sábado, 21 de abril de 2007

Nada, que no hay manera: desde que me aconsejaron eso de escribir cosas más serias, es que me he quedado bloqueado y no se me ocurre nada. Pero nada de nada. Tanto es así, que a este paso habré de cambiar el nombre de este blog y llamarlo Informe Mensual. No me resulta fácil hablaros en serio después de tantos post hablando en broma. No es que yo no pueda ponerme serio: es cuestión de costumbres y lo malo que tienen las costumbres es que no se dejan cambiar fácilmente. Es como cuando uno vive solo en casa y se acostumbra a ir sacándosela por el pasillo, para ir ganando tiempo, cuando tiene ganas de mear. El peligro es que sin darte cuenta lo hagas también fuera de casa. Imagino -volviendo a lo nuestro- que el truco debe de estar en encontrar un buen tema, digno y decoroso, que nos empuje a hablar en serio; pero es que siempre me pasa igual: que me pongo a pensar en serio y acabo pensando en mí mismo. Os lo digo porque hay confianza, y porque no creo -a decir verdad- que se trate de egoísmo, que yo tendré otros defectos, pero no soy lo que se dice egoísta. Un poco roñoso no digo que no, y por eso sólo traigo de mis viajes regalitos baratos. Ahora bien, que quede claro que no traigo nada para mí mismo, salvo el inevitable Astérix y Cleopatra, si lo encuentro. También soy muy perezoso, lo tengo dicho, y este es un defecto mayor porque está tipificado como pecado capital, pero no hago nada para combatirlo porque sería mucho esfuerzo y no me hago el ánimo de empezar.

Pues que no se me ocurre nada, y eso que hago grandes esfuerzos para concentrar mi mente en este problema. Concentrarse, sin embargo, es una rara habilidad que sólo tienen los caldos de gallina y algunos gurúes de la India y que resulta bastante inalcanzable para el occidental medio. El truco está -al parecer- en no pensar en nada mientras adoptas la postura de la flor de loto. Ambas cosas son tremendamente difíciles, a decir verdad, y no sabría decir cuál le saca ventaja a la otra en cuanto a dificultad. Dejar de pensar no se puede y además es imposible, que la cabeza de cada cual es como una autopista de ideas que van y vienen sin parar. Yo diría que a uno que no piensa en nada lo que le pasa es que está muerto. Y sentarse al estilo flor de loto es como comer con palillos, que es algo que esta gente lleva en los genes pero nosotros es que no hay manera. Total, que no me concentro ni a tiros. Todo esto lo sé porque una vez estuve en un cursillo de meditación donde un hombre santo, pacífico y oriental, intentaba enseñarme la posturita pero yo -erre que erre- venga a perder el equilibrio y a darme toñas en el suelo. A la tercera caída ya me dolía mucho la cabeza, y aquel fue el misterio doloroso para mí: que cómo era posible darse esos cabezazos contra el suelo si entre mi cabeza y la baldosa había una de esas alfombras gordas y sin pelo que se llaman tatami. Será que son pura apariencia o que mi cabeza es un proyectil, pero, si quieren que vuelva, a mí que me pongan un colchón. Total, que los viajes que se daba eran como los de la roca de Sísifo -ahí es ná- y al final me dolía tanto que era más que difícil la concentración. Y cada vez que como un Papa desorientado besaba el suelo con el cráneo, y después miraba hacia el cielo buscando ayuda y sólo veía a aquel Buda mío, sonriente en su flordelotesco equilibrio, todo lo que me salía de dentro eran invocaciones a Rambo para que viniera a salvarme de los charlies, por favor, y líbrarme de esta tortura, amén. Al final quise decirle: “Mire, su santidad, que la flor de loto no, pero puedo hacerle el pino, si no le importa, que también es vegetal”. “Y más nuestro”, pensé añadir, pero lo dejé estar por miedo a que me tomara la palabra: yo, es que tampoco he sabido nunca hacer el pino. El ridículo, sí, pero nunca el pino. Lo mío nunca ha sido la psicomotricidad, tanto me da que sea gruesa o fina. Véase, por ejemplo, para bailar, que es otra de esas cosas que siempre me han dado vergüenza. Es bailando, curiosamente, cuando más me parezco a un pino, y no cuando me pongo boca abajo. Una vez acompañé a mi prima a unas clases de baile de salón y al poco de empezar ya le dijo el profe que se buscara otro partenaire; a mí, que si no me interesaría más el sudoku, y a los dos que, vistos de lejos, parecíamos Ginger Rogers bailando con C3PO. Y no por culpa de mi prima. Tendría razón el hombre, vale, pero estaréis conmigo en que el consejo no era muy motivador. Y otras cosas que le hubiera dicho al fredastaire de agua dulce aquel si no fuera porque ya entonces eran políticamente incorrectas.

¿Veis? De nuevo sale lo que os decía: que no puedo evitar que vayan juntos el ponerme serio y el hablar de mí, mayormente de las cosas que me dan vergüenza. Es que habrá algunos que estarán encantados de haberse conocido, pero para otros el pensar en uno mismo es como una especie de tortura, y por eso tienen tanto éxito los programas de cotilleo. Yo, como no tengo tele, lo que hago es leer compulsivamente aventuras de los pitufos, y fantaseo con que soy uno de ellos y vivo en el pueblecito y pasamos el día sin preocupaciones, comiendo pasteles de nata y obedeciendo al Gran Pitufo. Es que es más fácil obedecer que ser libre, y por eso los que triunfan en la vida no son los empollones del cole, sino los listos. Pero veo que me estoy poniendo serio, demasiado serio, y voy a tener que cortar con esto.

sábado, 24 de marzo de 2007

Bueno: esta vez me pilla el post comiendo queso, y es cosa conocida que no resulta fácil ponerse serio cuando se come queso. Si vuelvo a eso de ponerme serio no es porque la opinión de mis amigos me obligue, sino porque los muy cucos pusieron el dedo en la llaga y llovió sobre mojado, y aquí paz y después gloria: que si debería aprovechar esta tribuna que se me brinda para transformarme en literato, y eso. Lo de literato lo pongo aquí porque es una palabra que al queso se parece en que me gusta mucho. No desde siempre, claro, porque el queso se lo dan a uno de pequeño, mientras que la palabra literato se la tiene uno que encontrar por la calle. Yo recuerdo perfectamente el día en que me la encontré: estábamos en Palma de Mallorca –la palabra y yo, pero cada uno por su lado-, trabajaba (yo) en el Arxiu del Regne de Mallorca y me paseaba por los depósitos de la documentación. Andaba (yo) entre los librotes del siglo diecinueve buscando los del barco de vapor llamado El mallorquín. En ese barco llegó a la isla, en 1838, George Sand con hija, hijo, criada y amante, y se volvió a casa al año siguiente y en el mismo barco. Todo eso lo acababa de leer en Un invierno en Mallorca. El libro lo escribió ella, y a lo mejor alguien se ofende si considero necesario aclarar que ella es George Sand, aunque seguramente fue en la pareja ambas cosas a la vez, un ella y un él, porque me parece a mí que era tan romántico este Chopin, el pobre, que no servía para nada y por algo se paseaba -ella- por París luciendo amante y pantalones. Ya veis, queridos amigos, que hago broma y me burlo del romanticismo, pero es una broma muy seria con la que intenta uno decir que en el fondo es un romántico incurable y además insatisfecho. Pero decirlo directamente me da vergüenza y, además, ¿a quién le interesa? Por eso hago el chiste, que a la gente le gusta y así, por lo menos, todos sacamos algo: yo lo digo sin decirlo y los lectores lo disfrutan. Y luego añado una nota cultural, que siempre viste mucho. Hoy, una recomendación cinematográfica: que si queréis saber, sin demasiado esfuerzo, lo que era un romántico, os recomiendo que veáis Onegin, una peli con Ralph Fiennes y con Liv Tyler en la que eso está muy bien cogido y ella sale la mar de guapa.
Bueno, ya voy volviendo. Que me hacía ilusión encontrar algún registro del viaje y entonces ocurrió que encontré la palabreja. En la segunda balda, según se mira, a la izquierda, estaban los libros de registro de pasajeros del paquete de vapor El Mallorquín. Saqué el volumen correspondiente y no encontré nada en 1838. No me acuerdo bien, pero creo que faltaban hojas. Busqué más adelante y encontré la página correspondiente al Viage de Palma á Barcelona, salida el 13 de febrero de 1839, á las 3 de la tarde, y en ella estas palabras, escritas a pluma con tinta azul oscura y clara caligrafía en un papel amarillo, crujiente y oloroso:
“Cámara de popa // Nº de pasageros / 1 / Nº de camarotes / 1 / Nombre y clase de los pasageros / D. Federico Chopin artista / importe en reales / 160 / ms / 00”
y, en la línea de abajo
“Nº de pasageros / 4 / Nº de camarotes / 1, 2, 3 y 4 / Mad. Dudevant literata con 2 hijos de menor edad y una criada / importe en reales / 640 / ms / 00”.
Me quedé mucho rato mirando, de pie, primero el trazo y luego las palabras: cuando tienes un libro de estos en las manos parece que se abre un pasillo en el tiempo y puedes ir y venir por él. También me ocurrió una vez que tuve en mis manos un papelote firmado por Felipe II y me quedé atontado mirando la firma de su propia mano. Yo el Rey. Observé los trazos de la pluma y luego los repasé con el dedo, como si así algo pudiera compartir con el escribiente que quizá tuvo delante a Don Federico, artista romántico a su pesar, y a Madame Dudevant, literata de armas tomar. Me costó darme cuenta, pero al final volví los ojos a la palabrita: literata. Me quedé dándole vueltas y desde entonces ya no he parado. Literata. Es una palabra antigua, cómica y potente. Nada le sobra ni le falta y está cortada en su justa medida. Es una palabra que parece hecha por un sastre. No puedes llevarla en el trabajo, y sería indigno hacerlo en una fiesta de disfraces. Es para tenerla en una caja de madera y sacarla en ocasiones, cuando vienen a casa los amigos. Hay en Valencia una calle que se llama del literato Azorín, pero en masculino no es lo mismo, aunque la uso por imposición natural.
Digo que la uso, pero nunca referida a mí. Tengo algún amigo que podría usarla con pleno derecho, pero ya me imagino que no querrá por lo que la palabrita tiene de oficio y de antiguo régimen. Esta es, en fin, otra de esas cosas serias de las que prefiero no hablar: que al literato Azorín -que murió, por cierto, en 1967- le daba el alba escribiendo y yo, lamentablemente, siempre he preferido el sofá a cualquier esfuerzo continuado y por eso lo normal es que me dé el alba durmiendo y así no hay manera de hacer nada serio. En la vida todo es cuestión de hábitos, ya se sabe. Por cierto, que una de las últimas veces que salí de juerga me encontré con un conocido de los tiempos de la universidad y resultó que estaba trabajando de asesor de un político señalado. Me dijo dos cosas: que estaba ganando más dinero que nunca y que si yo no lograba cosas más importantes era porque no confiaba en mis posibilidades. “¿Qué cómo lo he hecho? Los he seducido (sic), y tú no lo haces porque no te atreves”. Y añadió: “No sé qué es lo que te pasa, pero la verdad es que nunca he conocido a nadie que confiara menos en sí mismo”. Vale que nuestras facultades mentales estaban considerablemente mermadas por la hora y el abuso del alcohol, pero también que in vino veritas y con eso me dejó un par de semanas profundamente touché, tanto que no hallé otra solución que dejar de pensar en ello y dormir un poco más. Dormir siempre ha sido una buena solución para todo tipo de problemas.
Besos a todos, pero el más grande que sea para dpm, que también ha vuelto.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Me dijeron unos amigos que mi colección de discos era asistemática, y con eso me dejaron frito. No contentos con ello, fueron y la misma noche añadieron que el mejor post de este blog era aquél en el que hablaba de la muerte de mi padre. Dijeron, nada menos, que estaba un nivel por encima del resto. No me informaron de a cuánto está el nivel, en valoración literaria, pero me dejaron con eso pensativo. Al día siguiente, cabizbundo y meditabajo y hojeando el manual de Ética del instisusto, me encontré con una cita de Aristóteles en la que dice que la parte mejor del hombre es la parte seria, y no la que se dedica a la broma y a la risa. Así que, juntando todas estas piezas, llegué a ver clarito, antes que nada, que mis amigos estaban hechos unos peripatéticos de tomo y lomo. Eso mola: más vale tener amigos cultos que tenerlos ignorantes. Lo segundo que vi es que, si ellos eran así como acababa de descubrir que eran, iba a tener que dejarme de tonterías y ponerme serio para mostrar la mejor parte de mí y que no me tuvieran por menos. Con razón me preocupaba, y también os preocuparíais vosotros si, como me pasó a mí, los que os dijeran todas esas cosas fueran gentes de pro que hasta tienen publicaciones y todo. Eso quizá no os impresione y digáis que vosotros, publicaciones, también tenéis. Vale, pero yo no me refiero a que tengáis el periódico de hoy encima de la mesita del salón, no: yo me refiero a libros con su nombre en el lomo. Vamos, que los han escrito ellos, por decirlo a las claras y speaking in silver, que se dice en inglés con tres palabras.

Pero Aristóteles también dijo que estaba bien y era justo que hubiera esclavos, y que la mujer era un ser inferior, de donde se deduce que entonces, en Atenas, no se celebraba el 8 de Marzo. Conocí una chica italiana que ese día recibía flores, como en la canción de Cecilia. Hago la comparación porque ambas cosas me parecen la mar de cursis. Total, que el filósofo es como la cigüeña, que se equivocaba, y a pesar de todo yo tengo la canción de Cecilia en mp3. Así somos, qué le vamos a hacer, y no será la primera vez que en este blog confiese que soy un ser tremendamente contradictorio.

Pues el caso es que si tengo que hacer posts un poco más serios, como aquel que les gustaba tanto, voy a tener que enseñar las vergüenzas, porque no encuentro nada más serio que contar que todo lo que nunca me he atrevido a decirle a nadie. Y, sin embargo, si no lo digo por alguna razón será. Por alguna razón será que me ando siempre por el lado cómico y me río de esto y de aquello, y sostengo que el humor, como dijo aquél, es una cosa muy seria y es un prejuicio eso de que lo serio es mejor que lo cómico. Por alguna razón será que nos pasábamos los fines de semana de cuando éramos jóvenes sentados en las mesas de los cafés hablando de política, de libros y de religión, y mirábamos por encima del hombro a los que se iban a bailar, pero yo miraba a la vez por encima del hombro y con envidia, porque no me divertía y no me divierto y sentía que la vida se me pasaba y se me pasa sin disfrutarla mucho. Por esa misma será que me pongo a recordar y me arrepiento de no haberme divertido más y de haber hecho más caso a Aristóteles que a Aristipo (¡toma cultura de sobrecillo de azúcar!), y también de haberme mirado tanto en el espejo sin quererme y de haberle dado tantas vueltas a las cosas, total, para al final no llegar a nada y concluir que no debo ser tan listo como dicen, porque parece ser que la mejor inteligencia no es la más seria, sino la que más te acerca a la felicidad. Debería juzgar los niveles de una por los de la otra, pero no me atrevo a hacerlo. Pero sí me llega -puñetera ella- para saber que no sería justo echarle la culpa a ningún griego, ni tampoco a ningún judío ni cristiano, sino a uno mismo que, para colmo, ya no es judío, griego ni cristiano.

Por esa misma será, pues, que hay cosas de las que no quiero acordarme y prefiero escribirme unas risas a ponerme trascendental, hablar del tiempo a hablar de mí y contar un chiste a contar la verdad.

Pero, claro, la cara es el espejo del alma y la verdad es como el suro, así que buscad, buscad, que cosas muy serias seguro que se encuentran en este inagotable tesoro de ingenio y gracia que es el archivo de Informe Semanal.

Por cierto: bienvenidos todos.

martes, 23 de enero de 2007

Self-made-men.

Acaba de inventar el coche volador, y por la faena le han dado todos los premios al chaval, ayer estudiante y hoy espejo de empresarios. Me corroe la envidia, hombre, y me siento como el Salieri de Amadeus, que se proclamaba Santo Patrón de los Mediocres. Dijo Aristóteles que en el término medio está la virtud, pero eso ahora no me consuela. Hace años, cuando la moda de los yuppies, se decía que “quien a los cuarenta viaja en metro, es un fracasado”. Tengo la mala costumbre de compararme con quien no me conviene, y eso -siempre según los psicólogos- es una mala jugada que nos hacemos a nosotros mismos. También lo decía Susanita, que sabía mucho de la psique humana. Aunque, ahora, la mayoría de los yuppies de entonces -para mi consuelo- ya estarán calvos o la cocaína los habrá dejado en la cuneta. Será cosa de la justicia distributiva y del tiempo, que todo lo pone en su sitio. A mí, a punto de cumplir los cuarenta, donde me pone cada mañana es, precisamente, en el metro. Y de pie. Será que es mi sitio. Aunque ya podría el destino haberme reservado asiento. No hacía falta que fuera con ventanilla, que yo no pido tanto. Pero, por lo menos, sentarme. Pues no. Qué le vamos a hacer, oye: al menos nos queda el consuelo de criticar el concepto de fracasado, actitud que siempre queda muy antiamericana y muy intelectual, diríase galorromana.

De todos modos, ya sabéis que yo no tengo personalidad y por eso hay días en que me viene a la cabeza esta clasificación perversa e intento comportarme como si fuera un triunfante tiburón de los negocios. Y del subterráneo, porque es en el metro donde suele uno pensar en estas cosas: te ves tan vulgar, ahí tan apretujao contra la humanidad, que necesariamente buscas la manera de distinguirte. A mí me da por simular el comportamiento eficiente del ejecutivo: me gusta imitarlos sobre todo en los gestos, que deben ser necesariamente productivos. Me encanta meter la mano en la mochila y sacar de ella, inmediatamente, el abono-transporte. Ya sé que el abono-transporte no presta look ejecutivo, pero es la eficacia lo que busco: que solicitar y lograr sea todo uno. En la escalera mecánica, nada de curiosear los culos de las muchachas que están delante: se trata de llegar a la salida con la tarjeta del abono fuera de su fundita, para no perder tiempo. Parecerá una tontería, pero pocos empresarios serían capaces de sacar la dichosa tarjetita de su funda en menos tiempo que yo. En esos días, nada de hojear el periódico, no: en el metro va uno leyendo documentos del trabajo. Claro que en mi caso, en lugar de un informe de fusión de empresas o de los resultados del Stock Exchange, lo que llevo es el control de geografía de Paquito, que se resiste a comprender que París es la capital de Francia. Pero, oye, a mí se me antoja tan importante como el Wall Street Journal: triunfar, en el fondo, es cuestión de voluntad. También ayuda, claro, que hace tiempo que imprimo los exámenes en papel color salmón.

Estas fantasías me entran en el metro, ya veis. Luego salgo a la calle y con el frasquete mañanero se me pasa. Pero a veces, vaya usted a saber por qué, me sigue hasta casa el gusanillo del triunfo y me da por hacer balance de mi vida, que, dada la modestia de los logros, más que balance es balancín. Y, como soy muy juguetón, me columpio. Por eso a veces me cabrean tipos como uno que el otro día, en la radio, se despachaba diciendo que los jóvenes españoles deberían ser todos empresarios, y que ser funcionario, ¿a quién se le ocurre? Lo que había que hacer era ser emprendedor y no tenerle miedo al fracaso, oye, con un par, que fracasar una y otra vez era algo que estaba la mar de bien: ¿que fracasabas?, pues te lamías las heridas un ratito, luego te levantabas y volvías a empezar. Todo con tal énfasis en el sacrificio que me parecía a mí que el camino empresarial discurría en paralelo al de la santidad. Uno lleva al Monte Carmelo y el otro, al Consejo de Administración. En algún lugar se encontrarán.

No digo yo que no. Lo malo de esta catequesis del riesgo es que aún no se ha encontrado el predicador adecuado. El de esta mañana, después de mofarse de los miles de tipos que intentan sacarse una placita de administrativo, ha resultado ser él mismo empleado de una universidad pública. Esto me recuerda que una amiga mía -ahora funcionaria, qué lástima- tuvo en años de la universidad un novio que era mandamás de una empresa con mucha facturación y muchas campanillas. El chorbo aquel, flor y nata de emprendedores y espejo de capitalistas, se escandalizaba de nuestro sueño funcionarial y nos auguraba triste vida de asalariados. En aquel entonces -¡oh, dulce juventud perdida!- oyéndole me acusaba, ¡miserable!, de querer tener un sueldo y nada más. Ahora, cuando lo recuerdo, me vienen a la boca -madurez bendita- un par de cosillas que podría haberle dicho, mayormente que nosotros, para ser funcionarios, tendríamos que aprobar una carrera y luego medirnos con un montón de tipos que tendrían los mismos méritos y pocos padrinos que todos los demás. Pero, ¿y él? Si estaba donde estaba era por ser hijo de su padre, dueño y fundador de la empresa. ¿Qué había hecho para merecer su puesto? Nacer, y nada más. Que lo suyo, bien mirado, era tanto como ser el heredero de la corona, que será algo muy digno, no digo que no, pero que tampoco es que te hagan pruebas de aptitud.

Claro que existen los verdaderos self-made-men del título de este post, pero esos sí que tienen un discurso que es todo él catequesis con doble ración de moralina y autobombo. Si les oyes hablar, sólo te contarán cuánta miseria padecieron siendo niños y qué duramente y sin descanso han trabajado. Ya digo que no les quito mérito y que les aplaudo el riesgo y la faena, pero es que parece que el mundo lo hayan inventado ellos. Digo yo que sin un sistema y una sociedad alrededor no hubieran podido hacer nada. ¿O es que emprenden desde la nada? Alguna manita les habrá echado alguien. Es que, si les haces caso, al final te da vergüenza cobrar a fin de mes. No me meto, no: sólo digo que aún está por ver que la Medalla del Mérito al Trabajo se la lleven una chacha, un camarero y un taxista. Parece que la tiene Paco, el Pocero. No digo más. El gran Tip sí que supo ponerse serio y cuando se la dieron replicó: “Pero, ¡si yo no he dado golpe en mi vida!”. Santo varón.

A lo mejor, para quitar hierro, podría contar aquí un par de chistes de funcionarios, que son bastante buenos, pero seguramente lo mejor fuera contaros las vivencias de mi anterior vida funcionarial, que eso es mejor que cualquier chiste y encima da para tres o cuatro capítulos de Expediente X.

sábado, 13 de enero de 2007

1967
Es un año famoso porque Uderzo y Goscinny publicaron Astérix y los normandos y Astérix legionario, Peyo publicó La pitufita y Franquin, el gran André Franquin, publicó el quinto álbum de Gaston Lagaffe. Bueno, también los Beatles sacaron el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, pero eso, en mi opinión, es lo de menos. El mundo estaba entonces la mar de hippy, alucinado, psicotrópico y oriental, y en eso nací yo. Al día siguiente se murió Pu Yi, el pobre, que había sido el último emperador de China. No hay -por mucho que así se haya dicho- relación causa-efecto entre mi nacimiento y la muerte del emperador, como tampoco la hay entre el nacimiento de Nacho y la publicación de El mono desnudo, de Desmond Morris.

En 1967, pues, vinimos al mundo: Marián, Laura, Marcelino, Nacho, Herminia, Raquel y yo. Nada hacía prever, en principio, que Marcelino sería subdirector de algo ni que se iba a cambiar de jersey. Claro que tampoco estaba tan claro que el mundo no fuera a reventar, cualquier día, de un bombazo atómico: para algo instalaban rusos y americanos sus nuevos misiles intercontinentales. Porque una parte del mundo estaría feliz y psicodélica, sí, pero el resto, aunque en plena Guerra Fría, estaba la mar de calentito. Son esas cosas incomprensibles que tienen la vida y la mecánica de fluidos. Empieza la guerra de Biafra y de ella nos queda una foto difícil de asimilar, por muchas de niños famélicos que hayan venido después. Vayan sumando temperaturas: Guerra de Vietnam, Guerra de los Seis Días, golpe de estado en Grecia, Revolución Cultural en China…y en Islandia termina el parto de una isla nueva en tan sólo cuatro años. El mundo moderno tiene prisa. ¿Por qué esperar interminables eras geológicas? El mundo se transforma ante nosotros para que podamos verlo, y en un abrir y cerrar de ojos surge del fondo del mar la isla Surtsey, con luces, taquígrafos y mucho aparato de humos, lavas y volcanes. Y entonces no sé a qué genio se le ocurrió comercializar el primer microondas doméstico: como si el mundo, ya digo, estuviera poco calentito. Algo había que hacer para terminar con tanto calentón y menos mal que para eso doctores tiene la Iglesia: en 1967 prohíben la entrada al Vaticano en minifalda y rematan la cosa con la encíclica Sacerdotalis Cælibatus. Apriétese el refajo, padre. Lo que me lía es que un poco antes, el mismo año, Pablo VI había dictado la Populorum Progressio. Ya digo que me libre Dios de enmendar al Santo Padre y a toda su corte, pero me pregunto yo cómo, con tanto Cælibatus, puede haber Populorum.

La fama cuesta, ya se sabe, y llega cuando menos te la esperas. Que se lo digan, si no, a Joseph Pilates y a Stanley Morison, dos tipos que se murieron sin sospechar la que iban a tener cuarenta años después: hoy día, si quieres desplumar a alguien en un gimnasio, basta con mencionar el apellido del primero. Y el segundo amigo es el diseñador de ese tipo de letra que el Word trae por defecto, o sea, el Times New Roman. En homenaje a él pongo en Arial todos mis post. Todos esos se morirían, sí, pero nació Pamela Anderson, con lo cual no sufrió merma apreciable la cantidad de carne en el planeta. Todo tiene su compensación, al parecer, y a eso se agarran los que creen en la reencarnación. Lo que no entiendo es si la cosa funciona mecánica o burocráticamente: en el primer caso, en cuanto te mueres te reencarnas en el primero que nazca, y ya te apañarás; en el segundo, recién muerto entras en lista de espera mientras puntúan tu currículum vitae y ya, si eso, te asignaremos algo pronto, se publicará en el tablón de anuncios, ¡el siguiente! No sé cuál de los dos métodos es mejor, aunque por el bien de Laura espero que no sea el primero: ella vino a nacer más o menos al mismo tiempo que mataban al Che Guevara y, la verdad, menuda responsabilidad ser su reencarnación. A ver qué te van a pedir que hagas, si se enteran. Yo, desde luego, no lo soportaría. Lo que no me importaría es ser emperador de China, ya ven, siempre que no me obligaran a comer cerdo agridulce y que fueran tiempos mejores para ser emperador chino: es una titulación con muy poca demanda y el pobre Pu, que moría más o menos cuando a mí me ponían el primer pañal, acabó ganándose la vida trabajando de jardinero.

Es que el mundo no era fácil entonces, y menos mal que siempre hay noticias pintorescas para alegrarle a uno el desayuno. Aquel año de 1967 encontraron en Madrid dos códices manuscritos de Leonardo da Vinci. Pero no es que estuvieran en un vertedero ni en sitios raros, no: los encontraron en la Biblioteca Nacional. Se pregunta uno si es que los tenían debajo de las patas de una mesa coja, o qué. A Dios gracias que no los utilizaron para envolver pescado. Lo digo yo, que he visto hacer tortillas de ajos y asar sardinas en un museo. Ese año comienza la costumbre de rociar con champán, cuando el piloto gana la carrera, a público y periodistas. Fue ocurrencia, en Le Mans, de un tal Jo Siffert, llamado -cómo sería el gachó- el suizo loco. Aunque lo verdaderamente pintoresco es que el tío no ganó, sino que quedó el quinto. O estaba loco o es que no sabía contar. O, también, que roció al personal con el champán que le sobraba.

Tengo un amigo que se ríe de mí y dice que soy como el abuelo Cebolleta, pero es lo que yo le digo: “Peor es lo tuyo, que eres del año de Naranjito”. Y, claro, se tiene que callar.

Muchas felicidades.

jueves, 4 de enero de 2007

En cuarentena.

La del alba sería, querido lector, cuando te dejé tó preocupao al haber mencionado la temida crisis de los cuarenta, y así me lo has hecho saber. No quisiera haber exagerado la situación y he de reconocer, la verdad, que a veces el medio impone sus condicionantes al mensaje, como dice el refrán, y se pone uno dramático y excesivo sin venir a cuento. No es para tanto ni se debe -por ir metiéndonos en harina- permitir que unos numeritos vengan a decirnos cómo nos hemos de sentir. Al fin y al cabo, no son más que signos que no son ni buenos ni malos, sino lo que nosotros queramos. En eso son como el dinero, que no es bueno ni malo, sino según. Ahora que, dinero, mejor mucho que poco, mientras que, años, mejor pocos que muchos. Alguna diferencia tenía que haber, claro, aparte de ser dinero una palabra incontable y años una contable. También es curioso, por cierto, que dinero sea una palabra incontable. Tendrán que ver eso los filólogos. Pues el cuarenta, decía, a poco que pienses en él, resulta ser un número muy popular y entretenido, que da mucho juego, aparte de cantarlas en los naipes.

Están, por ejemplo, los cuarenta ladrones, que serían cuarenta y uno si contáramos a Alí Babá, y cuarenta mil si también a los que se dedican a la recalificación de suelos. Bueno, seamos respetuosos con la tradición y dejémoslo en cuarenta sin Alí, del mismo modo que los tres mosqueteros eran cuatro con Dartañán y tres sin él. Cuarenta son también los grados que según los chistes siempre tienen en Sevilla, y cuarenta son los Cuarenta Principales. Yo siempre he tenido la inconfesable fantasía -no sé si sexual: vaya usted a saber- de que una hermosa rubia me seducía una noche así por las buenas, me llevaba a su casa y resultaba que la tal era espía del KGB y al sucumbir a mis encantos me confesaba que los suyos poseían una cinta muy top secret en la que tenían grabada la canción número cuarenta y uno, y que pensaban radiarla una Nochevieja para así, con ese golpe bajo, desestabilizar irremediablemente nuestro corrupto sistema occidental. “¿Qué necesidad hay de desestabilizarlo, si está corrupto?”, iba a replicar, pero en esas escuchaba yo la cinta y resultaba que era una canción de María Ostiz y comprendía con ello la maldad del plan judeo-masónico-marxista. Pero como la espía estaba la mar de maja, pues me daba igual.

El cuarenta es un número muy religioso y simbólico. Cuarenta días son los que pasó Jesús en el desierto, que es algo que sólo puedes hacer si tienes vacaciones de maestro. Claro que él lo era: los apóstoles lo sabían y le llamaban siempre así. Me pregunto si para ser un buen maestro será necesario hacer las mismas cosas que él hacía, como ascender, transfigurarse, resucitar y otros deportes de riesgo. Hombre, si todo eso diera puntos para el concurso de traslados o para cobrar los trienios…Pero tengo mis dudas, visto que nunca tuvo destino definitivo y se pasó el tiempo de acá para allá, supongo que haciendo sustituciones.

Cuarenta son también los años que estuvo Israel para cubrir el trayecto Egipto - Tierra Prometida, que debió de ser algo así como un París - Dakar pero en plan muy primitivo. No lo digo por ofender al senderismo, sino porque a mí lo que siempre me ha fascinado de esta historia es lo exagerado del plazo: esa distancia se puede hacer en menos tiempo, estoy seguro, por mucho que vayas andando y arrastrando a la suegra, a los niños, al cuñado y al canario. Incluso yendo en MetroValencia se hace en menos tiempo, siempre -eso sí- que no tengas que cambiar de línea. Claro que a lo mejor les pasó como me pasa a mí cada mañana, que la media de velocidad se me va a fer la mà en los transbordos. Seguramente, se les acabó la paciencia mientras esperaban el enlace con la línea Sinaí - Cafarnaúm y de puro no saber qué hacer se inventaron lo del becerro de oro. Para pasar el rato. Cómo es esta gente, caramba: podrían haberse inventado el pictionary -que, viniendo de Egipto, hubiera sido lo más lógico- y no hubieran tenido tanto follón. Pero, claro, como Moisés, que había ido a preguntar al jefe de estación, no volvía…Y encima, para que después de tanto tiempo se viniera, por toda respuesta, con unos folletos la mar de antipáticos que traían solamente los deberes del viajero y para nada hablaban de los derechos. Aquellos eran tiempos duros, qué duda cabe.

En fin, supongo que en realidad tardaron tanto porque no tenían prisa, una vez que el equipo egipcio hubo de retirarse en la segunda etapa por graves problemas técnicos. Es la típica jugada imbécil que sólo hacen los malos en las películas: mira tú que ir a meterse por ahí cuando está claro que se te va a venir toda el agua encima. Si el faraón hubiera sido como Fernando Alonso seguro que hubiera mandado despedir a todos los soldados, por torpes. Lo que les salvó es que el jefe se ahogó también con ellos. Lo cual, por cierto, me hace pensar que este debe ser el único faraón que al morir no quedó convertido en una mojama reseca, como todos los demás, y es cosa que yo le agradezco por el asco que me siempre me han dado los cadáveres de sus parientes. Total, que yo y el ejército egipcio hemos acabado cogiéndole simpatía al muchacho y lamentamos que su prematura desaparición le quitara interés al Éxodo, que de prometer una de persecuciones se quedó en una especie de road movie esaboría. Iba a decir la mar de esaboría, pero tratándose del desierto no me parece apropiado.

El cuarenta es como una caja de sorpresas. Para los muy cinéfilos, es la 20th Century Fox multiplicada por dos. Para los francófilos es la mitad de quatre-vingt, que ya es ser retorcido, y para otro tipo de francofilia son más o menos los años del régimen.

Pero el cuarenta también es como la Fuerza, o sea, que tiene su lado oscuro, y a lo mejor es por eso que le entra a uno la crisis: llegas a cuarenta y empiezas a sentir el tufillo del reverso tenebroso, y cada vez te resulta más difícil aguantar erguida la espada de luz. Otrosí, cuando sospechan de uno lo ponen en cuarentena, y seguramente es eso lo que el maestro Yoda le hubiera recetado al chulito de Anakin si el guión se lo hubiera permitido. Aunque lo más tenebroso del caso está en el reverso filológico. Fíjense en que uno se acuesta treintañero y se levanta cuarentón, y aquí es donde las palabras empiezan a ponerse bordes, así que voy a dejar de hablar de números que ya parezco el count Drácula de Barrio Sésamo. Nos quedaremos con que nos mosquea que le carguen al cuarenta con esa mala fama que, como queda demostrado, no se merece en absoluto. De todas formas, yo soy Libra, lo que significa que, además de inteligente, armonioso y elegante -como si el horóscopo lo hubiera inventado mi abuela- aún me quedan unos meses de treintañez. Supongo que los senior de mi generación, roídos de envidia, me pondrán en cuarentena hasta que me llegue la hora de unirme a ellos en...¿dónde? Pues en la cuarentena, precisamente. Qué lío.

P.S. Pienso convocar en mi casa una reunión de seguidores de este blog, si es que no les pilla demasiado lejos. Podéis poneros en contacto con Angelet yendo a donde pone eso de Ver mi complete profile y allí habrá un enlace con mi correo electrónico. Espero -qué menos- respuestas de realice, msnice, dpm y otros adictos, y sinceramente declaro que patafos sería bienvenido.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Yo, como es sabido, no soy amigo de frases hechas y prefiero hacérmelas en casa; pero hay que reconocer que nunca está de más el tener a mano una o dos que puedan sacarte de un apuro. Y ésta es la ocasión, qué duda cabe, pues nunca pude imaginar que un modesto blogger como yo pudiera estar en el candelabro tanto como lo estoy ahora. Ahí queda la frasecita porque yo no doy más de mí. ¡Ironías del destino! ¡Mira que habré suspirado porque este blog se leyera en todas partes y recibiera la atención de doctos y profanos! Y sin embargo, ahora que soy profusamente comentado, me encuentro al borde del ataque de nervios. ¡Amargo descubrimiento el de la fama! A nadie se le escapa que la fama cuesta y que se puede empezar a pagar, por ejemplo, con sudor, pero no podía imaginar que en poco tiempo mi vida pudiera dar este vuelco. ¡Trece comments, trece! Y un amigo que me confiesa que se ha leído todo el blog de un tirón sin que haya podido apreciar efectos secundarios dignos de mención. De veras que ahora, con toda esta agitación, me siento más que nunca solidario con los famosos, esas pobres gentes cuya intimidad es sistemáticamente conculcada. Es duro, además, ser modesto cuando se pelean por ti: te sube el ego más que a las hipotecas el euribor, la verdad, y te miras mucho en los espejos. Me siento mujer objeto, para que todos lo entiendan, y este es un sentimiento que me tiene muy confuso, por lo impropio del mismo.

Y no es que me duelan los electroazotes que estoy recibiendo ni los que los oyentes se atizan entre sí: lo que pasa es que es difícil convivir con el éxito. Tampoco es que me pase como a Pecas Patty cuando una mariposa se posó en su nariz y le dejó un mensaje para la Humanidad: mi problema no es la humildad, sino la debilidad para resistir la presión del éxito. Lo que me da miedo es que me conozco y sé que a mí me da el soponcio en los momentos definitivos. Dicen que Napoleón se echó una siestecita un rato antes de Austerlitz, pero yo, desde luego, no soy capaz ni de soñar semejante proeza. También cuentan las crónicas que a mi madre no le temblaba el pulso cuando compró la entrada para ir a ver Princesa por sorpresa, 2, pero a los escritores nos suele pasar que no podemos ni sostener el boli después de que nos den el Nobel, lo digo por si así me explico mejor, porque esta es una experiencia que seguramente muchos de vosotros habéis tenido. Otro ejemplo es que andaba yo estos días dándole vueltas a ver si invitaba a mi famosa monitora a darse una vuelta conmigo sin su bici estática, pero ya digo que en los momentos definitivos me entra la flojera. De todos modos, estas cosas se arreglan estupendamente depreciando el objetivo: en este último caso, me decía yo que no me iría bien a mí la vida con una monitora de gimnasio, y que convencido estoy de que a mí, lo que me va, es una accionista de Bimbo o la hija del gerente de Tododulce. Tengo que investigar si existen en el mundo semejantes tipos humanos.

Hablando de tipos humanos, nunca ha dejado de sorprenderme este amigo que se leyó el blog entero y a palo seco. Su mujer es necesariamente una santa, y con eso queda todo dicho. Ahora, eso sí, hay que alabarle la capacidad de resistencia, de la que esta última proeza viene a ser un nuevo y espeluznante testimonio. Recuerdo otro no menos chocante: quedamos él y yo un día para hacer deporte, y eso es lo que tiene de chocante. Lo que no me extrañó fue que anduviera fumando como un carretero hasta el mismo instante de dar la primera zancada en la pista de atletismo. Confieso que me sentí un tanto humillado cuando, a las primeras de cambio, me dejó clavado en el suelo igual que hacía el gran Induráin con sus rivales, aunque -puestos a confesar- esperaba con legítima rabia que reventara por todas sus costuras en el momento menos pensado. Pero, no: allí se mantuvo dándole que te pego vueltas al circuito con una regularidad que ni las válvulas del Titanic, mientras yo, hundidas más de tres cuartas partes de mi volumen, echaba el bofe por esas esquinas de Dios. Diréis que las pistas de atletismo no tienen esquinas, pero a la sublimidad de mi arte eso qué más le da. Salí de allí humillado en lo personal y confundido en lo sanitario, pues durante un tiempo estuve preguntándome si no sería mentira eso de que el tabaco da cáncer: parecía, visto lo visto, que daba más energía un paquete de Ducados que tres botes de ColaCao. Afortunadamente, encajé bien el golpe y no me puse a fumar ni volví a hacer deporte en muchos años.

Ambas cosas por pereza, es evidente.