lunes, 18 de diciembre de 2006

All you need is blog

Tengo fama de buena memoria porque soy de los que felicitan todos los santos, cumpleaños y aniversarios. También recuerdo las muertes, pero en estos casos no felicito. Sobre todo porque el destinatario no se iba a enterar mucho, y ya se sabe: si hay que felicitar, se felicita; pero felicitar pa’ ná es tontería. Últimamente me he dejado muchas felicitaciones en el tintero -o en el teclado-, y eso es síntoma de bajón anímico. Lo mejor, cuando estás de bajón anímico, es darle vueltas y más vueltas para asegurarte de no salir del paso. Esta práctica de mirarse uno el ombligo está muy extendida en todas las culturas y ha dado mucho fruto artístico. Yo no soy malo en eso (en mirarme el ombligo, no en el fruto artístico), y si fuera persona metódica y ambiciosa me plantearía ascender en el escalafón miraombliguil hasta alcanzar el grado de maestro porque aptitudes, a decir verdad, tengo. Para ganar campeonatos del mundo de Fórmula 1 no, pero para esto sí. Pero me dedico a ello de forma amateur, y esa es una forma de hacer las cosas que impone ciertas limitaciones. Mirad, sino, a Gaugin, que era pintor dominguero hasta que lo dejó todo por la pintura y para dolor de los estudiantes de historia del arte. El mejor libro sobre esto (no sobre Gaugin, sino sobre las autovistas ombligoneras) me lo recomendó una amiga psicóloga. Yo, a los psicólogos les hago caso según, porque a los expertos hay que hacerles caso sólo si lo que dicen te conviene. Total, el resultado va a ser el mismo. Pero en este caso valió la pena porque el libro es la mar de divertido y hasta puede que me haya servido de algo. No doy aquí los datos porque no sé si la SGAE estará detrás de todo esto. Bueno, sí lo digo: se llama El arte de amargarse la vida, de un autor cuyo apellido no voy a escribir aquí porque no lo recuerdo y ahora no quiero levantarme de la silla. De nombre se llama Paul, que de eso sí me acuerdo y además significa Pablo.

Todo esto de las felicitaciones lo hago porque me da pena que se pierdan las buenas costumbres pero, sobre todo, porque a mí me hace mucha ilusión que me feliciten. Lo malo es que luego poca gente se acuerda, y eso que mi santo es muy fácil de recordar si vives en Valencia, porque aquí por mi santo se montan unos festivales y unos ruidos que si no me quejo es por no parecer desagradecido. Lo que nunca he entendido es de dónde se habrán sacado que a mí me gusta celebrar mi santo de ese modo. Menos gente se acuerda de mi cumpleaños, y tampoco lo entiendo porque coincide con el día de Santa Eduvigis, patrona del pan sin sal. Mis hermanos, mi madre, y alguien más. Quien no falla nunca es mi amiga Laura, porque cumple justo una semana antes: si el suyo cae en jueves (pongamos por caso), el mío es el jueves siguiente. El día que ella nació fue el mismo día que mataron al Ché y también en Valencia se hacen grandes fiestas, pero no es por Laura (que se podría: motivos hay) ni por el Ché (que ya me extrañaría), sino por un santo al cual le ha venido muy bien el estado de las autonomías. A ver quién se iba a acordar de Sant Donís si ni fuera por el puente y por lo de las frutitas, que a mí -por cierto- siempre me han recordado mucho a las tonterías de Caramacum. Se acuerda mi madre de que, cuando ella era pequeña, su padre se la llevaba a la procesión del día de Sant Donís, y que en aquellos años no era fiesta ni nada y que a los pocos que acompañaban a la bandera desde l’ajuntament hasta la estatua del gran jaumeprimer (y viceversa) la gente les preguntaba por la calle: “Y esto, ¿por qué es?”.

Lo importante, en resumen, es que se acuerden de uno y que todos tenemos derecho a nuestro cuarto de hora de fama y a nuestras dos generaciones de memoria. Uno espera que de él se acuerden por lo menos sus hijos y sus nietos, y no entiende por qué hay que acordarse de Sant Donís durante más de seiscientos años: unos tanto y otros tan poco. ¿Qué tiene él que no tenga yo? Porque si es por lo de las frutitas, yo también podría instituir que el día de mi cumpleaños las parejas, por ejemplo, se embadurnasen el uno al otro con Nocilla y…Vale, sí, pero seguro que sería más entretenido que forrarse a mazapán. A lo que voy es que la memoria para el que se la trabaja, caramba, y que se reparta por igual. Pero como yo no tengo hijos ni por imperativo legal, lo que me queda es esperar que de mi cumple se acuerden mis sobrinos y si no es mucho pedir también los hijos de Laura si es que se les queda el aquel de asociar el cumpleaños de su madre con el mío.

Creo que, en el fondo, este bajón anímico tiene que ver con todas estas elucubraciones sobre el futuro. Es curioso: llevo unas semanas dándoos la matraca con mis antepasados justo cuando a mí los me preocupan son mis descendientes. Yo tenía pensado hacerme millonario, pero me contengo porque no sé a quién dejárselo. Podría encargar misas por mí durante los próximos quinientos años, pero esta idea esconde una dificultad lógica irresoluble o aporía: quien invierte en cosas tan tontas no se hace nunca millonario. Si eso diera dinero, los concejales de urbanismo se meterían todos a párroco. Yo creo que estos desórdenes -que me tienen el blog un tanto abandonao- son los primeros avisos de eso que se llama Síndrome de Hauser-DuFay, vulgo Crisis de los Cuarenta. Normalmente, cuando me dan estos bajones -que los noto en que voy dejando los calzoncillos sucios tirados por todos los rincones de la casa: en relación directa, o sea, a más calzoncillos, más bajón- me los arreglo, digo, comiendo chocolate de forma compulsiva. Pero esta vez, siguiendo los consejos del amigo Paul citado supra, me dedicaré a hurgar en la llaga con entusiasmo y dedicación. Ya os contaré los resultados. O no, si son buenos.

martes, 5 de diciembre de 2006

Ha habido una pequeña interrupción en el posteo, no sé si lo habréis notado. No ha sido por pereza ni por circunstancias de la vida: simplemente, tenía ganas de dedicar mi tiempo a otras cosas. Espero que mis lectores no se ofendan, pero tendrán que reconocer que el gusto por cambiar de actividad es bastante habitual en el género humano y, aún diría más, es algo muy arraigado en mi familia, que -obviamente- también lo es. Humana, quiero decir. Yo ya he cambiado de trabajo alguna vez y dado algunos giros a mi vida -no digo que todos acertados: algún día os contaré mi fantasía de que el tiempo retrocede. Tengo una prima -más valiente que yo- que acaba de hacer algo parecido, y no sólo con su trabajo. Y aquí viene a cuento el de mi bisabuelo, que también cambió de profesión cuando ya se aburría de la que tenía, y eso que ya era padre y comía huevos. Este don Esteban, que en el pueblo tiene calle y es un nombre troncal de la familia, era médico en esos pueblos de Dios en los que había que ir a caballo a hacer las visitas a domicilio, pero se ve que se aburrió de hacer siempre lo mismo o es que quiso un oficio más tranquilo. El caso es que pensó en hacerse farmacéutico, y de ahí a lograrlo no hubo más que estudiar en casa a ratos y marcharse a Madrid a los exámenes. Y aquí el cuento toma un camino interesante y enlaza con acontecimientos graves de la historia, porque el hombre, en vez de cambiar de vida, por poco no se la deja en la calle un treinta y uno de mayo de mil novecientos seis. En la Mayor, exactamente, porque muy cerquita le explotó la bomba que Mateo Morral dejó caer por la ventana con la indisimulada intención de matar al rey y acabó matando de rebote -literalmente- a unos cuantos que estaban por allí mirando el desfile. Al rey y a la reina no les pasó ná, y eso es lo malo de los magnicidios a bulto, que acaban pagando el pato los que no son magnos ni mucho menos. Hombre, es cierto que allí estaban mirando y se dice que la curiosidad puede matar, pero no creo yo que se mereciesen ese trato. Al fin y al cabo, la boda de un rey en ejercicio es algo difícil de ver y hasta el republicano más convencido hubiera -también lo estoy- dejado la conspiración por un momento para ver pasar la comitiva.

Bueno, pues estábamos en que la cosa le explotó cerca, ya podéis imaginar, y hasta algo de sangre debió de salpicarle. Pero la que se le quedó en la camisa y le costó tanto de lavar en la pensión se le puso ahí porque, pasado el susto y mientras el pánico cundía -¿qué otra cosa podía hacer el pánico?- arremangósela y en medio del caos en esa fecha memorable atendió a los que fueron oficialmente sus últimos pacientes como médico. Bueno, en realidad, nunca dejó de hacerlo, porque en el fondo de la rebotica del pueblo, entre partidas de cartas con las fuerzas vivas, nunca dejó de ejercer la medicina como acto de caridad. Es por eso que tiene calle, ya digo, y lo del entierro que diré después: por el buen recuerdo que dejó. Tengo un recorte del periódico local que habla de eso. El caso es que allí estuvo él, una especie de SAMUR improvisado y adelantado al tiempo, metido en harina y en sangre de espectador. Dicen que era muy modesto y no gustaba de presumir. Lo suyo, ya digo, a partir de entonces, fueron la rebotica, el vivir tranquilo y el vestir blusa negra de llaurador por encima del traje y la corbata. No creo que el rey supiera de eso aquel mismo día, ni aquella misma noche, claro, que más ocupado estaría él en cumplir con sus ineludibles tareas de Estado, pero ahí está la medalla que un tiempo después le concedió por su heroico comportamiento. Mateo Morral murió un par de días después llevándose un guardia por delante, pero no voy a contar eso ahora porque no sé nada más que lo que acabo de mirar en la Wikipedia, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí sé es que después de aquello se quedó por muchos años la costumbre de decirle ¡Tú, Morral! a alguno que hubiera hecho una barbaridad. Esto me lo contó un señor que no era de la familia pero sí muy viejecito y anarquista todo él. Total, que mi bisabuelo se murió en el cuarenta y dos y todo el pueblo fue al entierro, cuentan las crónicas, pero no por agradecerle lo de treinta y seis años antes, sino lo de todos los de después. Es que cuenta más una vida honesta que un momento heroico. Así parece y debe de ser cierto, pero esa máxima moral no es un consuelo para los que somos cobardes en el momento preciso y también a largo plazo: yo, como ya he asumido que valiente no soy ni seré y mucho me cuido de las ocasiones de ser héroe, tengo gran estima por este nobilísimo antecedente.

Esto me recuerda que al principio hablaba yo de cambios y resulta que me van a enviar a trabajar vaya usted a saber dónde, aunque yo sospecho que será, poco más o menos, a fer la mà o por esa zona. Así que voy a llamar a la comunidad autónoma para ver si la heroicidad del bisabuelo me puntúa para el concurso de traslados, y a la SGAE para preguntar si, llegado el momento, podría fotocopiar la medalla para incluirla en mi expediente. Que recién cumplidos los cien años del asunto, quizá ya hayan caducado los derechos de autor de la Casa Real, los de Morral, y que en paz descansen todos. Por quien más lo siento, por cierto, es por aquel guardia que sólo pasaba por allí. Ya se ve que morir es cuestión de pasar por allí. En la Espasa pone su nombre.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Dicen que la primera impresión es la que cuenta y yo sospecho que, a pesar de que muchos estén de acuerdo, es probablemente cierto. A mí, por ejemplo, Nicole Kidman me parece fea porque así lo pensé la primera vez que la vi, y ya no hay retoque fotográfico ni quirúrgico que me haga cambiar de opinión. Tampoco voy a ir al psicólogo para que modifique esa impresión al parecer equivocada, porque a Nicole y a mí qué más nos da lo que pensemos el uno del otro y además porque mientras siga viva Cameron Díaz para qué nos vamos a preocupar de otras. Lo que yo no sé es si este fenómeno de la primera impresión puede afectar también a un colectivo. Por ejemplo, ¿puede una condicionar a todo un pueblo? No digo un pueblo en el sentido en que se pone en los preámbulos de los estatutos de autonomía, sino en el sentido en que se dice que este puente lo voy a pasar al pueblo o a ver si te gusta este queso que lo hacen en mi pueblo. Lo digo porque mi abuelo era de Casabermeja y le gustaban mucho los coches. ¿Qué tendrá que ver? Pues el caso es que la primera vez que alguien llegó en coche allá arriba no tuvo mejor ocurrencia que hacerlo por la noche. Es comprensible que el destello de aquellos faros redondos -que más que faros, farolas- acompañado del ruido estruendoso y enemigo y el mal olor de los motores y el aceite requemao fueran capaces de asustar al más guapo del lugar. ¿A quién se le ocurre ir de noche? Y claro, pasó lo que tenía que pasar: que la primera persona que vio y oyó fue una vieja beata -que a saber de qué pecados andaba arrepentida- que pensó lo que tenía que pensar y se echó a la calle gritando “¡El demonio! ¡El demonio! ¡Que viene el demonio!” y puso a todo el pueblo patas arriba. Lo que no sé es cómo acabó la historia, si al conductor lo lincharon o qué. La verdad es que merecido se lo tenía, por tener tan poca consideración con el bienestar de los pueblos. Pero a mí me lo contaban por la risa y la ignorancia de la vieja, y yo me reía también, aunque ahora le tengo un poco más de consideración a ella y menos a los coches. Debe ser cierto eso de la sabiduría popular porque, a poco que uno lo piense, seguramente tenía razón al pensar que se le venía encima el demonio. Que se lo digan, si no, a la capa de ozono. Tradición, la verdad, había: Belcebú siempre ha sido hábil en el disfraz. Para eso es como Mortadelo y la vieja de Casabermeja, sin saberlo, una especie de Buffy Cazavampiros avant la lettre.

Tampoco sé si los de Casabermeja quedaron, con el espanto, escarmentados para siempre de los coches y otras máquinas infernales. Lo que sí sé es que al menos uno de ellos quedó, por el contrario, subyugado para siempre. Hay quien oye la llamada de la sangre, pero mi abuelo oyó la del aceite de motor. El caso es que llegó aquí, a esta ciudad de los escándalos, y al poco tiempo tenía ya la vida solucionada gracias al neumático, el asfalto y el motor. Aún llegué a ver su despacho en la plaza de los Fueros, una planta baja ya en franca decadencia, donde se compraban los billetes para ir a Sagunto. Algo de esa llamada la sintió también mi padre -no es tan raro, si uno se ha criado entre autobuses-, aunque luego fue por otro lado. Pero las familias siempre encuentran la forma de estar unidas y, bien mirado y a juzgar por las cifras de cada lunes, se podría decir que la medicina de mi padre y la funeraria de mi otro abuelo seguramente le debieron mucho al vehículo a motor. Igual que en otros tiempos pasteleros y cereros estaban en el mismo gremio, quizá hoy día hospitales, funerarias y fabricantes de automóviles deberían agruparse. Ya veis, yo, que ni siquiera tengo coche, a lo mejor es que soy sordo a la llamada de la sangre y por eso soy más bien del partido de la vieja. Ahora que, como nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre, y en todas partes cuecen habas y más en los pueblos pequeños, a lo mejor es la sangre la que me llama a las filas de la vieja. Que a saber de qué andaba tan arrepentida, aquella noche, cuando pensó que era el demonio el que venía a llevársela por sus pecados. Al menos, eso sí, venía a por ella en coche, que por lo visto le gustaban a la vieja las comodidades. En lo cual, mecachis, también nos parecemos ella y yo. Será mejor no menealla.

viernes, 3 de noviembre de 2006

Dicen que tenemos diez años para salvar el planeta; que, si no, el cambio climático se nos come y el mar, fundidos los polos, se nos bebe. Me pregunto si, cuando suba el nivel de las aguas y muchas casas queden sumergidas, seguiremos obligados los españoles a pagar la hipoteca. Que nadie se extrañe de que suban el precio de los pisos alegando que ahora cuentan con privilegiadas vistas al mar. Aunque lo lógico sería que las hipotecas, en ese caso, quedaran en papel mojado. Perdón por el chiste a cuenta de las cuentas de los demás. Bueno, el caso es que yo -honrado ciudadano-, en lugar de preguntarme qué puede hacer el planeta por mí, he pasado el día preguntándome qué puedo hacer yo por el planeta, que me parece que es, más o menos, lo que dijo Lincoln después de la batalla de las Termópilas. El dato me ha pillado al teclado de mi hardware instalando freeware, que es como decir muy finamente y en inglés con mil palabras que me estaba bajando cosas de Internet. Me he puesto un programa de hacer árboles genealógicos y ha sido de ellos, de los árboles, de donde ha bajado la idea que tranquiliza mi conciencia: que yo con tanto árbol estoy también reforestando. Sólo que, en lugar del monte, yo reforesto mi memoria histórica y así, de paso, de un tiro mato dos pájaros de gran actualidad.

Sin esperar a que suban las aguas me he puesto a bucear en mis raíces y en la aventura se me ha hundido la orgullosa y pretendida valencianía pura con la que me dejaba ver en las plazas de toros y los salones de la burguesía. Ha sido como si al buscador de galeones se le hundiera el barco mientras bucea o el Calypso arrasara con las hélices un banco de coral: ahora va y resulta que mis genes son oriundos de la provincia de Almería y cruzaron el Estrecho, por necesidad, en sentido contrario al que ahora se viene cruzando más. Los españoles pobres se iban entonces a Argelia a trabajar, y no por necesidad de arena, sino porque era entonces un departamento de Francia gracias a que Carlos X, el último Borbón transpirenaico, quiso, con este golpe de efecto, evitarse el mal trago de ser lo que al final terminó siendo. Ya digo que no le valió el truco y se tuvo que ir, pero al menos les valió a los Martínez para coger el equipaje y unas niñas que tenían y marchar a buscarse la vida en el desierto francés.

Será que lo francés tiene siempre un algo romántico y bohemio: el caso es que mis raíces se me ponen trágicas y se dejan enredar en el amor: la niña de los Martínez, católicos y pobres, pero honrados, va y se enamora de un ricachón, blanco y guapetón, dispuesto a renunciar a todo por su española. Quizá no esperaba, en el fondo, tener que renunciar a tanto, pero para mí que no calculó la fuerza del choque de civilizaciones que, por lo visto, no es un problema que haya salido ahora. Es que el hombre era además judío, por más señas sefardí, y yo no sé si por pobre, por inmigrante o por gentil -o por todo a la vez, que todos esos defectos los traía por dote Ana Martínez Román-, el caso es que los Benoliel se negaron rotundamente al enlace y ya tenemos a mis raíces actualizando, pero aplazando el final, Romeo y Julieta o Los amantes de Argel -cristiana ella, judío él. Lo digo porque el final lo supo mi madre, muchos años después, en esta ciudad que es el centro del mundo y que por entonces benolieles ni martíneces habían pisado jamás. Pero todo llegará y cada cosa a su tiempo. No se sabe a ciencia cierta que dirían los Martínez, si después de esto seguirían en tierras del francés, pero lo que sí es que el matrimonio Benoliel Martínez arrancó sin la aprobación de la familia paterna. Y sin su dinero, porque el chaval fue desheredado. Fue valiente, desde luego, y no es ahora el momento de preguntarse si no se arrepintió de su hazaña alguna vez. Pero era francés, qué caramba, y noblesse obligue y la Tour Eiffel.

Hubo un tiempo en que Orán estuvo llena de españoles y cerca, lo veréis en el mapa, hay una pequeña ciudad llamada Sidi Bel-Abbés, donde el matrimonio repudiado fue a instalarse para ver si podían empezar de cero. Allí nació mi abuela pero ningún negocio y como la falta de dinero se lleva fatal por mucho amor que uno tenga, pues al final la española se vino a Valencia con las dos niñas que tenía. Aquí le esperaba una hermana que se había casado con otro ricachón –éste, de raza y religión apropiadas- que había hecho fortuna en Cuba. Lo que ahora pienso es que aquellos Martínez que se fueron de emigrantes lo que tenían era un ojo para las bodas que ni los Reyes Católicos. Y allá se quedó, David el sefardí, repudiado por su familia, arruinado y abandonado por su mujer y por sus hijas. Bonita historia de amor, ¿verdad?

Yo no sé si aún hay benolieles en Orán, aunque sospecho que no debieron quedar muchos tras la guerra. Así que supongo que ya no tengo familia allí, pero no sólo por los hechos históricos, sino por una carta que encontró una vez mi madre. “Esta congregación ha recogido y confortado en sus últimos momentos”…, como era de temer, rescatado de las calles, a David Benoliel, vagabundo, solitario, agónico y borracho.

viernes, 27 de octubre de 2006

La primera palabra en muchas buenas historias es siempre "yo". Y a pesar de tanto egocentrismo el resultado no es nada malo, de donde se deduce que la calidad literaria y la calidad humana no tienen porqué ir de la mano. Y dándole vueltas a todo esto llegué a la conclusión de que este blog podrá ser de mala calidad literaria -y eso, según- pero lo cierto es que aquí hay una calidad humana que está fuera de toda duda. Pero, claro, como uno tiene la comezón del perfeccionismo, pues andaba preguntándome qué podría hacer yo para darle a nuestro querido blog un puesto digno en el electroparnaso global y, mira por donde, tuvo que ser este defecto -que yo no tengo- del egoísmo el que me puso sobre la pista: resulta que, después de casi cincuenta entregas, aún no nos hemos presentado como Dios manda. No es que vaya a pedir a dpm, MsNice, realice o patafos -por nombrar a los notables- que se desnuden aquí en las ondas, claro, porque con mucha razón me dirían que yo primero, que para eso soy el involuntario protagonista. No, claro que no: asumo mi responsabilidad y me dispongo a dar un primer paso para corregir este indisculpable error

La verdad es que alguna cosa ya se ha dicho, y la semana pasada estuve hablando de lo que no me gusta. Hombre, no deja de ser una presentación, sólo que en negativo y que puede dejar una mala imagen de uno. Tanto “no me gusta esto, no me gusta aquello” podría haceros pensar que soy un tipo maniático y caprichoso. Algo de eso hay, tampoco vamos a llamarnos a engaño. Pero, en fin, va a ser mejor que para no perderme siga de cerca a los clásicos y para ello he preparado el siguiente formulario literario clásico de presentación. Allá vamos:

1) origen geográfico-comarcal: Yo, señor, soy de Valencia [léase en modo apitxat].

2) origen socioeconómico: Yo nací entre las cortaduras del papel [esto no es cierto, pero la frase es que me gusta mucho]

3) nombre: Pues sepa Vuestra Merced ante todas cosas que a mí llaman Angelet.

4) edad y carácter (sinceramente): el otro día cumplí los treinta y nueve. Lo celebré de una forma un tanto extraña: me metí en una tienda de muebles y allí me concedí uno de los caprichos de mi vida. Estuve mirando saleros, estanterías de vanguardia y muebles que no sé para qué sirven y después me dirigí a la amable dependienta y le pregunté: “¿Me puede vender un libro?”. En fin, reconozco que es raro, sí, hablarle de usted a una dependienta, pero es que esa es una manía que tengo. “Es uno que tenéis en aquella estantería de allí, la de color caoba con apliques de metal”. Ella me dijo que, como no sabía si podía, tendría que hablarlo con el jefe. Ahí quedó claro que podría ser mona y buena gente incluso, pero que no era vendedora. Para eso hay que nacer. Conocí a una castañera -toda una señora y toda una vida de oficio- que sin dudarlo ni un momento me hubiera vendido el libro y de paso todos los demás de la estantería y al final la estantería misma, la cama y todos los complementos del dormitorio juvenil. Y más aún si se hubiera dado cuenta de que con aquello estaba yo dando salida a una de las ilusiones de mi vida, que era precisamente esa: entrar en una tienda de muebles a comprar uno de esos libros con los que decoran las estanterías. Muchas veces son falsos, pero en ocasiones son de verdad e incluso interesantes, de modo que cuando estás aburrido de ver mesitas de noche, todas iguales, te puedes entretener mirando libros. Pero aunque lo encuentres nunca intentas comprarlo por miedo a parecer raro. Pero yo ese día acababa de cumplir los treinta y nueve y me dije que ya está bien, oye, de tanto qué van a pensar. Tengo alumnos adolescentes que no saben qué hacer para que los guays de clase les den el placet y a mí ver eso me da mucha pena, cómo se esfuerzan los pobrecillos y ponen todo su empeño en humillarse y en llevarse las broncas y castigos que me toca repartir por aula y número de alumnos. Claro, que ya tendrán los que yo tengo, ya, como decía Shakespeare, y se darán cuenta de que lo que hay que hacer para reconciliarse con la vida es comprar libros en tiendas de muebles. La verdad es que aún no sé si los jefes de la chica me lo venderán o no, ni el libro me interesa tanto, pero a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que el intríngulis de la cosa estaba en satisfacer el deseo. Que son cuatro días. Por cierto, no intentéis esto en el Ikea: allí, los libros de las estanterías están todos en sueco. ¡Será posible!

5) otros datos, a ser posibles, positivos: pues, por seguir con las cosas buenas, os comento ahora que he robado poco, y cuando eso ha pasado siempre se ha tratado de libros. Robar es robar, pero los libros son como las gallinas del Lute y el pan de los hambrientos, que parece que robarlos es por necesidad y uno no es tan culpable. Es asombroso que haya podido hacerlo yo, porque, aunque diestro, tengo dos manos zurdas y de ellas se me han escapado siempre las cosas más preciosas. Calzo un cuarenta y tres y he cometido algunos errores importantes. La verdad es que no soy el de la foto que sale en la parte de arriba de este blog. El de la foto ni siquiera es amigo mío. No nos parecemos porque yo no nunca miro así a la gente, tan fijamente y con tanta dignidad. Me miro mucho en los espejos y consumo chocolate como un poseso. Me gustaría ir a Samarcanda, Tombuctú y Vladivostok, pero eso resultaría demasiado caro, cansado y peligroso. Vivo en la mejor ciudad del mundo, que lo es porque está cerca.

Espero haberme presentado bien. Y si necesitáis más datos, pues para eso están los comments y el tiempo. “¿Será por tiempo?”, como dicen en una película muy mala para verla pero muy buena para dormirla.

viernes, 13 de octubre de 2006

Una casa de 180 metros cuadrados podrá parecer grande, pero no lo es tanto como para tener un perro. Al menos, eso es lo que pensaban mis padres y yo siempre estuve de acuerdo con ellos, incluso de adolescente. Plantas había muchas, pero mi hermana pedía un perro y yo votaba en contra. Así que, casi por unanimidad, no tuvimos animales. Perro; porque animales, a decir verdad, tuvimos dos: una tortuga y un jilguero. El jilguero lo tuvimos muy poco tiempo, porque se murió de repente. Una noche fría de invierno nos lo dejamos en el balcón y al día siguiente lo encontramos tieso en el suelo de la jaula. No se puede decir que sufriera mucho. Me refiero a mí; el jilguero, no sé. Lo de la tortuga fue diferente: su desaparición es un misterio que aún conmociona algunas de nuestras cenas familiares, y estoy convencido de que nunca sabremos las razones últimas por las que decidió abandonarnos. Cuando fue vista por última vez vestía caparazón verde, patas redondas a juego y cabeza plana como una bandeja. Desapareció en la playa de El Saler y quién sabe si no será la nuestra la bisabuela de esas otras que allí han nacido hace poco, después de doscientos años de esterilidad tortuguil. Durante un tiempo, su bañerita azul con palmera de plástico verde quedó ahí, en casa, como denuncia de nuestra incapacidad faunística; hasta que a los dos o tres días alguien la pisó y santas pascuas.

O sea, que parece claro que nunca hemos sido muy hábiles con esto de los animales. Es que no teníamos de quien aprender. La mía no ha sido una familia muy sensible a los encantos de la fauna. Sí: veíamos, todos juntos, El hombre y la Tierra, y alguna lagrimilla se nos escapó cuando Enrique y Ana cantaron Amigo Félix. Pero hasta ahí. Después de eso, lo más, lo más, mis abuelos, que tenían un canario que cantaba mucho y bien, con el único defecto de que cantaba mucho y bien a todas horas. Esta es una cosa desagradable de los animales: que son ellos mismos sin poder evitarlo. Siempre se dice que lo malo de los seres humanos es que disimulamos nuestros sentimientos y ahogamos nuestros impulsos naturales, pero yo digo que menos mal y que no hay nada más insoportable que un tipo simpático que es simpático constantemente, sin poder dejarlo ni un momento. Afortunadamente existen la hipocresía y el disimulo, que nos hacen humanos y nos permiten vivir en sociedad. Hay que huir de los tipos que son siempre ellos mismos, porque son tan cansinos como el perro que ladra a todo aquel que pasa por delante, da igual que sea obispo, serial killer o concejal de urbanismo. Aunque estos dos últimos tipos humanos sean difíciles de distinguir.

Los animales, pues, pasaban por mi casa sólo de visita y los tolerábamos si no había otro remedio. Agradecíamos, eso sí, que las visitas se dejaran el animal en casa. Pero un día un cachorrito se comió las plantas que mi madre tenía en el balcón y, a partir de ese momento, fuimos inflexibles: todo animal que quisiera entrar en casa tendría que hacerlo ya envasado y en filetes. En ocasiones especiales podía hacerlo a l'ast y con patatas, que fue algo que se puso muy de moda a principios de los ochenta. Pollos a l'ast y videoclubes dominaban entonces el paisaje urbano mientras, en casa, manteníamos nuestra numantina y zoofóbica reserva.

El paso del tiempo todo lo cambia, ya se sabe, y no hay más que ver qué diferentes somos ahora mis hermanos y yo. En mi casa no hay nada vivo, salvo yo mismo, que por no tener no tengo ni una mísera maceta. En casa de mi hermana hay siempre, como mínimo, tres perros de guardia, y en ocasiones ha llegado a tener más de una docena a la vez. Así que ha cumplido con creces uno de los sueños de su infancia. Eso es algo muy bonito y yo me alegro por ella y por eso tolero la presencia perruna en su casa. En la de mi hermano, hace menos de dos años, entró un perro por primera vez y porque mi cuñada quiso, y la única explicación que encuentro a este fenómeno es que -dicen- a este tipo de cosas (a los animales, no a las cuñadas) o se acostumbra uno desde pequeñito o no hay nada que hacer. Será por eso que yo cambio de acera cuando veo un perro y también por eso será que más de un paseo por el campo he tenido que interrumpir al oir unos ladridos sospechosos. Pero, a pesar de los malos tragos, aún agradezco a mis padres el condicionamiento en contra. Por eso me extrañó que mi hermano le cogiera tanto cariño (al perro, no a su mujer) y por eso, cuando me llamó anoche para decirme que el animal se les había muerto de repente, no pudo evitar llorar mientras me lo contaba. Yo estaba por ahí de cena comiendo pollo y por primera vez en mi vida me dio un vuelco el corazón al enterarme de que un animal se había muerto. No sé si es que este perro se las había arreglado para resquebrajar mi condicionamiento o es que las lágrimas de mi hermano me conmovieron incluso a través del móvil y del ambiente ruidoso y cargado de humo.

El caso es que esta mañana me he levantado pensando en todo esto y, antes incluso de tomarme el Cola-Cao, he tirado a la basura un sobrecito con semillas de cebollino que iba a plantar. Las había comprado para ponerlo en las ensaladas, pero he tenido miedo de cogerles cariño.


viernes, 6 de octubre de 2006

Yo siempre había dicho que el mío no sería uno de esos blogs en los que el bloggero se despacha a gusto con lo que le gusta y lo que no le gusta y nos pone así la cabeza con sus opiniones sobre todas las cosas de este mundo. ¡Como si a los que leemos nos interesara saberlo! Me dan pena, estos tipos que no tienen nadie que les escuche y por eso se confiesan en el ciberespacio. Afortunadamente, allí hay tanto de todo que lo que se sube se pierde inmediatamente en la inmensidad, como al final de En busca del arca perdida. La abundancia, por tanto, no siempre es mala, porque nos salva de todos estos opinadores compulsivos. La verdad es que publicar en la red es lo mismo que no publicar porque, a fuerza de subir tantas cosas, nadie les presta la más mínima atención. Es lo que yo, estos últimos días, estoy sufriendo en mis propias letras. Ya casi nadie me pone comentarios en el blog: uno breve de realice, y gracias. Estamos sin noticias de dpm ni de MSNice. ¡Perdón!: que está patafos. Él, al menos, tiene la intermitente virtud de la constancia.

Total, que me dije: si ellos no cumplen, ¿por qué tendría que hacerlo yo?. Además, de entrada, ya sabíais que no soy de esos que mantienen sus convicciones a rajatabla. De modo que, tras haber considerado cuidadosamente todo lo anterior, tengo el placer de comunicaros que yo también voy a lanzar al ciberespacio mis opiniones sobre las cuestiones más candentes de la actualidad, y me voy a quedar tan pancho. Total, como no las lee nadie, pues tampoco arriesgo.

Tengo que decir, para empezar, que no me gusta la gente que habla en el cine. ¡La odio! Una vez me enfadé con unas viejas porque no paraban de hablar durante la proyección de Lost in translation. Les dije cuántas son dos y dos y ellas erre que erre se defendieron diciendo que, total, en ese momento los personajes estaban cantando. Como si las canciones no fueran película. Además -aclaré-, no cantaban: estaban de juerga en un karaoke y ése era un momento de gran importancia argumental . Aquí confieso (¡total!) que lo que me cabreó de verdad fue que, refiriéndose a la chica, a Scarlett Johanson (que Dios guarde), dijo una de las viejas: “Ella no vale nada”. Ahí logró sacarme de mis casillas, ya digo que lo confieso. Y de mi butaca, porque me puse en pie y todo.

No me gustan las momias, ni las criptas ni las catacumbas. Si me pierdo en Roma, no me busquéis en las de Priscilla ni en ninguna otra, por mucha pintura paleocristiana que contengan. ¡Qué asco, los cráneos y las calaveras! ¡Qué asco, los tejidos incorruptos! Una vez, en la universidad, pasé una clase entera de Civilización Egipcia con los ojos cerrados porque el profe tuvo la macabra ocurrencia de poner diapositivas de momias. “Cuando acabe, me avisas”, le pedí a un compañero. Me avisó cuando le dio la gana, pero eso es otra historia.

No me gusta la gente que grita para hablar, pero tampoco me gusta la gente que cuchichea en las bibliotecas. En las bibliotecas hay que estar callado, pero, puestos a hablar, prefiero que se hable en tono normal: el cuchicheo se te mete en la cabeza y no puedes prestar atención a nada más. Ya veis que mis manías son muy sonoras. Me horroriza el ruido, en resumen, y me dicen que eso es una desgracia para un valenciano. En la primavera valenciana se sufre más por el ruido que por los niveles de polen en el aire. Parece que si no disfrutas de una mascletà eres menos de la tierra. Pero no me hago problema de eso y si quiero me constituyo, yo solo y en menos que canta un gallo, en nacionalidad histórica. Lo que no sé es si ponérmelo en el preámbulo o en el articulado.

No me gustan los suelos de terrazo, pero en mi casa los suelos son de terrazo. O sea, no me gusta el suelo de mi casa. Por eso no lo barro con cariño. No me gustan los insectos. A decir verdad, no me gustan los animales y tampoco, en consecuencia, los documentales de La 2. Tampoco los punkis, porque con cada uno viene adosado un mínimo de dos perros pulgosos. Siempre: debe de ser que lo pone en la Declaración de los derechos punkis del hombre. No me gusta el aire acondicionado. No me gustan las personas que no devuelven el saludo, ni me gusta sentarme en asientos que conservan el calor del que ha estado sentado antes que yo. Es como si me sentara en el culo de un desconocido. No me gusta que los domingos por la tarde sólo haya fútbol en la radio. No me gusta la cerveza. Odio ducharme con agua fría. Me espanta chocar una mano sudada y tampoco me gusta que me den la mano floja. No me gustan las salas de espera en las que no hay nada interesante para leer. Prohibiría los cajeros automáticos que sólo dan billetes de cincuenta euros. Desprecio profundamente a la gente que es lenta en el uso del cajero automático, sobre todo a los que se leen el resguardo allí mismo. Reinstauraría la pena de muerte para los conductores que se arriman por detrás en la autopista para que te agobies y te quites del medio. Aunque, la verdad, a veces las circunstancias me conceden una satisfacción y ya se matan ellos solos. Tampoco me gustan los que dejan el coche en segunda fila y frenado, y eso que yo lo hice una vez, pero por descuido. Que no salga de aquí.

No me gustan los chicles de menta.

No me gusta que me apriete la ropa. Por eso llevo la camisa por fuera, por mucho que me cueste más de un disgusto con mi mamá. También por eso mi vestuario ideal son unas chanclas, un bañador y una camiseta. Sobre todo odio los zapatos que me aprietan los dedos. Mis dedos tienen que poder moverse libremente en el interior del zapato. En el mundo no debería haber Nesquik, pero el Cola-Cao debería ser obligatorio en todas las casas decentes. No me gustan los tebeos de superhéroes. No me gusta The sandman. Para eso, prefiero Los pitufos. No me gusta la gente que se queda parada en cuanto pone los pies en el vagón del metro. ¡Como si no tuviese que entrar nadie más! Tampoco me gustan las viejas que en el autobús se abren paso a base de empujones en los riñones, ni las que se te quedan mirando fijamente a la cara. Cuando lo hacen, yo las desafío y las miro también hasta que se rinden. Aunque a veces hay algunas que no se rinden. A esas las odio en secreto. No soporto las endivias, aunque lleven roquefort.

No me gusta mancharme las manos de grasa comiendo chuletas, y por eso no las como. Pero no me importa machármelas comiendo calçots.

Y sobre todo, sobre todo, odio que a los anuncios les llamen consejos.

Votadme.