donde entran las moscas, que se ve que me han visto indefenso y se han pasado el mensaje unas a otras y en un decir Jesús las tenía a todas paseándose por mi cara, y yo con la boca abierta porque se ve que el cadáver por morbo lo querían así, y no es por embellecer el texto que he escrito antes "y aquí es donde entran las moscas". No digo más, porque ya me parece bastante aterridor y hay un refrán para estos casos. Lo único que sé es que mientras estaba allí tirado preguntándome no a qué huelen las nubes sino a qué saben las moscas, oigo a una de las chicas que dice: "¡Qué buen actor! ¡Hay que ver cómo aguanta!". Porque estaba muerto y no me podía levantar, que si no... Eso sí, me he prometido que cuando ruede con Cameron voy a exigir que los besos sean sin lengua, por lo que dice el refrán recién citado.

4/ Epílogo. Ya véis que no es oro todo lo que reluce. Recuperado del shock, me ofrecen quedarme a comer un arroz al horno, pero es que ya no tenía hambre. Me subo al coche y vuelvo a la civilización. Pero no me había acordado de quitarme el maquillaje y con ese aspecto aterridor me presento ante mis vecinos. En fin. Como tampoco voy a las reuniones de escalera...