viernes, 10 de noviembre de 2006

Dicen que la primera impresión es la que cuenta y yo sospecho que, a pesar de que muchos estén de acuerdo, es probablemente cierto. A mí, por ejemplo, Nicole Kidman me parece fea porque así lo pensé la primera vez que la vi, y ya no hay retoque fotográfico ni quirúrgico que me haga cambiar de opinión. Tampoco voy a ir al psicólogo para que modifique esa impresión al parecer equivocada, porque a Nicole y a mí qué más nos da lo que pensemos el uno del otro y además porque mientras siga viva Cameron Díaz para qué nos vamos a preocupar de otras. Lo que yo no sé es si este fenómeno de la primera impresión puede afectar también a un colectivo. Por ejemplo, ¿puede una condicionar a todo un pueblo? No digo un pueblo en el sentido en que se pone en los preámbulos de los estatutos de autonomía, sino en el sentido en que se dice que este puente lo voy a pasar al pueblo o a ver si te gusta este queso que lo hacen en mi pueblo. Lo digo porque mi abuelo era de Casabermeja y le gustaban mucho los coches. ¿Qué tendrá que ver? Pues el caso es que la primera vez que alguien llegó en coche allá arriba no tuvo mejor ocurrencia que hacerlo por la noche. Es comprensible que el destello de aquellos faros redondos -que más que faros, farolas- acompañado del ruido estruendoso y enemigo y el mal olor de los motores y el aceite requemao fueran capaces de asustar al más guapo del lugar. ¿A quién se le ocurre ir de noche? Y claro, pasó lo que tenía que pasar: que la primera persona que vio y oyó fue una vieja beata -que a saber de qué pecados andaba arrepentida- que pensó lo que tenía que pensar y se echó a la calle gritando “¡El demonio! ¡El demonio! ¡Que viene el demonio!” y puso a todo el pueblo patas arriba. Lo que no sé es cómo acabó la historia, si al conductor lo lincharon o qué. La verdad es que merecido se lo tenía, por tener tan poca consideración con el bienestar de los pueblos. Pero a mí me lo contaban por la risa y la ignorancia de la vieja, y yo me reía también, aunque ahora le tengo un poco más de consideración a ella y menos a los coches. Debe ser cierto eso de la sabiduría popular porque, a poco que uno lo piense, seguramente tenía razón al pensar que se le venía encima el demonio. Que se lo digan, si no, a la capa de ozono. Tradición, la verdad, había: Belcebú siempre ha sido hábil en el disfraz. Para eso es como Mortadelo y la vieja de Casabermeja, sin saberlo, una especie de Buffy Cazavampiros avant la lettre.

Tampoco sé si los de Casabermeja quedaron, con el espanto, escarmentados para siempre de los coches y otras máquinas infernales. Lo que sí sé es que al menos uno de ellos quedó, por el contrario, subyugado para siempre. Hay quien oye la llamada de la sangre, pero mi abuelo oyó la del aceite de motor. El caso es que llegó aquí, a esta ciudad de los escándalos, y al poco tiempo tenía ya la vida solucionada gracias al neumático, el asfalto y el motor. Aún llegué a ver su despacho en la plaza de los Fueros, una planta baja ya en franca decadencia, donde se compraban los billetes para ir a Sagunto. Algo de esa llamada la sintió también mi padre -no es tan raro, si uno se ha criado entre autobuses-, aunque luego fue por otro lado. Pero las familias siempre encuentran la forma de estar unidas y, bien mirado y a juzgar por las cifras de cada lunes, se podría decir que la medicina de mi padre y la funeraria de mi otro abuelo seguramente le debieron mucho al vehículo a motor. Igual que en otros tiempos pasteleros y cereros estaban en el mismo gremio, quizá hoy día hospitales, funerarias y fabricantes de automóviles deberían agruparse. Ya veis, yo, que ni siquiera tengo coche, a lo mejor es que soy sordo a la llamada de la sangre y por eso soy más bien del partido de la vieja. Ahora que, como nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre, y en todas partes cuecen habas y más en los pueblos pequeños, a lo mejor es la sangre la que me llama a las filas de la vieja. Que a saber de qué andaba tan arrepentida, aquella noche, cuando pensó que era el demonio el que venía a llevársela por sus pecados. Al menos, eso sí, venía a por ella en coche, que por lo visto le gustaban a la vieja las comodidades. En lo cual, mecachis, también nos parecemos ella y yo. Será mejor no menealla.

viernes, 3 de noviembre de 2006

Dicen que tenemos diez años para salvar el planeta; que, si no, el cambio climático se nos come y el mar, fundidos los polos, se nos bebe. Me pregunto si, cuando suba el nivel de las aguas y muchas casas queden sumergidas, seguiremos obligados los españoles a pagar la hipoteca. Que nadie se extrañe de que suban el precio de los pisos alegando que ahora cuentan con privilegiadas vistas al mar. Aunque lo lógico sería que las hipotecas, en ese caso, quedaran en papel mojado. Perdón por el chiste a cuenta de las cuentas de los demás. Bueno, el caso es que yo -honrado ciudadano-, en lugar de preguntarme qué puede hacer el planeta por mí, he pasado el día preguntándome qué puedo hacer yo por el planeta, que me parece que es, más o menos, lo que dijo Lincoln después de la batalla de las Termópilas. El dato me ha pillado al teclado de mi hardware instalando freeware, que es como decir muy finamente y en inglés con mil palabras que me estaba bajando cosas de Internet. Me he puesto un programa de hacer árboles genealógicos y ha sido de ellos, de los árboles, de donde ha bajado la idea que tranquiliza mi conciencia: que yo con tanto árbol estoy también reforestando. Sólo que, en lugar del monte, yo reforesto mi memoria histórica y así, de paso, de un tiro mato dos pájaros de gran actualidad.

Sin esperar a que suban las aguas me he puesto a bucear en mis raíces y en la aventura se me ha hundido la orgullosa y pretendida valencianía pura con la que me dejaba ver en las plazas de toros y los salones de la burguesía. Ha sido como si al buscador de galeones se le hundiera el barco mientras bucea o el Calypso arrasara con las hélices un banco de coral: ahora va y resulta que mis genes son oriundos de la provincia de Almería y cruzaron el Estrecho, por necesidad, en sentido contrario al que ahora se viene cruzando más. Los españoles pobres se iban entonces a Argelia a trabajar, y no por necesidad de arena, sino porque era entonces un departamento de Francia gracias a que Carlos X, el último Borbón transpirenaico, quiso, con este golpe de efecto, evitarse el mal trago de ser lo que al final terminó siendo. Ya digo que no le valió el truco y se tuvo que ir, pero al menos les valió a los Martínez para coger el equipaje y unas niñas que tenían y marchar a buscarse la vida en el desierto francés.

Será que lo francés tiene siempre un algo romántico y bohemio: el caso es que mis raíces se me ponen trágicas y se dejan enredar en el amor: la niña de los Martínez, católicos y pobres, pero honrados, va y se enamora de un ricachón, blanco y guapetón, dispuesto a renunciar a todo por su española. Quizá no esperaba, en el fondo, tener que renunciar a tanto, pero para mí que no calculó la fuerza del choque de civilizaciones que, por lo visto, no es un problema que haya salido ahora. Es que el hombre era además judío, por más señas sefardí, y yo no sé si por pobre, por inmigrante o por gentil -o por todo a la vez, que todos esos defectos los traía por dote Ana Martínez Román-, el caso es que los Benoliel se negaron rotundamente al enlace y ya tenemos a mis raíces actualizando, pero aplazando el final, Romeo y Julieta o Los amantes de Argel -cristiana ella, judío él. Lo digo porque el final lo supo mi madre, muchos años después, en esta ciudad que es el centro del mundo y que por entonces benolieles ni martíneces habían pisado jamás. Pero todo llegará y cada cosa a su tiempo. No se sabe a ciencia cierta que dirían los Martínez, si después de esto seguirían en tierras del francés, pero lo que sí es que el matrimonio Benoliel Martínez arrancó sin la aprobación de la familia paterna. Y sin su dinero, porque el chaval fue desheredado. Fue valiente, desde luego, y no es ahora el momento de preguntarse si no se arrepintió de su hazaña alguna vez. Pero era francés, qué caramba, y noblesse obligue y la Tour Eiffel.

Hubo un tiempo en que Orán estuvo llena de españoles y cerca, lo veréis en el mapa, hay una pequeña ciudad llamada Sidi Bel-Abbés, donde el matrimonio repudiado fue a instalarse para ver si podían empezar de cero. Allí nació mi abuela pero ningún negocio y como la falta de dinero se lleva fatal por mucho amor que uno tenga, pues al final la española se vino a Valencia con las dos niñas que tenía. Aquí le esperaba una hermana que se había casado con otro ricachón –éste, de raza y religión apropiadas- que había hecho fortuna en Cuba. Lo que ahora pienso es que aquellos Martínez que se fueron de emigrantes lo que tenían era un ojo para las bodas que ni los Reyes Católicos. Y allá se quedó, David el sefardí, repudiado por su familia, arruinado y abandonado por su mujer y por sus hijas. Bonita historia de amor, ¿verdad?

Yo no sé si aún hay benolieles en Orán, aunque sospecho que no debieron quedar muchos tras la guerra. Así que supongo que ya no tengo familia allí, pero no sólo por los hechos históricos, sino por una carta que encontró una vez mi madre. “Esta congregación ha recogido y confortado en sus últimos momentos”…, como era de temer, rescatado de las calles, a David Benoliel, vagabundo, solitario, agónico y borracho.

viernes, 27 de octubre de 2006

La primera palabra en muchas buenas historias es siempre "yo". Y a pesar de tanto egocentrismo el resultado no es nada malo, de donde se deduce que la calidad literaria y la calidad humana no tienen porqué ir de la mano. Y dándole vueltas a todo esto llegué a la conclusión de que este blog podrá ser de mala calidad literaria -y eso, según- pero lo cierto es que aquí hay una calidad humana que está fuera de toda duda. Pero, claro, como uno tiene la comezón del perfeccionismo, pues andaba preguntándome qué podría hacer yo para darle a nuestro querido blog un puesto digno en el electroparnaso global y, mira por donde, tuvo que ser este defecto -que yo no tengo- del egoísmo el que me puso sobre la pista: resulta que, después de casi cincuenta entregas, aún no nos hemos presentado como Dios manda. No es que vaya a pedir a dpm, MsNice, realice o patafos -por nombrar a los notables- que se desnuden aquí en las ondas, claro, porque con mucha razón me dirían que yo primero, que para eso soy el involuntario protagonista. No, claro que no: asumo mi responsabilidad y me dispongo a dar un primer paso para corregir este indisculpable error

La verdad es que alguna cosa ya se ha dicho, y la semana pasada estuve hablando de lo que no me gusta. Hombre, no deja de ser una presentación, sólo que en negativo y que puede dejar una mala imagen de uno. Tanto “no me gusta esto, no me gusta aquello” podría haceros pensar que soy un tipo maniático y caprichoso. Algo de eso hay, tampoco vamos a llamarnos a engaño. Pero, en fin, va a ser mejor que para no perderme siga de cerca a los clásicos y para ello he preparado el siguiente formulario literario clásico de presentación. Allá vamos:

1) origen geográfico-comarcal: Yo, señor, soy de Valencia [léase en modo apitxat].

2) origen socioeconómico: Yo nací entre las cortaduras del papel [esto no es cierto, pero la frase es que me gusta mucho]

3) nombre: Pues sepa Vuestra Merced ante todas cosas que a mí llaman Angelet.

4) edad y carácter (sinceramente): el otro día cumplí los treinta y nueve. Lo celebré de una forma un tanto extraña: me metí en una tienda de muebles y allí me concedí uno de los caprichos de mi vida. Estuve mirando saleros, estanterías de vanguardia y muebles que no sé para qué sirven y después me dirigí a la amable dependienta y le pregunté: “¿Me puede vender un libro?”. En fin, reconozco que es raro, sí, hablarle de usted a una dependienta, pero es que esa es una manía que tengo. “Es uno que tenéis en aquella estantería de allí, la de color caoba con apliques de metal”. Ella me dijo que, como no sabía si podía, tendría que hablarlo con el jefe. Ahí quedó claro que podría ser mona y buena gente incluso, pero que no era vendedora. Para eso hay que nacer. Conocí a una castañera -toda una señora y toda una vida de oficio- que sin dudarlo ni un momento me hubiera vendido el libro y de paso todos los demás de la estantería y al final la estantería misma, la cama y todos los complementos del dormitorio juvenil. Y más aún si se hubiera dado cuenta de que con aquello estaba yo dando salida a una de las ilusiones de mi vida, que era precisamente esa: entrar en una tienda de muebles a comprar uno de esos libros con los que decoran las estanterías. Muchas veces son falsos, pero en ocasiones son de verdad e incluso interesantes, de modo que cuando estás aburrido de ver mesitas de noche, todas iguales, te puedes entretener mirando libros. Pero aunque lo encuentres nunca intentas comprarlo por miedo a parecer raro. Pero yo ese día acababa de cumplir los treinta y nueve y me dije que ya está bien, oye, de tanto qué van a pensar. Tengo alumnos adolescentes que no saben qué hacer para que los guays de clase les den el placet y a mí ver eso me da mucha pena, cómo se esfuerzan los pobrecillos y ponen todo su empeño en humillarse y en llevarse las broncas y castigos que me toca repartir por aula y número de alumnos. Claro, que ya tendrán los que yo tengo, ya, como decía Shakespeare, y se darán cuenta de que lo que hay que hacer para reconciliarse con la vida es comprar libros en tiendas de muebles. La verdad es que aún no sé si los jefes de la chica me lo venderán o no, ni el libro me interesa tanto, pero a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que el intríngulis de la cosa estaba en satisfacer el deseo. Que son cuatro días. Por cierto, no intentéis esto en el Ikea: allí, los libros de las estanterías están todos en sueco. ¡Será posible!

5) otros datos, a ser posibles, positivos: pues, por seguir con las cosas buenas, os comento ahora que he robado poco, y cuando eso ha pasado siempre se ha tratado de libros. Robar es robar, pero los libros son como las gallinas del Lute y el pan de los hambrientos, que parece que robarlos es por necesidad y uno no es tan culpable. Es asombroso que haya podido hacerlo yo, porque, aunque diestro, tengo dos manos zurdas y de ellas se me han escapado siempre las cosas más preciosas. Calzo un cuarenta y tres y he cometido algunos errores importantes. La verdad es que no soy el de la foto que sale en la parte de arriba de este blog. El de la foto ni siquiera es amigo mío. No nos parecemos porque yo no nunca miro así a la gente, tan fijamente y con tanta dignidad. Me miro mucho en los espejos y consumo chocolate como un poseso. Me gustaría ir a Samarcanda, Tombuctú y Vladivostok, pero eso resultaría demasiado caro, cansado y peligroso. Vivo en la mejor ciudad del mundo, que lo es porque está cerca.

Espero haberme presentado bien. Y si necesitáis más datos, pues para eso están los comments y el tiempo. “¿Será por tiempo?”, como dicen en una película muy mala para verla pero muy buena para dormirla.

viernes, 13 de octubre de 2006

Una casa de 180 metros cuadrados podrá parecer grande, pero no lo es tanto como para tener un perro. Al menos, eso es lo que pensaban mis padres y yo siempre estuve de acuerdo con ellos, incluso de adolescente. Plantas había muchas, pero mi hermana pedía un perro y yo votaba en contra. Así que, casi por unanimidad, no tuvimos animales. Perro; porque animales, a decir verdad, tuvimos dos: una tortuga y un jilguero. El jilguero lo tuvimos muy poco tiempo, porque se murió de repente. Una noche fría de invierno nos lo dejamos en el balcón y al día siguiente lo encontramos tieso en el suelo de la jaula. No se puede decir que sufriera mucho. Me refiero a mí; el jilguero, no sé. Lo de la tortuga fue diferente: su desaparición es un misterio que aún conmociona algunas de nuestras cenas familiares, y estoy convencido de que nunca sabremos las razones últimas por las que decidió abandonarnos. Cuando fue vista por última vez vestía caparazón verde, patas redondas a juego y cabeza plana como una bandeja. Desapareció en la playa de El Saler y quién sabe si no será la nuestra la bisabuela de esas otras que allí han nacido hace poco, después de doscientos años de esterilidad tortuguil. Durante un tiempo, su bañerita azul con palmera de plástico verde quedó ahí, en casa, como denuncia de nuestra incapacidad faunística; hasta que a los dos o tres días alguien la pisó y santas pascuas.

O sea, que parece claro que nunca hemos sido muy hábiles con esto de los animales. Es que no teníamos de quien aprender. La mía no ha sido una familia muy sensible a los encantos de la fauna. Sí: veíamos, todos juntos, El hombre y la Tierra, y alguna lagrimilla se nos escapó cuando Enrique y Ana cantaron Amigo Félix. Pero hasta ahí. Después de eso, lo más, lo más, mis abuelos, que tenían un canario que cantaba mucho y bien, con el único defecto de que cantaba mucho y bien a todas horas. Esta es una cosa desagradable de los animales: que son ellos mismos sin poder evitarlo. Siempre se dice que lo malo de los seres humanos es que disimulamos nuestros sentimientos y ahogamos nuestros impulsos naturales, pero yo digo que menos mal y que no hay nada más insoportable que un tipo simpático que es simpático constantemente, sin poder dejarlo ni un momento. Afortunadamente existen la hipocresía y el disimulo, que nos hacen humanos y nos permiten vivir en sociedad. Hay que huir de los tipos que son siempre ellos mismos, porque son tan cansinos como el perro que ladra a todo aquel que pasa por delante, da igual que sea obispo, serial killer o concejal de urbanismo. Aunque estos dos últimos tipos humanos sean difíciles de distinguir.

Los animales, pues, pasaban por mi casa sólo de visita y los tolerábamos si no había otro remedio. Agradecíamos, eso sí, que las visitas se dejaran el animal en casa. Pero un día un cachorrito se comió las plantas que mi madre tenía en el balcón y, a partir de ese momento, fuimos inflexibles: todo animal que quisiera entrar en casa tendría que hacerlo ya envasado y en filetes. En ocasiones especiales podía hacerlo a l'ast y con patatas, que fue algo que se puso muy de moda a principios de los ochenta. Pollos a l'ast y videoclubes dominaban entonces el paisaje urbano mientras, en casa, manteníamos nuestra numantina y zoofóbica reserva.

El paso del tiempo todo lo cambia, ya se sabe, y no hay más que ver qué diferentes somos ahora mis hermanos y yo. En mi casa no hay nada vivo, salvo yo mismo, que por no tener no tengo ni una mísera maceta. En casa de mi hermana hay siempre, como mínimo, tres perros de guardia, y en ocasiones ha llegado a tener más de una docena a la vez. Así que ha cumplido con creces uno de los sueños de su infancia. Eso es algo muy bonito y yo me alegro por ella y por eso tolero la presencia perruna en su casa. En la de mi hermano, hace menos de dos años, entró un perro por primera vez y porque mi cuñada quiso, y la única explicación que encuentro a este fenómeno es que -dicen- a este tipo de cosas (a los animales, no a las cuñadas) o se acostumbra uno desde pequeñito o no hay nada que hacer. Será por eso que yo cambio de acera cuando veo un perro y también por eso será que más de un paseo por el campo he tenido que interrumpir al oir unos ladridos sospechosos. Pero, a pesar de los malos tragos, aún agradezco a mis padres el condicionamiento en contra. Por eso me extrañó que mi hermano le cogiera tanto cariño (al perro, no a su mujer) y por eso, cuando me llamó anoche para decirme que el animal se les había muerto de repente, no pudo evitar llorar mientras me lo contaba. Yo estaba por ahí de cena comiendo pollo y por primera vez en mi vida me dio un vuelco el corazón al enterarme de que un animal se había muerto. No sé si es que este perro se las había arreglado para resquebrajar mi condicionamiento o es que las lágrimas de mi hermano me conmovieron incluso a través del móvil y del ambiente ruidoso y cargado de humo.

El caso es que esta mañana me he levantado pensando en todo esto y, antes incluso de tomarme el Cola-Cao, he tirado a la basura un sobrecito con semillas de cebollino que iba a plantar. Las había comprado para ponerlo en las ensaladas, pero he tenido miedo de cogerles cariño.


viernes, 6 de octubre de 2006

Yo siempre había dicho que el mío no sería uno de esos blogs en los que el bloggero se despacha a gusto con lo que le gusta y lo que no le gusta y nos pone así la cabeza con sus opiniones sobre todas las cosas de este mundo. ¡Como si a los que leemos nos interesara saberlo! Me dan pena, estos tipos que no tienen nadie que les escuche y por eso se confiesan en el ciberespacio. Afortunadamente, allí hay tanto de todo que lo que se sube se pierde inmediatamente en la inmensidad, como al final de En busca del arca perdida. La abundancia, por tanto, no siempre es mala, porque nos salva de todos estos opinadores compulsivos. La verdad es que publicar en la red es lo mismo que no publicar porque, a fuerza de subir tantas cosas, nadie les presta la más mínima atención. Es lo que yo, estos últimos días, estoy sufriendo en mis propias letras. Ya casi nadie me pone comentarios en el blog: uno breve de realice, y gracias. Estamos sin noticias de dpm ni de MSNice. ¡Perdón!: que está patafos. Él, al menos, tiene la intermitente virtud de la constancia.

Total, que me dije: si ellos no cumplen, ¿por qué tendría que hacerlo yo?. Además, de entrada, ya sabíais que no soy de esos que mantienen sus convicciones a rajatabla. De modo que, tras haber considerado cuidadosamente todo lo anterior, tengo el placer de comunicaros que yo también voy a lanzar al ciberespacio mis opiniones sobre las cuestiones más candentes de la actualidad, y me voy a quedar tan pancho. Total, como no las lee nadie, pues tampoco arriesgo.

Tengo que decir, para empezar, que no me gusta la gente que habla en el cine. ¡La odio! Una vez me enfadé con unas viejas porque no paraban de hablar durante la proyección de Lost in translation. Les dije cuántas son dos y dos y ellas erre que erre se defendieron diciendo que, total, en ese momento los personajes estaban cantando. Como si las canciones no fueran película. Además -aclaré-, no cantaban: estaban de juerga en un karaoke y ése era un momento de gran importancia argumental . Aquí confieso (¡total!) que lo que me cabreó de verdad fue que, refiriéndose a la chica, a Scarlett Johanson (que Dios guarde), dijo una de las viejas: “Ella no vale nada”. Ahí logró sacarme de mis casillas, ya digo que lo confieso. Y de mi butaca, porque me puse en pie y todo.

No me gustan las momias, ni las criptas ni las catacumbas. Si me pierdo en Roma, no me busquéis en las de Priscilla ni en ninguna otra, por mucha pintura paleocristiana que contengan. ¡Qué asco, los cráneos y las calaveras! ¡Qué asco, los tejidos incorruptos! Una vez, en la universidad, pasé una clase entera de Civilización Egipcia con los ojos cerrados porque el profe tuvo la macabra ocurrencia de poner diapositivas de momias. “Cuando acabe, me avisas”, le pedí a un compañero. Me avisó cuando le dio la gana, pero eso es otra historia.

No me gusta la gente que grita para hablar, pero tampoco me gusta la gente que cuchichea en las bibliotecas. En las bibliotecas hay que estar callado, pero, puestos a hablar, prefiero que se hable en tono normal: el cuchicheo se te mete en la cabeza y no puedes prestar atención a nada más. Ya veis que mis manías son muy sonoras. Me horroriza el ruido, en resumen, y me dicen que eso es una desgracia para un valenciano. En la primavera valenciana se sufre más por el ruido que por los niveles de polen en el aire. Parece que si no disfrutas de una mascletà eres menos de la tierra. Pero no me hago problema de eso y si quiero me constituyo, yo solo y en menos que canta un gallo, en nacionalidad histórica. Lo que no sé es si ponérmelo en el preámbulo o en el articulado.

No me gustan los suelos de terrazo, pero en mi casa los suelos son de terrazo. O sea, no me gusta el suelo de mi casa. Por eso no lo barro con cariño. No me gustan los insectos. A decir verdad, no me gustan los animales y tampoco, en consecuencia, los documentales de La 2. Tampoco los punkis, porque con cada uno viene adosado un mínimo de dos perros pulgosos. Siempre: debe de ser que lo pone en la Declaración de los derechos punkis del hombre. No me gusta el aire acondicionado. No me gustan las personas que no devuelven el saludo, ni me gusta sentarme en asientos que conservan el calor del que ha estado sentado antes que yo. Es como si me sentara en el culo de un desconocido. No me gusta que los domingos por la tarde sólo haya fútbol en la radio. No me gusta la cerveza. Odio ducharme con agua fría. Me espanta chocar una mano sudada y tampoco me gusta que me den la mano floja. No me gustan las salas de espera en las que no hay nada interesante para leer. Prohibiría los cajeros automáticos que sólo dan billetes de cincuenta euros. Desprecio profundamente a la gente que es lenta en el uso del cajero automático, sobre todo a los que se leen el resguardo allí mismo. Reinstauraría la pena de muerte para los conductores que se arriman por detrás en la autopista para que te agobies y te quites del medio. Aunque, la verdad, a veces las circunstancias me conceden una satisfacción y ya se matan ellos solos. Tampoco me gustan los que dejan el coche en segunda fila y frenado, y eso que yo lo hice una vez, pero por descuido. Que no salga de aquí.

No me gustan los chicles de menta.

No me gusta que me apriete la ropa. Por eso llevo la camisa por fuera, por mucho que me cueste más de un disgusto con mi mamá. También por eso mi vestuario ideal son unas chanclas, un bañador y una camiseta. Sobre todo odio los zapatos que me aprietan los dedos. Mis dedos tienen que poder moverse libremente en el interior del zapato. En el mundo no debería haber Nesquik, pero el Cola-Cao debería ser obligatorio en todas las casas decentes. No me gustan los tebeos de superhéroes. No me gusta The sandman. Para eso, prefiero Los pitufos. No me gusta la gente que se queda parada en cuanto pone los pies en el vagón del metro. ¡Como si no tuviese que entrar nadie más! Tampoco me gustan las viejas que en el autobús se abren paso a base de empujones en los riñones, ni las que se te quedan mirando fijamente a la cara. Cuando lo hacen, yo las desafío y las miro también hasta que se rinden. Aunque a veces hay algunas que no se rinden. A esas las odio en secreto. No soporto las endivias, aunque lleven roquefort.

No me gusta mancharme las manos de grasa comiendo chuletas, y por eso no las como. Pero no me importa machármelas comiendo calçots.

Y sobre todo, sobre todo, odio que a los anuncios les llamen consejos.

Votadme.

viernes, 29 de septiembre de 2006

Reverse

El viernes me acosté a las cinco de la madrugada. Llevaba unas copitas de más, pero quisiera dejar claro que mi amigo Javi estaba bastante más afectado que yo. A él le dan por el lado sentimental y si encima cantamos Clara, entonces es que se echa a llorar como una magdalena. A mí esa canción me impresionó mucho la primera vez, cuando era pequeño, porque nunca había oído una canción sobre drogadictos, pero en los últimos lustros me había olvidado de ella. Ahora, como el reencuentro llegó entre brumas de alcohol, ya no me hace pensar en heroína sino en las cogorcillas que el otro y yo nos cogemos de vez en cuando. Total, que lo dejé en un taxi y me fui a dormir. Eran las cinco de la madrugada, ya digo, y ni los trozos de pizza que se venden a esas horas por las calles pudieron con la melopea -etimológicamente considerada- que nos llevaba hacia la parada. Además, que nos dieron unos trozos cuadrados, y eso, que yo sepa, es muy poco tradicional. Es que me pongo estricto cuando llevo un cubata de exceso de equipaje y si hubiera tenido fuerzas para polemizar le hubiera dicho al vendedor que dónde se ha visto eso de la pizza cuadrada y que yo, que he estado en Italia dos veces, puedo atestiguar que nunca una verdadera pizza es cuadrada. Pero es que ni yo estaba con fuerzas ni Javi se me mantenía en pie.

Había venido Juan de Pablos a pinchar en un local cerca de mi casa. Juan de Pablos no es el practicante del ambulatorio, qué va: es locutor de radio y por lo que dicen muy sabut en música pop y pop-rock y otras variantes de lo mismo. Yo no controlo tanto la guía de festejos, por mucho que ahora mismo estéis pensando que llevo la vida loca: salgo más bien poco y lo que pasa es que tengo una amiga que es informadora cultural. Y lo que tiene ella, además de un novio que nunca he visto, es mi dirección electrónica y se divierte llenándome el electrobuzón del mismo modo que el Heraldo me llenaba de papel el otro. Pero, mira por donde, ésta información sobre el locutor me hizo más gracia. El tercer o cuarto cubata ya nos lo estábamos tomando en primera fila y Javi no hacía más que pedir canciones, en plan “cada canción, un recuerdo” y, como lo conozco, temí que pidiera Clara y que el señor De Pablos o, en su defecto, el respetable, nos dijera que qué horterada era esa y nos echara de allí. Pero, en fin, hay que reconocer que ambos se portaron: las canciones de Javi eran raras pero marchosas y Mr. De Pablos, por su parte, las tenía todas consigo y con eso demostró que conoce su oficio. Estábamos en primera fila también porque a mí -para variar- una chica que bailaba mucho y bien me dijo “¿Bailas?” y yo le dije que no. Me inventé una frase que no quedara mal: “No, porque no podría hacerlo tan bien como tú”. Y luego nos fuimos allá delante, a ver al artista pinchar. Antes, pero mucho antes, a mí ya me daba vergüenza bailar. Antes de esta fiesta: es algo de siempre. Una vez, cuando no era aún mayor de edad, la chica más guapa de toda el colegio quiso sacarme a bailar, y yo no me dejé. O sea, que viene de antes, de mucho antes.

Lo de la chica no lo digo por presumir, porque Javi, ahí donde lo veis, tiene una buena hoja de servicios. Breve, pero muy selecta. De lo que sí me gusta presumir es de que yo aguanto mucho mejor que él el tsunami alcohólico. De hecho, cuando me llamó para salir yo ya estaba con el pijama puesto, y por no hacer un feo me vestí y volví a salir. Esto ya lo había hecho antes -mucho antes, también- por mi amigo Mariano. Pero eso es otra historia. Digo “volví a salir” porque antes de ponerme el pijama ya había estado yo solo en el mismo local, de donde se deduce que le llevaba al menos un cubata de ventaja. Es que, en un principio, no tenía con quien ir pero tampoco quería dejar de ver a este señor. Creo que no era por la música sino por las ganas de ponerle cara a un locutor de radio. Es un ejercicio arriesgado y puede conducir a grandes desilusiones, pero, oye, el caso es que era fin de semana y algo había que hacer para pasar el rato: unos hacen puenting, otros circulan por la autopista en sentido contrario y yo, más humildemente, les pongo cara a los locutores de radio. Me instalé en un rincón discreto de la barra. Antes, había llegado y me había paseado por el local. Pero como no es fácil estar solo en sitios así me puse en el rincón que os decía. Hasta que vino más gente y empecé a encontrarme raro. Yo no aguanto mucho las miradas de los demás porque me parece que me miran y piensan “¿Qué hace éste aquí solo?” y encima -sumisión absoluta- voy y también pienso: "Tiene razón ese gilipollas: ¿qué hago yo aquí solo?". A veces, sin querer, cruzo la mirada con la de alguien y entonces no sé qué hacer: no se vaya a creer que estoy en la barra como un mirón. Lo peor es que en ocasiones tropiezo con miradas interesantes, de las que da gusto mirar: pero siempre, en esas ocasiones, desvío la mía como si no quisiera ver nada. Me saco la mirada de los ojos, como hace la chica de La quimera del oro. Ella lo hace porque va de sobrada, pero yo lo hago por si acaso, para no tener que responder ni dar un paso adelante. Por miedo al qué diré.

Pero no fue solamente por eso por lo que aguanté poco. Es que estaba cansado por haber pasado toda la tarde trabajando en casa. Resulta muy cansado, un trabajo como este en el que no dejas de pensar ni cuando estás solo en casa. También, quizá, porque había dormido una siesta demasiado larga y eso, a mí, me mata. No me puse el despertador y se me pasó la media hora, duración, a mi entender, de la siesta perfecta. Pero estaba cansado porque había pasado casi una hora en el metro antes de comer y después de haber hablado durante seis horas seguidas a gente que no me hacía caso. Eso también cansa bastante. Pero siempre me digo que con suerte algo les entrará por el rabillo de la oreja y quién sabe si fructificarán mis palabras en algún sitio insospechado. Está muy manoseada, ya lo sé, la parábola, pero a veces no me queda más remedio que recurrir a ella.

Y encima es que casi llego tarde a la primera de todas esas horas: me había quedado dormido. Yo no rindo mucho si no duermo mis horas y por eso es que luego la siesta me llama tanto. Es que, como soy novato, me pasa eso que os decía antes de que nunca dejo de pensar en el trabajo. Por ahora me preparo las clases como si fueran obras de teatro, con un guión completo de acciones y frases. Aún me da pánico entrar en el aula sin red. Por eso tardo tanto y por eso me había acostado tarde y arrastraba el cansancio. Por eso sólo tomé un cubata en aquel local y por eso cuando me llamó Javi ya tenía el pijama puesto. Por eso tuve que tomar algunos más para no caer rendido y por eso no hubo discusión con el pizzero y estuvimos cantando Clara en la parada del taxi.

El jueves me acosté a las dos de la madrugada. Estaba muy cansado porque había estado preparando las clases para el día siguiente…

viernes, 22 de septiembre de 2006

Aurea mediocritas

Dicen que cada generación ofrece a la Humanidad uno o dos casos de ser extraordinario e irrepetible, de esos que sirven para señalar el paso del tiempo: antes o después de. También dicen que yo no soy uno de ellos y a estas alturas ya me he resignado a que sea así. Qué le vamos a hacer. Me consuela, al menos, pensar que vosotros tampoco lo sois. Quizá sea cierto, por lo visto, que somos muchos los normalitos y pocos los verdaderamente excepcionales: es cierto que no conozco muchas personas de las que se pueda decir que el mundo no sería el mismo sin ellas. Y -mira por dónde- aunque la lista sea corta, así, de pronto y ahora que me lo preguntáis, la verdad es que no se me ocurre nadie. Yo tengo mis favoritos, claro, pero que me gusten a mí no significa que sean importantes para todos. Así que estoy dispuesto a reconocer, inclinado ante vuestras bien fundadas razones, que el inventor de la fregona habrá sido para la Humanidad más beneficioso que el mismísimo Johann Sebastian Bach, pero también es cierto que a mí me va más este último, la verdad. Yo no sé en las vuestras, pero en mi casa –para disgusto de mi madre y de mi tía- se hace más uso de los discos que de la fregona. Nadie ha sido capaz, que yo sepa, de escribir un concierto para fregona y orquesta o una sonata para piano y escurridor. Y eso que no es por la música por lo que el gran Johann es un ídolo de la juventud moderna, sino porque tuvo veinte hijos y se las arregló para poner a cada uno de ellos nada menos que tres nombres de pila y sin repetir ninguno, lo cual hace la friolera de sesenta nombres diferentes o, dicho en términos modernos, veinte hat tricks ante la pila bautismal. Ahí es nada, señores: este hombre fue el Pelé de la onomástica.

Por lo arriba dicho se me ocurrió un día que, puesto a ser mediocre, iba a serlo a conciencia; pero un amigo vino a avisarme de la paradoja: en el mismo momento en que llegara a ser el más mediocre entre los mediocres dejaría de ser uno de ellos y me convertiría, por tanto, en alguien excepcional. Lo que yo le agradezco al amigo es que me haya ayudado con su aviso a tenerle un poco más de respeto a la mediocridad: no es tan fácil ser un buen mediocre porque no puedes pasarte ni quedarte corto. Es, por tanto, cuestión de medida. “No hay venenos sino dosis”, dicen que dijo el otro. Así que hoy os ofrezco la receta para una mediocridad responsable: “Escoged una labor cualquiera y lanzaos a ella sin entusiasmo, y cuando notéis que empezáis a cogerle el gusto y a hacerlo bien, dejadla rápidamente y buscaos otra. No caigáis en la trampa de dedicaros a lo que os gusta ni tampoco -mucho ojo- de odiar lo que hacéis. En términos científicos: controlad vuestro entusiasmo más que vuestro colesterol”.

Bueno, pues venga. Consideré las cuitas más comunes entre los mortales para dedicarme, por ahora, a alguna de ellas, y la encontré enseguida. Es una que la recomienda todos los días la publicidad: come bollería industrial y a la vez apúntate a un gimnasio. Qué gran verdad es eso de que la publicidad es un bien social, ché. Tuve mis dudas, claro, porque la primera parte ya hace tiempo que la cumplo con sospechosas muestras de entusiasmo. Pero me decidí porque la compenso con la segunda, que con sólo pensar en ella ya me hace correr sudores fríos por la espalda. Además, me sentía preparado: yo, como todo el mundo, vuelvo de las playas jurando que para la próxima temporada luciré en ellas el cuerpo danone, tan deseado. Así que os anuncio que yo, como tantos otros, me apunto a esto del culto al cuerpo. No deja de tener su intríngulis, porque en una sociedad como la nuestra, que dicen que se seculariza a marchas forzadas, parece asombroso que aún se dé culto a algo. Claro que, puestos a dárselo a algo o a alguien, encuentro muy razonable que sea al cuerpo. La primera razón es fácil de entender: la verdad es que las calles están llenas de cuerpos adorables. Adorables, abundantes y -lo que es mejor- para todos los gustos, lo cual es, por cierto, la segunda razón a favor de este tipo de idolatría: que la variedad es mucha y hay para todos, y así cada cual puede dar culto al cuerpo que quiera sin molestar a nadie y sin que nadie le diga ex cátedra qué es lo primero que tiene que mirar, si el culo, las piernas o los dedos de los pies. Esta es, por tanto, una religión asequible y nada dogmática. Vamos, que, ahora que lo pienso, el culto al cuerpo va a ser la verdadera religión natural.

Apostata, que algo queda. Mi egoísmo natural -que es virtud, si bien se mira- me llevó a dar culto, en principio, a mi propio cuerpo. Podrá parecer mala, pero tiene la ventaja de que es una elección bastante mediocre. Con el fervor del catecúmeno me dirigí al templo, dentro del cual, entre las muchas opciones ceremoniales ofrecidas, escogí la que llaman ciclo-indoor, que por el nombre así como hindú creo que viene del Oriente Misterioso. Requiere esta que se suba cada creyente a unas curiosas máquinas que por más que les des a los pedales ellas no se mueven ni un milímetro. Ya me lo barruntaba yo considerando que ruedas, lo que se dice tener, estos chismes no las tenían. Y entonces ocurrió: se abrió la puerta y ocupó el altar la sacerdotisa del indoor este que os cuento y fue en ese momento cuando tuve yo una revelación, me caí del caballo de pedales y allí mismo apostaté del naciente culto a mi cuerpo y me adherí para siempre al culto del de ella. Es poco mediocre, lo sé, este entusiasmo, pero es que, como se pasa el día en la liturgia, lo tiene por esa razón adorabilísimo. Desde entonces no he dejado de acudir ni un solo día de la semana a cumplir con el precepto dominical y ando ya muy esperanzado con mis progresos en la conquista del Carmelo y de otros montes.

Mens sana in corpore acabao. Pero como todo viaje a la santidad es un camino plagado de trampas y engaños del maligno, hete aquí que me esperaba en una esquina el zarpazo de la bestia. A mí y a otros muchos, claro: recordad que se trata de no destacar. Estando hoy encaramados en nuestros puestos, aguardando la inefable presencia, se ha abierto la puerta y sin decir esta boca es mía se ha subido al sagrado altar un tipo todo cachas y hormigón que nos ha dado tal repaso que la fe de muchos para siempre se ha desvanecido entre sudores. La mía no, y quizá es que ellos son mejores mediocres que yo; pero me he mantenido y no he dejado de decirme -antes, durante y después de los dolores- que mi adorable sacerdotisa, si Dios me la ha dado, Dios me la ha quitado, alabado sea y sobre todo que he oído decir que el lunes vuelve. Aquí la espero, por si se manifiesta transfigurada y puedo decirle en un descuido aquello de “hagamos tres chozas”: una para nosotros, otra para tus bicis cojas y la tercera para lo que tú quieras, mi adorada.

No firmo para no destacar. Au.