martes, 23 de enero de 2007

Self-made-men.

Acaba de inventar el coche volador, y por la faena le han dado todos los premios al chaval, ayer estudiante y hoy espejo de empresarios. Me corroe la envidia, hombre, y me siento como el Salieri de Amadeus, que se proclamaba Santo Patrón de los Mediocres. Dijo Aristóteles que en el término medio está la virtud, pero eso ahora no me consuela. Hace años, cuando la moda de los yuppies, se decía que “quien a los cuarenta viaja en metro, es un fracasado”. Tengo la mala costumbre de compararme con quien no me conviene, y eso -siempre según los psicólogos- es una mala jugada que nos hacemos a nosotros mismos. También lo decía Susanita, que sabía mucho de la psique humana. Aunque, ahora, la mayoría de los yuppies de entonces -para mi consuelo- ya estarán calvos o la cocaína los habrá dejado en la cuneta. Será cosa de la justicia distributiva y del tiempo, que todo lo pone en su sitio. A mí, a punto de cumplir los cuarenta, donde me pone cada mañana es, precisamente, en el metro. Y de pie. Será que es mi sitio. Aunque ya podría el destino haberme reservado asiento. No hacía falta que fuera con ventanilla, que yo no pido tanto. Pero, por lo menos, sentarme. Pues no. Qué le vamos a hacer, oye: al menos nos queda el consuelo de criticar el concepto de fracasado, actitud que siempre queda muy antiamericana y muy intelectual, diríase galorromana.

De todos modos, ya sabéis que yo no tengo personalidad y por eso hay días en que me viene a la cabeza esta clasificación perversa e intento comportarme como si fuera un triunfante tiburón de los negocios. Y del subterráneo, porque es en el metro donde suele uno pensar en estas cosas: te ves tan vulgar, ahí tan apretujao contra la humanidad, que necesariamente buscas la manera de distinguirte. A mí me da por simular el comportamiento eficiente del ejecutivo: me gusta imitarlos sobre todo en los gestos, que deben ser necesariamente productivos. Me encanta meter la mano en la mochila y sacar de ella, inmediatamente, el abono-transporte. Ya sé que el abono-transporte no presta look ejecutivo, pero es la eficacia lo que busco: que solicitar y lograr sea todo uno. En la escalera mecánica, nada de curiosear los culos de las muchachas que están delante: se trata de llegar a la salida con la tarjeta del abono fuera de su fundita, para no perder tiempo. Parecerá una tontería, pero pocos empresarios serían capaces de sacar la dichosa tarjetita de su funda en menos tiempo que yo. En esos días, nada de hojear el periódico, no: en el metro va uno leyendo documentos del trabajo. Claro que en mi caso, en lugar de un informe de fusión de empresas o de los resultados del Stock Exchange, lo que llevo es el control de geografía de Paquito, que se resiste a comprender que París es la capital de Francia. Pero, oye, a mí se me antoja tan importante como el Wall Street Journal: triunfar, en el fondo, es cuestión de voluntad. También ayuda, claro, que hace tiempo que imprimo los exámenes en papel color salmón.

Estas fantasías me entran en el metro, ya veis. Luego salgo a la calle y con el frasquete mañanero se me pasa. Pero a veces, vaya usted a saber por qué, me sigue hasta casa el gusanillo del triunfo y me da por hacer balance de mi vida, que, dada la modestia de los logros, más que balance es balancín. Y, como soy muy juguetón, me columpio. Por eso a veces me cabrean tipos como uno que el otro día, en la radio, se despachaba diciendo que los jóvenes españoles deberían ser todos empresarios, y que ser funcionario, ¿a quién se le ocurre? Lo que había que hacer era ser emprendedor y no tenerle miedo al fracaso, oye, con un par, que fracasar una y otra vez era algo que estaba la mar de bien: ¿que fracasabas?, pues te lamías las heridas un ratito, luego te levantabas y volvías a empezar. Todo con tal énfasis en el sacrificio que me parecía a mí que el camino empresarial discurría en paralelo al de la santidad. Uno lleva al Monte Carmelo y el otro, al Consejo de Administración. En algún lugar se encontrarán.

No digo yo que no. Lo malo de esta catequesis del riesgo es que aún no se ha encontrado el predicador adecuado. El de esta mañana, después de mofarse de los miles de tipos que intentan sacarse una placita de administrativo, ha resultado ser él mismo empleado de una universidad pública. Esto me recuerda que una amiga mía -ahora funcionaria, qué lástima- tuvo en años de la universidad un novio que era mandamás de una empresa con mucha facturación y muchas campanillas. El chorbo aquel, flor y nata de emprendedores y espejo de capitalistas, se escandalizaba de nuestro sueño funcionarial y nos auguraba triste vida de asalariados. En aquel entonces -¡oh, dulce juventud perdida!- oyéndole me acusaba, ¡miserable!, de querer tener un sueldo y nada más. Ahora, cuando lo recuerdo, me vienen a la boca -madurez bendita- un par de cosillas que podría haberle dicho, mayormente que nosotros, para ser funcionarios, tendríamos que aprobar una carrera y luego medirnos con un montón de tipos que tendrían los mismos méritos y pocos padrinos que todos los demás. Pero, ¿y él? Si estaba donde estaba era por ser hijo de su padre, dueño y fundador de la empresa. ¿Qué había hecho para merecer su puesto? Nacer, y nada más. Que lo suyo, bien mirado, era tanto como ser el heredero de la corona, que será algo muy digno, no digo que no, pero que tampoco es que te hagan pruebas de aptitud.

Claro que existen los verdaderos self-made-men del título de este post, pero esos sí que tienen un discurso que es todo él catequesis con doble ración de moralina y autobombo. Si les oyes hablar, sólo te contarán cuánta miseria padecieron siendo niños y qué duramente y sin descanso han trabajado. Ya digo que no les quito mérito y que les aplaudo el riesgo y la faena, pero es que parece que el mundo lo hayan inventado ellos. Digo yo que sin un sistema y una sociedad alrededor no hubieran podido hacer nada. ¿O es que emprenden desde la nada? Alguna manita les habrá echado alguien. Es que, si les haces caso, al final te da vergüenza cobrar a fin de mes. No me meto, no: sólo digo que aún está por ver que la Medalla del Mérito al Trabajo se la lleven una chacha, un camarero y un taxista. Parece que la tiene Paco, el Pocero. No digo más. El gran Tip sí que supo ponerse serio y cuando se la dieron replicó: “Pero, ¡si yo no he dado golpe en mi vida!”. Santo varón.

A lo mejor, para quitar hierro, podría contar aquí un par de chistes de funcionarios, que son bastante buenos, pero seguramente lo mejor fuera contaros las vivencias de mi anterior vida funcionarial, que eso es mejor que cualquier chiste y encima da para tres o cuatro capítulos de Expediente X.

sábado, 13 de enero de 2007

1967
Es un año famoso porque Uderzo y Goscinny publicaron Astérix y los normandos y Astérix legionario, Peyo publicó La pitufita y Franquin, el gran André Franquin, publicó el quinto álbum de Gaston Lagaffe. Bueno, también los Beatles sacaron el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, pero eso, en mi opinión, es lo de menos. El mundo estaba entonces la mar de hippy, alucinado, psicotrópico y oriental, y en eso nací yo. Al día siguiente se murió Pu Yi, el pobre, que había sido el último emperador de China. No hay -por mucho que así se haya dicho- relación causa-efecto entre mi nacimiento y la muerte del emperador, como tampoco la hay entre el nacimiento de Nacho y la publicación de El mono desnudo, de Desmond Morris.

En 1967, pues, vinimos al mundo: Marián, Laura, Marcelino, Nacho, Herminia, Raquel y yo. Nada hacía prever, en principio, que Marcelino sería subdirector de algo ni que se iba a cambiar de jersey. Claro que tampoco estaba tan claro que el mundo no fuera a reventar, cualquier día, de un bombazo atómico: para algo instalaban rusos y americanos sus nuevos misiles intercontinentales. Porque una parte del mundo estaría feliz y psicodélica, sí, pero el resto, aunque en plena Guerra Fría, estaba la mar de calentito. Son esas cosas incomprensibles que tienen la vida y la mecánica de fluidos. Empieza la guerra de Biafra y de ella nos queda una foto difícil de asimilar, por muchas de niños famélicos que hayan venido después. Vayan sumando temperaturas: Guerra de Vietnam, Guerra de los Seis Días, golpe de estado en Grecia, Revolución Cultural en China…y en Islandia termina el parto de una isla nueva en tan sólo cuatro años. El mundo moderno tiene prisa. ¿Por qué esperar interminables eras geológicas? El mundo se transforma ante nosotros para que podamos verlo, y en un abrir y cerrar de ojos surge del fondo del mar la isla Surtsey, con luces, taquígrafos y mucho aparato de humos, lavas y volcanes. Y entonces no sé a qué genio se le ocurrió comercializar el primer microondas doméstico: como si el mundo, ya digo, estuviera poco calentito. Algo había que hacer para terminar con tanto calentón y menos mal que para eso doctores tiene la Iglesia: en 1967 prohíben la entrada al Vaticano en minifalda y rematan la cosa con la encíclica Sacerdotalis Cælibatus. Apriétese el refajo, padre. Lo que me lía es que un poco antes, el mismo año, Pablo VI había dictado la Populorum Progressio. Ya digo que me libre Dios de enmendar al Santo Padre y a toda su corte, pero me pregunto yo cómo, con tanto Cælibatus, puede haber Populorum.

La fama cuesta, ya se sabe, y llega cuando menos te la esperas. Que se lo digan, si no, a Joseph Pilates y a Stanley Morison, dos tipos que se murieron sin sospechar la que iban a tener cuarenta años después: hoy día, si quieres desplumar a alguien en un gimnasio, basta con mencionar el apellido del primero. Y el segundo amigo es el diseñador de ese tipo de letra que el Word trae por defecto, o sea, el Times New Roman. En homenaje a él pongo en Arial todos mis post. Todos esos se morirían, sí, pero nació Pamela Anderson, con lo cual no sufrió merma apreciable la cantidad de carne en el planeta. Todo tiene su compensación, al parecer, y a eso se agarran los que creen en la reencarnación. Lo que no entiendo es si la cosa funciona mecánica o burocráticamente: en el primer caso, en cuanto te mueres te reencarnas en el primero que nazca, y ya te apañarás; en el segundo, recién muerto entras en lista de espera mientras puntúan tu currículum vitae y ya, si eso, te asignaremos algo pronto, se publicará en el tablón de anuncios, ¡el siguiente! No sé cuál de los dos métodos es mejor, aunque por el bien de Laura espero que no sea el primero: ella vino a nacer más o menos al mismo tiempo que mataban al Che Guevara y, la verdad, menuda responsabilidad ser su reencarnación. A ver qué te van a pedir que hagas, si se enteran. Yo, desde luego, no lo soportaría. Lo que no me importaría es ser emperador de China, ya ven, siempre que no me obligaran a comer cerdo agridulce y que fueran tiempos mejores para ser emperador chino: es una titulación con muy poca demanda y el pobre Pu, que moría más o menos cuando a mí me ponían el primer pañal, acabó ganándose la vida trabajando de jardinero.

Es que el mundo no era fácil entonces, y menos mal que siempre hay noticias pintorescas para alegrarle a uno el desayuno. Aquel año de 1967 encontraron en Madrid dos códices manuscritos de Leonardo da Vinci. Pero no es que estuvieran en un vertedero ni en sitios raros, no: los encontraron en la Biblioteca Nacional. Se pregunta uno si es que los tenían debajo de las patas de una mesa coja, o qué. A Dios gracias que no los utilizaron para envolver pescado. Lo digo yo, que he visto hacer tortillas de ajos y asar sardinas en un museo. Ese año comienza la costumbre de rociar con champán, cuando el piloto gana la carrera, a público y periodistas. Fue ocurrencia, en Le Mans, de un tal Jo Siffert, llamado -cómo sería el gachó- el suizo loco. Aunque lo verdaderamente pintoresco es que el tío no ganó, sino que quedó el quinto. O estaba loco o es que no sabía contar. O, también, que roció al personal con el champán que le sobraba.

Tengo un amigo que se ríe de mí y dice que soy como el abuelo Cebolleta, pero es lo que yo le digo: “Peor es lo tuyo, que eres del año de Naranjito”. Y, claro, se tiene que callar.

Muchas felicidades.

jueves, 4 de enero de 2007

En cuarentena.

La del alba sería, querido lector, cuando te dejé tó preocupao al haber mencionado la temida crisis de los cuarenta, y así me lo has hecho saber. No quisiera haber exagerado la situación y he de reconocer, la verdad, que a veces el medio impone sus condicionantes al mensaje, como dice el refrán, y se pone uno dramático y excesivo sin venir a cuento. No es para tanto ni se debe -por ir metiéndonos en harina- permitir que unos numeritos vengan a decirnos cómo nos hemos de sentir. Al fin y al cabo, no son más que signos que no son ni buenos ni malos, sino lo que nosotros queramos. En eso son como el dinero, que no es bueno ni malo, sino según. Ahora que, dinero, mejor mucho que poco, mientras que, años, mejor pocos que muchos. Alguna diferencia tenía que haber, claro, aparte de ser dinero una palabra incontable y años una contable. También es curioso, por cierto, que dinero sea una palabra incontable. Tendrán que ver eso los filólogos. Pues el cuarenta, decía, a poco que pienses en él, resulta ser un número muy popular y entretenido, que da mucho juego, aparte de cantarlas en los naipes.

Están, por ejemplo, los cuarenta ladrones, que serían cuarenta y uno si contáramos a Alí Babá, y cuarenta mil si también a los que se dedican a la recalificación de suelos. Bueno, seamos respetuosos con la tradición y dejémoslo en cuarenta sin Alí, del mismo modo que los tres mosqueteros eran cuatro con Dartañán y tres sin él. Cuarenta son también los grados que según los chistes siempre tienen en Sevilla, y cuarenta son los Cuarenta Principales. Yo siempre he tenido la inconfesable fantasía -no sé si sexual: vaya usted a saber- de que una hermosa rubia me seducía una noche así por las buenas, me llevaba a su casa y resultaba que la tal era espía del KGB y al sucumbir a mis encantos me confesaba que los suyos poseían una cinta muy top secret en la que tenían grabada la canción número cuarenta y uno, y que pensaban radiarla una Nochevieja para así, con ese golpe bajo, desestabilizar irremediablemente nuestro corrupto sistema occidental. “¿Qué necesidad hay de desestabilizarlo, si está corrupto?”, iba a replicar, pero en esas escuchaba yo la cinta y resultaba que era una canción de María Ostiz y comprendía con ello la maldad del plan judeo-masónico-marxista. Pero como la espía estaba la mar de maja, pues me daba igual.

El cuarenta es un número muy religioso y simbólico. Cuarenta días son los que pasó Jesús en el desierto, que es algo que sólo puedes hacer si tienes vacaciones de maestro. Claro que él lo era: los apóstoles lo sabían y le llamaban siempre así. Me pregunto si para ser un buen maestro será necesario hacer las mismas cosas que él hacía, como ascender, transfigurarse, resucitar y otros deportes de riesgo. Hombre, si todo eso diera puntos para el concurso de traslados o para cobrar los trienios…Pero tengo mis dudas, visto que nunca tuvo destino definitivo y se pasó el tiempo de acá para allá, supongo que haciendo sustituciones.

Cuarenta son también los años que estuvo Israel para cubrir el trayecto Egipto - Tierra Prometida, que debió de ser algo así como un París - Dakar pero en plan muy primitivo. No lo digo por ofender al senderismo, sino porque a mí lo que siempre me ha fascinado de esta historia es lo exagerado del plazo: esa distancia se puede hacer en menos tiempo, estoy seguro, por mucho que vayas andando y arrastrando a la suegra, a los niños, al cuñado y al canario. Incluso yendo en MetroValencia se hace en menos tiempo, siempre -eso sí- que no tengas que cambiar de línea. Claro que a lo mejor les pasó como me pasa a mí cada mañana, que la media de velocidad se me va a fer la mà en los transbordos. Seguramente, se les acabó la paciencia mientras esperaban el enlace con la línea Sinaí - Cafarnaúm y de puro no saber qué hacer se inventaron lo del becerro de oro. Para pasar el rato. Cómo es esta gente, caramba: podrían haberse inventado el pictionary -que, viniendo de Egipto, hubiera sido lo más lógico- y no hubieran tenido tanto follón. Pero, claro, como Moisés, que había ido a preguntar al jefe de estación, no volvía…Y encima, para que después de tanto tiempo se viniera, por toda respuesta, con unos folletos la mar de antipáticos que traían solamente los deberes del viajero y para nada hablaban de los derechos. Aquellos eran tiempos duros, qué duda cabe.

En fin, supongo que en realidad tardaron tanto porque no tenían prisa, una vez que el equipo egipcio hubo de retirarse en la segunda etapa por graves problemas técnicos. Es la típica jugada imbécil que sólo hacen los malos en las películas: mira tú que ir a meterse por ahí cuando está claro que se te va a venir toda el agua encima. Si el faraón hubiera sido como Fernando Alonso seguro que hubiera mandado despedir a todos los soldados, por torpes. Lo que les salvó es que el jefe se ahogó también con ellos. Lo cual, por cierto, me hace pensar que este debe ser el único faraón que al morir no quedó convertido en una mojama reseca, como todos los demás, y es cosa que yo le agradezco por el asco que me siempre me han dado los cadáveres de sus parientes. Total, que yo y el ejército egipcio hemos acabado cogiéndole simpatía al muchacho y lamentamos que su prematura desaparición le quitara interés al Éxodo, que de prometer una de persecuciones se quedó en una especie de road movie esaboría. Iba a decir la mar de esaboría, pero tratándose del desierto no me parece apropiado.

El cuarenta es como una caja de sorpresas. Para los muy cinéfilos, es la 20th Century Fox multiplicada por dos. Para los francófilos es la mitad de quatre-vingt, que ya es ser retorcido, y para otro tipo de francofilia son más o menos los años del régimen.

Pero el cuarenta también es como la Fuerza, o sea, que tiene su lado oscuro, y a lo mejor es por eso que le entra a uno la crisis: llegas a cuarenta y empiezas a sentir el tufillo del reverso tenebroso, y cada vez te resulta más difícil aguantar erguida la espada de luz. Otrosí, cuando sospechan de uno lo ponen en cuarentena, y seguramente es eso lo que el maestro Yoda le hubiera recetado al chulito de Anakin si el guión se lo hubiera permitido. Aunque lo más tenebroso del caso está en el reverso filológico. Fíjense en que uno se acuesta treintañero y se levanta cuarentón, y aquí es donde las palabras empiezan a ponerse bordes, así que voy a dejar de hablar de números que ya parezco el count Drácula de Barrio Sésamo. Nos quedaremos con que nos mosquea que le carguen al cuarenta con esa mala fama que, como queda demostrado, no se merece en absoluto. De todas formas, yo soy Libra, lo que significa que, además de inteligente, armonioso y elegante -como si el horóscopo lo hubiera inventado mi abuela- aún me quedan unos meses de treintañez. Supongo que los senior de mi generación, roídos de envidia, me pondrán en cuarentena hasta que me llegue la hora de unirme a ellos en...¿dónde? Pues en la cuarentena, precisamente. Qué lío.

P.S. Pienso convocar en mi casa una reunión de seguidores de este blog, si es que no les pilla demasiado lejos. Podéis poneros en contacto con Angelet yendo a donde pone eso de Ver mi complete profile y allí habrá un enlace con mi correo electrónico. Espero -qué menos- respuestas de realice, msnice, dpm y otros adictos, y sinceramente declaro que patafos sería bienvenido.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Yo, como es sabido, no soy amigo de frases hechas y prefiero hacérmelas en casa; pero hay que reconocer que nunca está de más el tener a mano una o dos que puedan sacarte de un apuro. Y ésta es la ocasión, qué duda cabe, pues nunca pude imaginar que un modesto blogger como yo pudiera estar en el candelabro tanto como lo estoy ahora. Ahí queda la frasecita porque yo no doy más de mí. ¡Ironías del destino! ¡Mira que habré suspirado porque este blog se leyera en todas partes y recibiera la atención de doctos y profanos! Y sin embargo, ahora que soy profusamente comentado, me encuentro al borde del ataque de nervios. ¡Amargo descubrimiento el de la fama! A nadie se le escapa que la fama cuesta y que se puede empezar a pagar, por ejemplo, con sudor, pero no podía imaginar que en poco tiempo mi vida pudiera dar este vuelco. ¡Trece comments, trece! Y un amigo que me confiesa que se ha leído todo el blog de un tirón sin que haya podido apreciar efectos secundarios dignos de mención. De veras que ahora, con toda esta agitación, me siento más que nunca solidario con los famosos, esas pobres gentes cuya intimidad es sistemáticamente conculcada. Es duro, además, ser modesto cuando se pelean por ti: te sube el ego más que a las hipotecas el euribor, la verdad, y te miras mucho en los espejos. Me siento mujer objeto, para que todos lo entiendan, y este es un sentimiento que me tiene muy confuso, por lo impropio del mismo.

Y no es que me duelan los electroazotes que estoy recibiendo ni los que los oyentes se atizan entre sí: lo que pasa es que es difícil convivir con el éxito. Tampoco es que me pase como a Pecas Patty cuando una mariposa se posó en su nariz y le dejó un mensaje para la Humanidad: mi problema no es la humildad, sino la debilidad para resistir la presión del éxito. Lo que me da miedo es que me conozco y sé que a mí me da el soponcio en los momentos definitivos. Dicen que Napoleón se echó una siestecita un rato antes de Austerlitz, pero yo, desde luego, no soy capaz ni de soñar semejante proeza. También cuentan las crónicas que a mi madre no le temblaba el pulso cuando compró la entrada para ir a ver Princesa por sorpresa, 2, pero a los escritores nos suele pasar que no podemos ni sostener el boli después de que nos den el Nobel, lo digo por si así me explico mejor, porque esta es una experiencia que seguramente muchos de vosotros habéis tenido. Otro ejemplo es que andaba yo estos días dándole vueltas a ver si invitaba a mi famosa monitora a darse una vuelta conmigo sin su bici estática, pero ya digo que en los momentos definitivos me entra la flojera. De todos modos, estas cosas se arreglan estupendamente depreciando el objetivo: en este último caso, me decía yo que no me iría bien a mí la vida con una monitora de gimnasio, y que convencido estoy de que a mí, lo que me va, es una accionista de Bimbo o la hija del gerente de Tododulce. Tengo que investigar si existen en el mundo semejantes tipos humanos.

Hablando de tipos humanos, nunca ha dejado de sorprenderme este amigo que se leyó el blog entero y a palo seco. Su mujer es necesariamente una santa, y con eso queda todo dicho. Ahora, eso sí, hay que alabarle la capacidad de resistencia, de la que esta última proeza viene a ser un nuevo y espeluznante testimonio. Recuerdo otro no menos chocante: quedamos él y yo un día para hacer deporte, y eso es lo que tiene de chocante. Lo que no me extrañó fue que anduviera fumando como un carretero hasta el mismo instante de dar la primera zancada en la pista de atletismo. Confieso que me sentí un tanto humillado cuando, a las primeras de cambio, me dejó clavado en el suelo igual que hacía el gran Induráin con sus rivales, aunque -puestos a confesar- esperaba con legítima rabia que reventara por todas sus costuras en el momento menos pensado. Pero, no: allí se mantuvo dándole que te pego vueltas al circuito con una regularidad que ni las válvulas del Titanic, mientras yo, hundidas más de tres cuartas partes de mi volumen, echaba el bofe por esas esquinas de Dios. Diréis que las pistas de atletismo no tienen esquinas, pero a la sublimidad de mi arte eso qué más le da. Salí de allí humillado en lo personal y confundido en lo sanitario, pues durante un tiempo estuve preguntándome si no sería mentira eso de que el tabaco da cáncer: parecía, visto lo visto, que daba más energía un paquete de Ducados que tres botes de ColaCao. Afortunadamente, encajé bien el golpe y no me puse a fumar ni volví a hacer deporte en muchos años.

Ambas cosas por pereza, es evidente.

lunes, 18 de diciembre de 2006

All you need is blog

Tengo fama de buena memoria porque soy de los que felicitan todos los santos, cumpleaños y aniversarios. También recuerdo las muertes, pero en estos casos no felicito. Sobre todo porque el destinatario no se iba a enterar mucho, y ya se sabe: si hay que felicitar, se felicita; pero felicitar pa’ ná es tontería. Últimamente me he dejado muchas felicitaciones en el tintero -o en el teclado-, y eso es síntoma de bajón anímico. Lo mejor, cuando estás de bajón anímico, es darle vueltas y más vueltas para asegurarte de no salir del paso. Esta práctica de mirarse uno el ombligo está muy extendida en todas las culturas y ha dado mucho fruto artístico. Yo no soy malo en eso (en mirarme el ombligo, no en el fruto artístico), y si fuera persona metódica y ambiciosa me plantearía ascender en el escalafón miraombliguil hasta alcanzar el grado de maestro porque aptitudes, a decir verdad, tengo. Para ganar campeonatos del mundo de Fórmula 1 no, pero para esto sí. Pero me dedico a ello de forma amateur, y esa es una forma de hacer las cosas que impone ciertas limitaciones. Mirad, sino, a Gaugin, que era pintor dominguero hasta que lo dejó todo por la pintura y para dolor de los estudiantes de historia del arte. El mejor libro sobre esto (no sobre Gaugin, sino sobre las autovistas ombligoneras) me lo recomendó una amiga psicóloga. Yo, a los psicólogos les hago caso según, porque a los expertos hay que hacerles caso sólo si lo que dicen te conviene. Total, el resultado va a ser el mismo. Pero en este caso valió la pena porque el libro es la mar de divertido y hasta puede que me haya servido de algo. No doy aquí los datos porque no sé si la SGAE estará detrás de todo esto. Bueno, sí lo digo: se llama El arte de amargarse la vida, de un autor cuyo apellido no voy a escribir aquí porque no lo recuerdo y ahora no quiero levantarme de la silla. De nombre se llama Paul, que de eso sí me acuerdo y además significa Pablo.

Todo esto de las felicitaciones lo hago porque me da pena que se pierdan las buenas costumbres pero, sobre todo, porque a mí me hace mucha ilusión que me feliciten. Lo malo es que luego poca gente se acuerda, y eso que mi santo es muy fácil de recordar si vives en Valencia, porque aquí por mi santo se montan unos festivales y unos ruidos que si no me quejo es por no parecer desagradecido. Lo que nunca he entendido es de dónde se habrán sacado que a mí me gusta celebrar mi santo de ese modo. Menos gente se acuerda de mi cumpleaños, y tampoco lo entiendo porque coincide con el día de Santa Eduvigis, patrona del pan sin sal. Mis hermanos, mi madre, y alguien más. Quien no falla nunca es mi amiga Laura, porque cumple justo una semana antes: si el suyo cae en jueves (pongamos por caso), el mío es el jueves siguiente. El día que ella nació fue el mismo día que mataron al Ché y también en Valencia se hacen grandes fiestas, pero no es por Laura (que se podría: motivos hay) ni por el Ché (que ya me extrañaría), sino por un santo al cual le ha venido muy bien el estado de las autonomías. A ver quién se iba a acordar de Sant Donís si ni fuera por el puente y por lo de las frutitas, que a mí -por cierto- siempre me han recordado mucho a las tonterías de Caramacum. Se acuerda mi madre de que, cuando ella era pequeña, su padre se la llevaba a la procesión del día de Sant Donís, y que en aquellos años no era fiesta ni nada y que a los pocos que acompañaban a la bandera desde l’ajuntament hasta la estatua del gran jaumeprimer (y viceversa) la gente les preguntaba por la calle: “Y esto, ¿por qué es?”.

Lo importante, en resumen, es que se acuerden de uno y que todos tenemos derecho a nuestro cuarto de hora de fama y a nuestras dos generaciones de memoria. Uno espera que de él se acuerden por lo menos sus hijos y sus nietos, y no entiende por qué hay que acordarse de Sant Donís durante más de seiscientos años: unos tanto y otros tan poco. ¿Qué tiene él que no tenga yo? Porque si es por lo de las frutitas, yo también podría instituir que el día de mi cumpleaños las parejas, por ejemplo, se embadurnasen el uno al otro con Nocilla y…Vale, sí, pero seguro que sería más entretenido que forrarse a mazapán. A lo que voy es que la memoria para el que se la trabaja, caramba, y que se reparta por igual. Pero como yo no tengo hijos ni por imperativo legal, lo que me queda es esperar que de mi cumple se acuerden mis sobrinos y si no es mucho pedir también los hijos de Laura si es que se les queda el aquel de asociar el cumpleaños de su madre con el mío.

Creo que, en el fondo, este bajón anímico tiene que ver con todas estas elucubraciones sobre el futuro. Es curioso: llevo unas semanas dándoos la matraca con mis antepasados justo cuando a mí los me preocupan son mis descendientes. Yo tenía pensado hacerme millonario, pero me contengo porque no sé a quién dejárselo. Podría encargar misas por mí durante los próximos quinientos años, pero esta idea esconde una dificultad lógica irresoluble o aporía: quien invierte en cosas tan tontas no se hace nunca millonario. Si eso diera dinero, los concejales de urbanismo se meterían todos a párroco. Yo creo que estos desórdenes -que me tienen el blog un tanto abandonao- son los primeros avisos de eso que se llama Síndrome de Hauser-DuFay, vulgo Crisis de los Cuarenta. Normalmente, cuando me dan estos bajones -que los noto en que voy dejando los calzoncillos sucios tirados por todos los rincones de la casa: en relación directa, o sea, a más calzoncillos, más bajón- me los arreglo, digo, comiendo chocolate de forma compulsiva. Pero esta vez, siguiendo los consejos del amigo Paul citado supra, me dedicaré a hurgar en la llaga con entusiasmo y dedicación. Ya os contaré los resultados. O no, si son buenos.

martes, 5 de diciembre de 2006

Ha habido una pequeña interrupción en el posteo, no sé si lo habréis notado. No ha sido por pereza ni por circunstancias de la vida: simplemente, tenía ganas de dedicar mi tiempo a otras cosas. Espero que mis lectores no se ofendan, pero tendrán que reconocer que el gusto por cambiar de actividad es bastante habitual en el género humano y, aún diría más, es algo muy arraigado en mi familia, que -obviamente- también lo es. Humana, quiero decir. Yo ya he cambiado de trabajo alguna vez y dado algunos giros a mi vida -no digo que todos acertados: algún día os contaré mi fantasía de que el tiempo retrocede. Tengo una prima -más valiente que yo- que acaba de hacer algo parecido, y no sólo con su trabajo. Y aquí viene a cuento el de mi bisabuelo, que también cambió de profesión cuando ya se aburría de la que tenía, y eso que ya era padre y comía huevos. Este don Esteban, que en el pueblo tiene calle y es un nombre troncal de la familia, era médico en esos pueblos de Dios en los que había que ir a caballo a hacer las visitas a domicilio, pero se ve que se aburrió de hacer siempre lo mismo o es que quiso un oficio más tranquilo. El caso es que pensó en hacerse farmacéutico, y de ahí a lograrlo no hubo más que estudiar en casa a ratos y marcharse a Madrid a los exámenes. Y aquí el cuento toma un camino interesante y enlaza con acontecimientos graves de la historia, porque el hombre, en vez de cambiar de vida, por poco no se la deja en la calle un treinta y uno de mayo de mil novecientos seis. En la Mayor, exactamente, porque muy cerquita le explotó la bomba que Mateo Morral dejó caer por la ventana con la indisimulada intención de matar al rey y acabó matando de rebote -literalmente- a unos cuantos que estaban por allí mirando el desfile. Al rey y a la reina no les pasó ná, y eso es lo malo de los magnicidios a bulto, que acaban pagando el pato los que no son magnos ni mucho menos. Hombre, es cierto que allí estaban mirando y se dice que la curiosidad puede matar, pero no creo yo que se mereciesen ese trato. Al fin y al cabo, la boda de un rey en ejercicio es algo difícil de ver y hasta el republicano más convencido hubiera -también lo estoy- dejado la conspiración por un momento para ver pasar la comitiva.

Bueno, pues estábamos en que la cosa le explotó cerca, ya podéis imaginar, y hasta algo de sangre debió de salpicarle. Pero la que se le quedó en la camisa y le costó tanto de lavar en la pensión se le puso ahí porque, pasado el susto y mientras el pánico cundía -¿qué otra cosa podía hacer el pánico?- arremangósela y en medio del caos en esa fecha memorable atendió a los que fueron oficialmente sus últimos pacientes como médico. Bueno, en realidad, nunca dejó de hacerlo, porque en el fondo de la rebotica del pueblo, entre partidas de cartas con las fuerzas vivas, nunca dejó de ejercer la medicina como acto de caridad. Es por eso que tiene calle, ya digo, y lo del entierro que diré después: por el buen recuerdo que dejó. Tengo un recorte del periódico local que habla de eso. El caso es que allí estuvo él, una especie de SAMUR improvisado y adelantado al tiempo, metido en harina y en sangre de espectador. Dicen que era muy modesto y no gustaba de presumir. Lo suyo, ya digo, a partir de entonces, fueron la rebotica, el vivir tranquilo y el vestir blusa negra de llaurador por encima del traje y la corbata. No creo que el rey supiera de eso aquel mismo día, ni aquella misma noche, claro, que más ocupado estaría él en cumplir con sus ineludibles tareas de Estado, pero ahí está la medalla que un tiempo después le concedió por su heroico comportamiento. Mateo Morral murió un par de días después llevándose un guardia por delante, pero no voy a contar eso ahora porque no sé nada más que lo que acabo de mirar en la Wikipedia, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí sé es que después de aquello se quedó por muchos años la costumbre de decirle ¡Tú, Morral! a alguno que hubiera hecho una barbaridad. Esto me lo contó un señor que no era de la familia pero sí muy viejecito y anarquista todo él. Total, que mi bisabuelo se murió en el cuarenta y dos y todo el pueblo fue al entierro, cuentan las crónicas, pero no por agradecerle lo de treinta y seis años antes, sino lo de todos los de después. Es que cuenta más una vida honesta que un momento heroico. Así parece y debe de ser cierto, pero esa máxima moral no es un consuelo para los que somos cobardes en el momento preciso y también a largo plazo: yo, como ya he asumido que valiente no soy ni seré y mucho me cuido de las ocasiones de ser héroe, tengo gran estima por este nobilísimo antecedente.

Esto me recuerda que al principio hablaba yo de cambios y resulta que me van a enviar a trabajar vaya usted a saber dónde, aunque yo sospecho que será, poco más o menos, a fer la mà o por esa zona. Así que voy a llamar a la comunidad autónoma para ver si la heroicidad del bisabuelo me puntúa para el concurso de traslados, y a la SGAE para preguntar si, llegado el momento, podría fotocopiar la medalla para incluirla en mi expediente. Que recién cumplidos los cien años del asunto, quizá ya hayan caducado los derechos de autor de la Casa Real, los de Morral, y que en paz descansen todos. Por quien más lo siento, por cierto, es por aquel guardia que sólo pasaba por allí. Ya se ve que morir es cuestión de pasar por allí. En la Espasa pone su nombre.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Dicen que la primera impresión es la que cuenta y yo sospecho que, a pesar de que muchos estén de acuerdo, es probablemente cierto. A mí, por ejemplo, Nicole Kidman me parece fea porque así lo pensé la primera vez que la vi, y ya no hay retoque fotográfico ni quirúrgico que me haga cambiar de opinión. Tampoco voy a ir al psicólogo para que modifique esa impresión al parecer equivocada, porque a Nicole y a mí qué más nos da lo que pensemos el uno del otro y además porque mientras siga viva Cameron Díaz para qué nos vamos a preocupar de otras. Lo que yo no sé es si este fenómeno de la primera impresión puede afectar también a un colectivo. Por ejemplo, ¿puede una condicionar a todo un pueblo? No digo un pueblo en el sentido en que se pone en los preámbulos de los estatutos de autonomía, sino en el sentido en que se dice que este puente lo voy a pasar al pueblo o a ver si te gusta este queso que lo hacen en mi pueblo. Lo digo porque mi abuelo era de Casabermeja y le gustaban mucho los coches. ¿Qué tendrá que ver? Pues el caso es que la primera vez que alguien llegó en coche allá arriba no tuvo mejor ocurrencia que hacerlo por la noche. Es comprensible que el destello de aquellos faros redondos -que más que faros, farolas- acompañado del ruido estruendoso y enemigo y el mal olor de los motores y el aceite requemao fueran capaces de asustar al más guapo del lugar. ¿A quién se le ocurre ir de noche? Y claro, pasó lo que tenía que pasar: que la primera persona que vio y oyó fue una vieja beata -que a saber de qué pecados andaba arrepentida- que pensó lo que tenía que pensar y se echó a la calle gritando “¡El demonio! ¡El demonio! ¡Que viene el demonio!” y puso a todo el pueblo patas arriba. Lo que no sé es cómo acabó la historia, si al conductor lo lincharon o qué. La verdad es que merecido se lo tenía, por tener tan poca consideración con el bienestar de los pueblos. Pero a mí me lo contaban por la risa y la ignorancia de la vieja, y yo me reía también, aunque ahora le tengo un poco más de consideración a ella y menos a los coches. Debe ser cierto eso de la sabiduría popular porque, a poco que uno lo piense, seguramente tenía razón al pensar que se le venía encima el demonio. Que se lo digan, si no, a la capa de ozono. Tradición, la verdad, había: Belcebú siempre ha sido hábil en el disfraz. Para eso es como Mortadelo y la vieja de Casabermeja, sin saberlo, una especie de Buffy Cazavampiros avant la lettre.

Tampoco sé si los de Casabermeja quedaron, con el espanto, escarmentados para siempre de los coches y otras máquinas infernales. Lo que sí sé es que al menos uno de ellos quedó, por el contrario, subyugado para siempre. Hay quien oye la llamada de la sangre, pero mi abuelo oyó la del aceite de motor. El caso es que llegó aquí, a esta ciudad de los escándalos, y al poco tiempo tenía ya la vida solucionada gracias al neumático, el asfalto y el motor. Aún llegué a ver su despacho en la plaza de los Fueros, una planta baja ya en franca decadencia, donde se compraban los billetes para ir a Sagunto. Algo de esa llamada la sintió también mi padre -no es tan raro, si uno se ha criado entre autobuses-, aunque luego fue por otro lado. Pero las familias siempre encuentran la forma de estar unidas y, bien mirado y a juzgar por las cifras de cada lunes, se podría decir que la medicina de mi padre y la funeraria de mi otro abuelo seguramente le debieron mucho al vehículo a motor. Igual que en otros tiempos pasteleros y cereros estaban en el mismo gremio, quizá hoy día hospitales, funerarias y fabricantes de automóviles deberían agruparse. Ya veis, yo, que ni siquiera tengo coche, a lo mejor es que soy sordo a la llamada de la sangre y por eso soy más bien del partido de la vieja. Ahora que, como nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre, y en todas partes cuecen habas y más en los pueblos pequeños, a lo mejor es la sangre la que me llama a las filas de la vieja. Que a saber de qué andaba tan arrepentida, aquella noche, cuando pensó que era el demonio el que venía a llevársela por sus pecados. Al menos, eso sí, venía a por ella en coche, que por lo visto le gustaban a la vieja las comodidades. En lo cual, mecachis, también nos parecemos ella y yo. Será mejor no menealla.