sábado, 29 de diciembre de 2007

In Extremis
No sé si os habíais dado cuenta, pero llevo más de un mes sin añadir nada en este blog: os invito a observar que la fecha anterior es el 17 de noviembre. “Pero…” –diréis justamente indignados- “¿esto no se llamaba Informe Semanal? ¿Qué clase de broma es esta?”. Si me dejarais, diría en mi defensa que no soy, en el fondo, un tipo tan interesante y que no hay Mariano Medina capaz de sacarse de la manga un parte, ya no digo diario, sino semanal sobre las vicisitudes de mi persona. Borrascas y meteoritos hay, por supuesto, pero ninguno tan especial que no cruce también de vez en cuando vuestros cielos. Dicen que Tycho Brahe observó un día la explosión de una supernova y eso cambió para siempre el curso de su vida. La anécdota -digámoslo ya- no tiene nada que ver con mi vida ni con lo que tengo que contar, pero la pongo aquí como relleno. Porque el objetivo de este post de hoy es impedir que se pase el mes de diciembre de 2007 sin haber puesto nada en el blog. Ya os estoy oyendo decir que es un objetivo un poco cutre y que para eso no pagáis una suscripción, pero enseguida os digo que no hay objetivo pequeño y que más se perdió en Cuba, y además que de grandes cenas están las sepulturas llenas. Ahora podría coger el hilo de las grandes cenas y enlazar con el tema de estas entrañables fechas, pero la verdad es que no me apetece. En realidad, tenía pensado con esta entrega cubrir el hueco abierto en este mes de despiste informativo y presentaros nada menos que todo un…
Panorama de mis andanzas en la comarca de l’Alt Vinalopó. Y no es la menor que en Villena me haya hecho un análisis de sangre. Hay acciones que a las personas nos unen con lazos sólidos a los lugares que habitamos. Me perdonaréis si os digo que no hay acción que haga crecer más las raíces que visitar al señor Roca: lugar en el que has cagado un par de veces ya no es lugar extraño. A lo del análisis no es que obligue el ayuntamiento, sino el estado de mis adentros. Es que, de un tiempo a esta parte, me estaban doliendo las tripas y las rodillas. El primero es molesto porque viene acompañado de un curioso de cambio de estado de la materia: de sólido a gas en el interior de mi estómago. El segundo lo es menos porque sólo me pasa cuando hago deporte: vamos, que lo descubrí por casualidad subiendo las escaleras de mi casa, una vez que andaba un tanto desmemoriado y me la pasé sube baja sube baja toda la mañana. Pero, ¿y el pinchazo? Un pinchazo bien dado es, amigos, como una chincheta con la que te clavan la comarca en el tablón de corcho de tus afectos. Un pinchazo que no le duela al cobarde que yo soy es como una invitación a quedarse para siempre en los alrededores de la consulta, es la tentación de declararle tu amor a las manos que te pinchan y pedirles que no se separen nunca más de ti. Lo que pasa es que al otro lado de esas manos había un tipo con bigote. En fin, que nadie es perfecto, como dijo Osgood.
Luego, está el Mercadona. La primera visita al Mercadona local es también un momento importante en la vida del desplazado. Luego, resulta que son todos iguales, pero lo importante no es el contenido, sino el hecho de que, por primera vez, necesitas comprar leche, pan y papel higiénico en un sitio nuevo. Es casi emocionante pagar en caja esos artículos de primera necesidad (siendo el último, en el estado de mis tripas, especialmente necesario). Y sin embargo entre tanta uniformidad salta un día, de repente, el hecho diferencial. He aquí la complejidad político-identitaria del Mercadona: que, por un lado, allá donde vayas te permite mantener sin menoscabo tu valencianía -como yo lo he vivido comprando fartons Polo en el de Alcorcón (Madrid)- mientras que, por otro, abre la puerta a sutiles mecanismos de recomposición y diferencia de fronteras para adentro. Esto se nota, en el de Villena, en que hay en el armario del pan tortas frescas para gazpacho -producto que jamás encontrarás en uno de Valencia- fabricadas en Almansa. Y la relación Almansa-Valencia no deja de tener su miga -nunca mejor dicho- según se mire. Por lo menos, ha dado lugar a un refrán, un cuadro y una maqueta en el Museo de los Soldaditos de Plomo. Ahí es ná.
¿Y el frío? Esto sí que es nuevo para mí. Yo, valencianet de l’horta hasta donde alcanza la memoria de mis genes y de mis memes, no estaba preparado para esto. No esperaba encontrar mi coche cubierto de una capa de hielo a las diez de la noche. Me han tenido que enseñar a ponerlo en marcha en estas condiciones: hay que tener mucho cuidado para que no sé qué parte del motor no envejezca de modo prematuro, pero a mí, más que asustarme, me gusta la idea de adquirir estas destrezas de tanto arraigo local. Le parece a uno que se convierte en habilidoso nativo, en imprescindible sherpa de l’Alt Vinalopó. Dicen que mi tierra se desertizará en poco tiempo -maldita sea-: esta parte de aquí se convertirá, supongo, en un desierto frío. Que haberlos, haylos.
Y, bueno: seguiremos informando.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Bucólicas S.A.
Lo que ahora se lleva es el negocio de la vida retirada y yo, que nunca dejo pasar el tren de la moda, ya tengo una casita de pueblo a la que no le falta de nada: sus ventanucos, sus vigas en el techo y sus casi treinta escalones que me van a dejar las piernas la mar de robustas. Decía el anuncio que quien mueve las piernas mueve el corazón, así que el mío está que no para desde hace una semana. ¿Que me llaman al teléfono? Hala, a mover el corazón. ¿Que me he olvidado el lápiz? Pues, hala. Y si no recuerdas en qué piso lo dejaste, pues a moverlo todavía más. Así que espero -Dios me oiga- que, además de las piernas, también salga mi memoria reforzada. Este de las piernas, que pude observar el primer día, es ya un notable beneficio de la vida campestre, de modo que estoy la mar de ilusionado con esta incursión en el universo de lo rural. Hombre: he tenido que pagar, es cierto, pero, ¡qué diantre!, ¿no es mayor el beneficio de la salud que el del dinero? Espero descubrir beneficios nuevos cada día y me pregunto por qué hacemos terras míticas y ports aventuras cuando lo mejor es el parque temático de los pueblos de interior con castillo medieval y calles empinadas. ¡Qué rural es todo! ¡Qué bonito que te despierten las campanas de la iglesia y que los gatos rajen las bolsas de basura y esparzan su contenido por las calles! ¡Qué maravilla que haya doscientos escalones entre la panadería y la puerta de mi casa! ¡Qué diseño! ¡Qué voluntad de estilo demuestran estas sencillas gentes del campo español!
No voy a deciros que todo sea perfecto. La verdad -por poner un ejemplo- es que es una pena que los ascensores peguen tan poco con el estilo rural. Se agradecería, al menos, un pequeño montacargas para subir la ropa mojada desde la lavadora (en planta baja) al tendedero (en la segunda), pero hay que ser coherentes y, como decían los más concienciados concursantes del Un, dos, tres, hemos venido a jugar, Mayra, y a jugar vamos hasta el final: a rendir nuestros caprichos de urbanita a las delicias del estilo rural. Lo cual no quita que desde el primer día vaya buscando el buzón de sugerencias que los administradores del parque deben haber puesto a disposición de los clientes.
Uno va, ya digo, descubriendo cosas y lo cierto es que yo pensaba que, como pasa con el pan, las cosas de pueblo eran como las normales pero con un poco de harinita por encima. Pero resulta que la gente que es de pueblo de verdad se deja las casas éstas y se va a vivir a los pisos de la parte baja, que se calientan con menos gasto y además tienen ascensor. Si es que se las saben todas, los tíos, y resulta que viven la mar de a gusto en sus casas con molduras de escayola para que las vigas del techo no se vean y un par de coches en el garaje para no tener que ir andando a ningún sitio.
Pero a mí nada de eso me importa, porque soy cliente satisfecho que vino aquí para disfrutar de la paz y la tranquilidad. Alargando el brazo, sin levantarme de la cama, abro la ventana -el ventanuco- y ante mí se muestran los tejados de todo el pueblo, la torre de la iglesia y el polígono industrial. Por la mañana se oye el trinar de los pajaritos y el despertar es delicioso, pero hay que darse prisa en disfrutarlo antes de que empiece el trabajo en el solar de enfrente, que los albañiles de pueblo son como los normales, sin harinita pero con el transistor siempre a punto de reventar, y los coches corren más y pasan más cerca de las puertas. Siempre nos queda la noche y sus cielos estrellados, pero empieza a hacer tanto frío que lo mejor es meterse en casa. Una vez dentro, podría encender el fuego en el hogar y ponerme a contar viejas leyendas medievales pero, por lo que oigo en el café, si quiero hablar con mis vecinos más me vale ver House y Hospital Central. Tenemos un bar y sociedad de cazadores que es más pueblerino que rural -que no es lo mismo-, en el que los güelos juegan al chamelo y es tan denso el ambiente que se podría untar en una tostada. Que si el ambiente fuese de mermelada y no de humo podríamos, al menos, haberlo untado en un jabalí en vez de en una tostada; pero eso es otro tema y estos cazadores yo no sé si cazan mucho o compran el embutido en mercadona. Jabalíes, pa mí que no hay, y para averiguarlo me acerqué dando un paseo hasta la ermita. No esperaba aprender gran cosa sobre flora y fauna, entre otras cosas porque estoy más hecho a distinguir códigos de barras que especies vegetales: es lo que tiene no ser rural de nacimiento. Lo único reconocible en los alrededores de la ermita son las decenas de condones usados que se pueden ver a simple vista y con poco esfuerzo escrutador. Imagino que se trata del lugar de esparcimiento de los empleados del parque y que la ermita, en realidad, no alberga las imágenes de Abdón y Senén sino el computer central. De modo que quizá ya no se encuentre en el mundo rural esa piedad popular, nativa e inocente, que antaño iban a buscar, gramófono en ristre, los folcloristas que bajaban al pueblo los domingos.
Es lo que nos pasa a los románticos que venimos a vivir por estos pagos: que damos mucho el cante. A los de Barcelona los llaman camacus en los pueblos catalanes, porque cuando van de visita no paran de mirarlo todo y exclamar “Què maco!”. Al final resultará que lo del estilo rústico es un invento de camacus con estudio de diseño en la Gran Vía y los de pueblo de verdad viven en pisos y tienen todos varios coches. El tío Matíes mira con un ojo a las ovejas y con el otro las cotizaciones en Bolsa, y aunque tiene, sí, aceite y vino de su cosecha, sólo lo saca para los amigos.
Algunas de estas perplejidades son las que pienso dejar en el buzón de sugerencias, a ver si los gestores del asunto logran algunas mejoras para la campaña 2008-09. Mientras tanto, abrazos campesinos de Angelet a todos vosotros en vuestras vulgares casas de ciudad. Hala.

domingo, 11 de noviembre de 2007

¡Requeterrip!
Bajo mínimos tenía, desde antes del verano, la mensajería, pero ahora que hablo de morirme van los fieles y se dejan ver de nuevo. Se ve -me digo- que levanta pasión lo funerario. Muy felices me las prometía pensando que por fin había dado en la diana de los gustos del público y que iba a poder aparecer como realmente soy, a saber: nada de un blogger anónimo y modesto, sino uno que lo que quiere es encontrar su filón para ser, como la Rowling, la mujer más rica de Inglaterra -pero en macho y español, a poder ser. Aunque las alegrías, ya se sabe, duran poco en casa del pobre y aquí me tenéis entristecido y preguntándome estupefacto, al considerar la cascada de respuestas, por qué tendrá la gente tantas sugerencias para un supuesto funeral de mis despojos. Y como ideas de ese tipo digo yo que no se improvisan, pues naturalmente me pregunto si con eso querrán decirme algo.
En fin: mejor será no darle más vueltas a la idea y aceptar, como aquél, lo bueno de lo malo. Bienvenidos sean los comentaristas y bienvenidas las ideas, a ver si con ellas podemos conseguir un acto memorable. La mejor, para mí, la que propone mafalda, que no os la voy a contar para que así la busquéis vosotros mismos. Está -claro- en los comments de la entrega anterior. Aprovechad para echarles a todos un vistazo y poner alguno vuestro. La idea que digo sólo tiene un problema: que no creo que los gestores del asunto quieran hacerlo. Yo lo dejaría ordenado por escrito, pero ya se sabe que eso es lo malo de estar muerto: que tú opinión no cuenta nada. Si no fuera así, hasta propondría gastar mis últimos ahorros en contratar unos mariachis y servir burritos y tequila, o en comprar dos camiones de tomates y montar allí mismo una tomatina funeraria. Claro que sustituyendo los tomates por berenjenas, que darían a todo el asunto un color más decoroso. En última instancia, a lo mejor se podría disparar una traca de esas largas que se extienden en la calle. Esto es algo que pasaría la mar de desapercibido y a nadie le iba a dar vergüenza: ya se sabe que por aquí las disparamos sin esperar a que haya un motivo para hacerlo.
Para rematar (vaya) el tema, diré sólo una cosa más: que nadie salga a hablar bien de mí. Que no es oro todo lo que reluce y todo el mundo deja su pequeño rastro de porquería. Así que -por favor- nadie salga a decir lo bueno que yo era: a la fiesta, y punto. Sale tan maquillada la biografía del muerto que nunca faltan oyentes que se pregunten si se habrán equivocado de entierro. No me avergoncéis diciendo que nunca olvidaremos su sonrisa cálida y acogedora, ni que siempre estaba ahí, disponible ni bla, bla, bla. El que más, el que menos, vergüenzas tiene que ocultar y además las cosas, la verdad, tampoco están saliendo como yo había pensado. Que sea más entretenido que bonito: me fastidiaría mucho ser la excusa para un funeral de esos en los que, con un emotivo discurso y una ceremonia encantadora, algunos encuentran la ocasión para lucirse. Si quieren su minuto de gloria, que se lo paguen o que se mueran, como yo. Será -para mi vergüenza- que no quiero que me roben el protagonismo o que, en el fondo, me aterra la idea de estar muerto. Así que sólo me faltaría, encima, tener que patrocinar juegos florales.
Y ya.

lunes, 22 de octubre de 2007

¡R.I.P.!

Este mensaje de hoy es un encargo que hago a los que se paseen por mi blog. Ya, con la de cosas que nos hemos contado y tiempo pasado juntos, puede decirse que nos conocemos y tenemos confianza. Incluso podríamos -es una idea- romper esa cuarta pared que nos aísla y quedar a tomarnos unos vinos para ver qué cara tienen dpm, MsNice y otros contribuyentes clásicos. Por poder, hasta Patafos podría dejarse ver, que se le echa de menos: él, por lo menos, escribía. Porque yo no sé qué pasa que hace tiempo que nadie me pone ningún comment, y ya se sabe que, como se dice en castellano, un huevo frito sin sal es como un blog sin comment en los post, que no tiene vida y resulta la mar de soso. Y todo este abandono llega, encima, en tiempos en que ando necesitado de apoyo moral. No es que me haya dejado arrastrar por la riada de laicismo radical que nos invade, pero sí por un raro arranque de ambición que me ha puesto en mal aprieto. Nada menos que empezar otra serie -que sólo reciben, vía e-mail, algunos escogidos- para contar cómo me van las cosas en esa otra ciudad a la que mis jefes me han mandado. Y, claro, ahora resulta que, como era de esperar, no me da el caletre para tanto y no sé, cuando se me ocurre alguna idea, si mandarla al blog o al mensaje por correo. Y mientras me decido no pongo nada en un sitio ni en el otro.

Abuso de confianza. Hoy se trataba, como íbamos diciendo, de pediros un favor. No es nada del otro jueves: tan sólo que me sirváis de notarios para certificar que, ahora que acabo de cumplir los cuarenta, viajo por las autopistas -que las carga el Diablo- y no me quito de la cabeza el súbito final de aquel amigo, me ha entrado así como una conciencia de que total son cuatro días y un no parar de recordar que, como decía mi abuela, casamiento y mortaja, del Cielo baja; y me parece que me pasa lo que a San Bruno, que tuvo el privilegio de ser testigo de su propio entierro. La diferencia está en que él, después del shock, fundó la orden de los cartujos mientras que yo, sin embargo, he decidido que si un día de estos me quedo en la carretera quiero -este es el favor- que en mis funerales
se ría mucho, se llore poco y se haga fiesta en lugar de duelo; que en vez de ataúdes se compren botellas de vino y de champán, que haya buenos canapés y que los pastelitos -eso sí- no sean de mousse que, si no lo tolero en vida, menos aún me los haréis tragar de muerto; que la gente, sin perder la dignidad, se coja un puntito a mi salud; que se cuenten chistes y anécdotas, preferentemente aquellas en que hice el ridículo o quedé como un marrano. Hombre, no digo que no se agradezcan algunas lagrimillas, pero de ellas me bastan las justas. Lo que yo quiero es una fiesta y que de mi despedida se pueda decir lo mismo que de la del viejo Baddy: que ha sido un funeral la mar de majo. Claro que él era en realidad Harold Lucius Badmington y yo no, pero supongo que algo se podrá hacer.

Y, como la confianza da asco, ahí van los detalles escabrosos: que hagáis el favor de prenderme fuego -venga- que siempre he sido un niño muy asquerosito y si viera que me estoy pudriendo os aseguro que me volvía a morir del asco. También es cierto que yo me tengo tirados algunos pedos que al olerlos poco me faltó para ir al Registro a pedirme una Fe de Vida, por si acaso y porque no podía creer que ciertos olores pudieran salir de un organismo vivo. Pero no es lo mismo. La verdad, por decirlo todo, es que me encantaría que me quemaran en un barco vikingo, pero me imagino que eso no podrá ser, porque son caros y difíciles de encontrar. En cualquier caso, que no sea en el Alinghi ni en el Desafío Español, que esos son barcos de plástico y la humareda sería, como la de las Fallas, negrota, fea y maloliente, y lo que yo quiero es, ya digo, una reunión de jolgorio, risa y chirigota. Así que, si resulta que me he muerto de un accidente tonto (por ejemplo que muy a la clásica haya resbalado en una piel de plátano o que tendiendo me haya caído por el balcón porque pasaba una rubia por debajo y de tanto estirar el cuello perdí el equilibrio), os doy permiso -qué digo permiso: ¡os obligo!- para que hagáis chistes al respecto e invitéis a la rubia a un traguito de champán. Y si alguien se la liga, que sea a mi salud. Que lo que quiero es marcharme dejando buen sabor de boca.

Pues, hala: dad fe.





viernes, 12 de octubre de 2007

Ya de pequeño huía de los desconocidos, y no me gustaba que me presentaran gente nueva. Para jugar, me bastaba con los cuatro amigos de siempre, y me sobraba todo lo demás. Si jugábamos a buenos y malos, prefería que todos fuésemos de los primeros e hiciésemos los segundos imaginarios, como si corriésemos el peligro de que un amigo, por hacer mejor de malo, se volviera de verdad. La posibilidad de que un compañero de juegos se volviese malo, aunque fuera fingimiento, e introdujese -quién sabe- cualquier clase de violencia (nos gritara, nos empujara), encerraba un horror parecido a imaginar que mi casa se quemara o entrara alguien a robar. Me gustaba jugar a Los hombres de Harrelson porque bastaba, para pasarlo bien, con los pocos que éramos. Seguramente así nació mi deseo de ser de la élite -no por creerme mejor, sino porque en ellas cabe poca gente. Me gustaba aún más el juego si me tocaba ser Te-Jota, el tirador, porque en esas ocasiones me mandaban a cualquier escondite, al acecho del malo, y allí podía quedarme solo imaginándome, tan a gusto, mi propio juego. Llegaba a mi puesto, le imitaba el gesto de ponerse la gorra con la visera hacia atrás y me sentaba a esperar que se acabara el recreo, la aventura completa discurriendo en mi mente. En esos juegos llegué a pensar que yo, de mayor, sería farero o guardia forestal: para que me dejaran en paz.

En algún lugar de la carretera de Segorbe, al salir de una curva, se veía, como un mecano gigante, por encima de las copas de los pinos una torre de vigilancia forestal pintada de rojo y amarillo. Diversas señales -que recordaba de otros viajes- me anunciaban la llegada inminente de la torre, y me quedaba mirándola todo el tiempo que la carretera me lo permitía, siguiéndola con la vista hasta que la dejábamos atrás. Me parecen trágicas las personas que se encuentran fuera de lugar, como el ignorante humillado en una reunión de sabios o el pariente pobre que se sienta a la mesa de sus primos ricos y no conoce las reglas de etiqueta. Le gustaría poder ser como los demás y, para evitar el ridículo, no hace la más mínima acción (desplegar la servilleta, pellizcar un trozo de pan, abrir la boca para hablar) que no haya visto hacer antes a algún compañero de mesa. Algo así me pasaba a mí con unos primos que tengo, y cada visita que me mandaban mis padres hacerles, con intención de no perder una relación difícil a causa de la distancia, me la pasaba observando las costumbres de la casa para no hacer el ridículo. Mi máxima ilusión era ser como ellos pero, sabiendo que he sido siempre torpe, observaba tanto, me vigilaba tanto y me censuraba tanto, que no conseguía sino ser, por los nervios, más torpe aún, y a cada momento me estaba arrepintiendo de lo que había dicho y avergonzando de lo que había hecho. Ellos se acordarán de una tarde en que me llevaron al cine más moderno y de moda en la ciudad y yo, a la salida, por querer andar por el vestíbulo con el gesto despreocupado y natural de quién desprecia los grandes acontecimientos sociales porque está -como yo me figuraba que mis primos estaban- acostumbrado a ellos, no hice más que tropezar con un gran cenicero, tirarlo al suelo y dejarlo cubierto con la arena que se salió de dentro. Y en el calor de la vergüenza que sentía me parecía que todo el mundo hacía un círculo alrededor de mí para mirar y censurarme, y que mis primos estaban en ese círculo también y avergonzándose de mí. Intenté poner el cenicero en pie y recoger toda la arena, pero un empleado del cine, de malos modos, me quitó del medio. Recuerdos como este me venían al pensamiento cada vez que veía esa torre forestal porque sus barrotes y sus tirantes metálicos decían que nada tenía que ver con ese bosque en el que estaba y que era, en realidad, de la estirpe de la Torre Eiffel, y me la imaginaba, como yo, como un primo pobre de esa otra tan brillante y admirada que, incapaz de soportar la comparación, había preferido retirarse, pintarse la cara e instalarse en un mundo más sencillo donde nadie pudiera hacerle sentir mal. Y yo, recogiendo la arena en aquel cine, era igual que aquella torre y sólo pensaba en desaparecer de allí y marcharme a algún lugar donde nadie se fijara en cómo cogía los cubiertos o pelaba una manzana.

Era que íbamos a ver a unos amigos a su pueblo. Sabiendo que allí estaban en fiestas, muy a gusto me hubiera bajado del coche y les hubiera pedido a mis padres que me recogieran a la vuelta. Ya os podéis imaginar, con el tiempo que nos conocemos, que no me muevo a gusto en las fiestas populares. No me gusta que me obliguen a estar contento, como dijo Mafalda, porque le dé la gana al calendario, y suelo irme por la puerta de atrás antes de que, sacándome a bailar, pisoteen mi derecho a no querer ser feliz, porque a lo mejor entonces me estaba acordando de una chica que me gustaba y me había dado calabazas, o me estaba arrepintiendo de una decisión que iba a dar un vuelco a mi vida y en ese momento, viendo la alegría de todos los demás, me daba cuenta del error.

Pero en aquellos días del pueblo el problema no era salir a bailar, sino que me obligaran a jugar con otros niños a los que me acababan de presentar, supongo que en la idea de que, si no hacía nada no era porque no quisiera, sino porque no tenía con quién: entonces algún adulto me recomendaba y a la fuerza les obligaba a admitirme en la pandilla. Pero aquellos niños desconocidos y yo sabíamos muy bien que a las pandillas no se entra por recomendación sino por méritos y que el recomendado nunca será más que un intruso que no hubiera dado, por sí solo, el nivel exigido; no lo aceptarán como a un igual y se reirán de él a sus espaldas como de un nuevo rico que entra en el salón de la nobleza más antigua. Así me dejaban ante los niños del pueblo, y yo percibía, por su forma de mirarme, que estaba siendo sometido a juicio y que el veredicto sería inmediato: que yo era un intruso, uno muy poco dotado para ser como ellos, un intruso que no iba a saber acompañarlos en sus aventuras, del que se podrían reír dándole esquinazo en alguna calle estrecha del pueblo. Ya sabíamos -ellos por verme, yo por conocerme- que a mí me iba a dar miedo pasearme por el muro arruinado del castillo.

jueves, 20 de septiembre de 2007

¡Saga!
(y Seis)
Mediado ya el mes de septiembre, parécenos insultante seguir hablando de viajes, tiempo libre y vacaciones. A vosotros y a mí nos parece que todo esto pasó hace ya tanto tiempo que ¿a quién le importa? Yo me encuentro en tierras interiores, secas y de castillos medievales; todo tan lejano de aquellos mares nórdicos que esto que os contamos huele a mentirijilla. Así que vamos a ir dando carpetazo a esta historia.
Últimos días. Los pasamos en breves visitas a Noruega y Suecia, más que nada por visitar de nuevo a Dani y coger un avión en Oslo. Lo de ir de okupas no dejó de causarme problemas de conciencia: uno siempre teme abusar, así que no hace falta que os diga lo que sentí al presentarme allá acompañado de Mr. Scrooge, el Vizconde y los dos Pepitos. Scrooge estaba, lógicamente, encantado de ahorrarse cinco noches de alojamiento y Pepito Fantasías, viéndose de nuevo en Suecia, experimentó un efímero renacer de sus latinloveras esperanzas. Luego no pasó nada, claro, y lo único que sacó en claro es que en Suecia al ajoaceite lo llaman aioli. Sí. Nuestra queridísima Lisa se fue a pasar el fin de semana con sus amigas, en plan de reunión de chicas, pero no nos dejó ir. Yo creo que a Dani y a mí nos hubiera llevado, e incluso al vizconde, pero que no quiso arriesgarse con los demás. Y es comprensible, pues teníais que haber visto los ojillos que se le pusieron a Pepito cuando lo supo y se imaginó una reunión de suecas. Vergonzoso. Luego, sin embargo, nos alegramos todos -incluso él- de no haber ido, pues supimos que la marcha loca del fin de semana había consistido en hacer jogging y subir montañas, actividades que, de haberlas emprendido, nos hubieran dejado en el más absoluto de los ridículos. Y más aún si al final, como siempre, adiós sueca. Así que no estuvo mal el dedicar nuestro tiempo a otras más españolas, como levantarse a las once, desayunar a las doce y salir a las seis a tomar cervezas. Fue entonces, por cierto, cuando descubrimos la curiosa costumbre de poner mantas a disposición de los clientes en las terrazas nocturnas, acompañada de la no menos sorprendente de no robar ninguna. Qué lástima que no podamos contaros algunas cosas más, todas curiosísimas, unas buenas -las históricas peripecias de Lasse-Maja, original mezcla de hombre de Alcatraz y travesti avant la lettre- y otras malas -sospechosísismas tentaciones eugenésicas-, pero el tiempo se nos acaba y algo hay que contar sobre Noruega. Ya dijimos antes que es la tierra que Alfredo Landa no pudo descubrir, donde las chicas están y son aún más ricas y hacen que Suecia parezca pobretona. Tienen en Oslo un museo nacional de pintura en el que, con buen criterio, te indican nada más entrar dónde está colgado El grito, de Munch, para que no pierdas el tiempo. No os perdáis el museo de los barcos vikingos -¡qué gozada!- ni, cuando vayáis a Bergen, olvidéis un chubasquero. ¿Qué si llueve mucho en Bergen? Bah, no tanto como dicen: sólo cuando del cielo no cae agua.
Despedida y cierre. Hasta aquí. Un avión nos llevó luego a casa y nos alegramos de dejar de vernos por un tiempo. Pero es seguro que volveremos a encontrarnos, pues hemos salido bien parados, después de todo, y hacemos buen equipo: cuando las fantasías de Pepito parecían meternos sin remedio en un apuro, ahí estaba el saber hacer del vizconde para esclarecer el malentendido y franquearnos puertas y amistades; y gracias al rígido -a veces espartano, casi sórdido- control presupuestario de Mr. Scrooge aún nos quedó dinero en el bolsillo para algún caprichito veraniego. Al despedirnos, ¡qué de anécdotas! ¡Qué de risas y abrazos en el aeropuerto!
- “¿Os acordáis de aquella vez en que estuvimos a punto de no visitar una isla preciosa porque se empeñó Scrooge en que el ferry era demasiado caro para el servicio que ofrecía? Menos mal, Biodramina, que pudiste hacerle entender que no habíamos hecho miles de kilómetros para plantearnos la relación calidad-precio.”
- “Exageráis, exageráis.”
- “¿Y cuando Pepito se puso tan contento porque una nórdica le había sonreído? El muy enfermo no quería entender que, siendo una niña de tres años, aquella sonrisa no significaba nada.”
- “Envidia cochina, que era noruega y a vosotros ni os miró. Y dentro de quince años estará de vértigo.”
- “¿Y cuando, en el autobús de Benareby, el último día, se quedó mirando a aquella chica tan guapa que se sentó delante de él y se quedó dormida? Estaba como hipnotizado.”
- “Es que era un ángel que se había cansado de volar. La butaca del autobús era para ella tan acogedora como la nube en la que seguramente vivirá en el cielo; y en el cielo parecía que dormía, plácida y profundamente. Le entraban a uno, mirándola, ganas de proteger su sueño con un abrazo. Con sólo estirar un poco mis brazos hubiera podido hacerlo.”
- “Y terminabas el día en algún calabozo sueco.”
- “Parecía cerca, pero en realidad estaba infinitamente lejos. Ella vivía en su mundo -quizá iba a su casa, quizá a encontrarse con alguien: en fin, con todas las consecuencias de lo cotidiano- mientras que tú, un extraño, estabas de paso y sólo podías mirar. Atravesabas su mundo en una urna de cristal, pegando al vidrio nariz y manos y deseando, como en un escaparate al revés en el que la mercancía pudiera escoger al comprador, quedarte con todo lo que estaba al otro lado. Pero ellos no te ven y tú no puedes hacer nada.”
- “Pero los hay que rompen el escaparate y saltan”.
- “Esos son los que se llevan la peor parte”.
- “¿Y cuando pillaste aquel mareo en el barco de Fugloy?”
Y así, hasta la última despedida, todo tipo de inolvidables peripecias.
Ché, qué bonito es viajar. Hasta la próxima.

martes, 11 de septiembre de 2007

¡Saga!

(Cinco)

Ya vueltos del viaje, añoramos nuestras andanzas y nos aburrimos tanto que hemos acabado enganchados a las pelis de Chuck Norris que ponen por la tarde en Canal 9. Confesamos aquí y ahora que han acabado gustándonos porque los malos que salen en ellas son, en lugar de verdaderos genios del mal -de esos que hacen planes para dominar el mundo-, bandas de gamberros que meten ruido con las motos, asustan a las ancianitas y se marchan de los bares sin pagar. Este tipo de abusones, expertos en maldades cotidianas, nos traen a la memoria a todos y cada uno de esos gilipollas que nos hemos encontrado en esta vida, a ese que nos humilló robándonos con chulería el sitio para aparcar -cuando nosotros lo habíamos visto primero- y, particularmente, a cierta señora que en un cine de Palma de Mallorca, cuando le pedimos que se callara de una vez, nos respondió con tanta ira y mala educación que nos obligó a hacernos pequeños en la butaca, mirar p’alante y no respirar en lo que quedaba de sesión. Pero Chuck es nuestro héroe y también nuestro psicólogo, y cada puñà de las que pega al final del episodio se la damos nosotros también, no al aire -como creería quien nos viera-, sino al chulo ese y a la señora aquella, cuyas caras llevamos marcadas a fuego en nuestro íntimo memorial de agravios.Uno sólo nos llevamos de nuestro periplo nórdico. Decía el folleto que todos los días a las nueve, a las doce, a las cuatro y a las siete, y sin embargo, aquel domingo a las siete, nuestro último día en las Feroe, no salía ya el barquito de los acantilados de Vestmanna. Algo, para nuestro asombro, olía a podrido en Dinamarca. Nos dijo la chica que -debíamos comprenderlo- por una sola persona no iba a salir el barco. Sorprendido, quise decirle que se fijara bien en que no éramos uno, sino cinco, aunque algo debió de temer el vizconde porque me retuvo cuando estaba a punto de abrir la boca. Pero no ha quedado en nuestro ánimo humillación ninguna: la chica, buena y compasiva, no quiso cobrarnos la merienda y así tuvimos, por primera y última vez, el consuelo de haber despertado en una nórdica algún sentimiento favorable. Y bien satisfechos que nos fuimos con ello, resignados ya -incluso Pepito Fantasías- a jamás levantar en ellas pasiones de telenovela. Por lo visto, tenemos percha de yerno, más que de fogoso amante, con lo que quiero decir que solemos gustar más a las madres que a las hijas (a estas alturas de la vida, ya podemos decir que a las abuelas más que a las hijas y a las nietas), de modo que es esta falta de puntería o error de marketing el argumento de la historia de nuestros amores: mientras unas nos ofrecen té y nosotros, levantando el meñique, nos interesamos por la salud de la familia, las otras, escondidas en la habitación contigua, llaman por teléfono a sus amantes. Será por eso que esta joven feroesa, de profundos ojos verdes, ha ganado el título de Nórdica del Año. El acuerdo, camino de vuelta al albergue, y antes de reintegrarnos en nuestra sociedad internacional de frikis, fue unánime. Que consten, no obstante, en acta las dudas de Mr. Scrooge: que era hija del dueño de los barcos de Vestmanna, sí, y trabajadora -también-, pero que esa invitación a merendar… ¿cuánto dinero le habrá costado a la empresa? Pepito quiso enviarle algún regalo por correo.

Yo, la verdad, lo comprendo, porque la chica valía el precio del sello. Pero al final no lo ha hecho porque no se le ocurre a uno qué regalar a la gente de estos países tan modernos en los que no les falta de ná, y hasta los que son de pueblo -como en mis islas- viven en un mundo de ovejas algodonosas y bonitas, acogedores prados y montañas para toda la familia, donde no llueve sin acuerdo previo entre nubes y autoridades locales, y si no atan los perros con longanizas es porque no hacen la matanza del cerdo, por no ensuciar y porque no existe el muesli con chorizo. ¡Cómo han cambiado las cosas!: se sabe que los vikingos dejaron fama de ser enemigos del jabón y a lo mejor era por eso, por el olor y no por miedo a la muerte, por lo que todos huían de ellos. Quién sabe si lo único que buscaban era gente comprensiva y sin prejuicios y ellos, sintiéndose rechazados por todos, acabaron poniéndose nerviosos y sacando la espadita a pasear. Quizá el pobre guerrero vikingo, falto de cariño, estaba más asustado que el inculto labriego al que perseguía y del que sólo esperaba unas palabras amables y un rato de charla amigable junto al fuego. Quizá sólo empuñara la espada para llamar su atención y tener algo de qué hablar. ¿Y si a partir de ese primer desliz no pudieron quitarse la mala fama de encima y la Historia no haya sido más que un malentendido? ¿Y si aquellos que acabaron saqueando Sevilla sólo hubieran venido buscando, en realidad, un lugar soleado en que pasar las vacaciones o un terrenito donde levantar -quién sabe- un ikea medieval en el que vender arados Vättern, armaduras Hemnes y bancos de iglesia Billy? Pero los prejuicios son muy difíciles de borrar y ahí han quedado los pobres, imagen de crueldad y porquería. Quizá sea por eso que nunca nos sentimos más vikingos -incultos de nosotros, descendientes de aquellos labriegos egoístas que no quisieron comprender- que aquel día en que tuvimos un pequeño percance con nuestra caquita en nuestros pantalones. No vamos a entrar en detalles, pues esto podría leerlo cualquiera y ya se sabe que los trapos sucios se lavan en casa. Lo malo no es que te pille, como a nosotros, tan lejos del hogar, sino que no hayas manejado nunca una secadora y las instrucciones estén sólo en feroés. Con la lavadora, mal que bien, se las arregla uno por tanteo y error, pero la secadora está en otro nivel de peligro: si toca el botón equivocado, la ropa puede salirle de la talla de la Barbie de su sobrina. Por la noche, encerrado en la sala de máquinas del albergue, reviví todas esas pelis en las que el chico, si corta el cable rojo, vive, pero si el marrón, todo explota. Pero ni patadas a lo Chuck ni consejos por radio del personal de la torre de control: más bien solo ante el peligro con la única ayuda de mi ejemplar de El gran Gatsby, que no dice nada sobre el tema pero permite esconder la cabeza entre sus páginas en momentos de máxima tensión. Hubo -sabedlo- final feliz y pude dormir con la cabeza alta y la ropa limpia, seca y de mi talla.¡Cualquiera se pasea por Noruega con la ropa estropeada y sin planchar! ¡Pues no es poco rico el paisito ese! Con deciros que van a comprar a Suecia porque la encuentran barata… Pero esto se acaba y nos veremos en la próxima. Besos.